miércoles, 12 de septiembre de 2012

El final de cualquier puerto


(Yvonne Rojas Cáceres)


Como quien menciona la parte de una historia innecesaria,

Describirte como te observo y darte un nombre siniestro

Es como hacerte deseable con la letra y el tintero.


Mirar cómo te absorbes en la tierra húmeda con olor a estiércol

Y luego la languidez del sol te cubre sin sombra,

sin ningún tormento.


Dejar crecer sobre cualquier costilla, el pasto verde de cualquier sendero.

Saber que la putrefacta carne se ha consumido hasta el hueso.

Miles de gusanos se han quedado sedientos, ávidos de vida y de carroña.

Mientras haces tu labor condescendiente con el ocaso con el alba y con el desierto.

El ocaso que te espera al final del puerto, de todos los puertos.


Has carcomido piel, retazo y recuerdo. Nada queda ya.

Aquello que fue lo absorbiste entero.

Ahora repartes oscuridad mientras la noche te despide

Y el velo de la tristeza invade los ojos de lo que quedaron quietos.


Verte partir es el dolor eterno, el eterno suspiro del que sufre inviernos.

El viento te sopla las últimas blasfemias de los viajeros.

Mientras Caronte alista sus remos al fondo del velero negro

Y las monedas caen de la mano fría del que esta noche, se atrevió a ser tu compañero. 

lunes, 10 de septiembre de 2012

La palabra que es todos los fuegos


(G. Munckel Alfaro)

En toda la historia de la humanidad, sólo se supo de un hombre que emprendió el peligroso viaje hacia el hasta entonces desconocido origen del fuego. Se había pensado que el fuego podía producirse; pero no se sabía que en realidad se lo invocaba, que era siempre el mismo fuego, ubicuo y atemporal. Fue gracias a este visionario —un Prometeo entre los nuestros— que se supo que todos los fuegos son un mismo fuego y que arde en la caverna donde nacieron todas las palabras.

martes, 21 de agosto de 2012

Barrendera

(Yvonne Rojas Cáceres)

Como la vieja melodía de un blues oscuro, sus pasos regresaban la acera por quinta vez. El polvo de su faena se disipaba de a poco con el rocío del alba; mientras ella dejaba surcos pronunciados en el concreto congelado del invierno. Aún había oscuridad protectora.
Había visto nacer y reproducirse, miles de horas azules; a cada una le había puesto un nombre simple como el de sus hijos. Para qué complicarse con la nostalgia de recordarlos. Los albas le habían curtido la piel; y la vida le había suspendido el espíritu lejos de la claridad.
Su aventura se redujo a la noche y a un manojo de pajas secas como extensiones de sus brazos envejecidos; sus venas circulaban hasta tocar la tierra y le hacían silbar como el viento de los otoños grises, cuando las hojas secas son insoportables pero hermosas bajo el reflejo de la luna solitaria.
Descansaba en la vereda o en el banco de los parques, agobiada por el resto de la cuadra sin barrer. Un día decidió quedarse a contemplar el amanecer, nadie le dijo que con el sol vendría la muerte; total, fue la primera y única vez que lo miró de frente y pudo escupir en su semblante amarillo, mientras mascullaba su decepción, te creí mejor que la hora azul, le dijo. Luego murió como la oscuridad. 

martes, 14 de agosto de 2012

De canicas


(Yvonne Rojas Cáceres)

Ya no me recuerdas, yo que tantas veces te serví de larga vistas, para mirar más allá de la falda de la vecinita; yo que rodaba pretendiendo ser tu guía, por el sendero de la tierra al final del canal. Empujada por tu mano, giré y giré sin detenerme hasta entrada tu adolescencia, hasta el fondo de los hoyos que formabas con el barro de tu infancia. Ya no me recuerdas, cristalina y pura, dura brillante y lisa, perfecta compañía de tus sueños húmedos, haciendo las veces de boca y otras de tendón enfurecido en tus puños. El tesoro encendido de tus juegos, la inspiración de tus primero versos de guerra a la salida del colegio, el proyectil con que hundiste el orgullo de tu enemigo en el pupitre; y por el que la tierra y el adoquín te castigaron formando cicatrices en tus rodillas. Ya no me recuerdas más que como a una esfera, escondida al fondo de tu velador. Como escondiste las hazañas de tu infancia, del barro en tus pantalones, del primer amor entre los sauces del lote abandonado. Claro, ahora tus canicas son otras, pero aún permanecen al fondo de tus bolsillos.

lunes, 13 de agosto de 2012

El viento que es todos los pájaros


(G. Munckel Alfaro)

Cuentan que, una vez cada tres años, los pájaros dejan de volar. Cuentan que sucede en un día en que el cielo está completamente desnudo, en que no hay nubes ni hojas secas con el coraje suficiente para abrazarlo. Cuentan que en ese día, alguien debe subir a la montaña y caminar hasta encontrar la cueva en que se encuentra el origen del viento. Cuentan que, una vez en la cueva, ese alguien debe encontrar un extraño objeto, más viejo que el tiempo y que, con un suspiro auténtico y hecho de brisa, debe darle cuerda a la máquina de hacer viento.

viernes, 10 de agosto de 2012

Verso de sangre


(Yvonne Rojas Cáceres y Sergio Tavel)


Vestida con sedas claras, se pasaba todo el día retozando en sus sueños. Egoísta ella, no dejaba que ni un sólo suspiro tocara las sienes casi muertas del escritor que en un rincón rasgaba la pluma inerte sobre la hoja de papel ya gastada. Las ideas eran esquivas, los versos ausentes, las frases lo eludían y con el viento se alejaban.

Aquel viento que soplaba cálido en una alcoba lejana, en lo alto de una torre, donde la indiferente musa dormía desatenta al llamado, al grito de la pluma sobre el papel, al despertar del alba, a la caricia de la luna.
Y el escritor desesperaba, ¡Oh, musa, aquí me tienes! ¡Desciende tu velo sobre mí y acaricia mi semblante! ¡Deja que tu voz me guíe hacia las planicies de mi inspiración! Mas la musa ausente, dormitaba.

¿Era el viento quién los conectaba? El viento escurridizo, convertido en brisa, regresaba de su viaje sin respuesta, sin palabra, sin verso; y el escritor moría de a poco, lentamente, cual fruto en invierno se marchitaba, la piel se le secaba, los ojos se desvanecían ante la ausencia de palabras. Sólo la sangre aún vibraba de sus manos destrozadas por el infame esfuerzo. Y caía, y brotaba. ¡Musa de mi perdición! vociferaba, ¡aquí está mi sangre, manchando el papel que olvidaste!

Una gota de sangre que caía del papel abandonado, fue atrapada por el viento, se transformó en ave con alas rojas como el fuego, con ojos de ámbar que brillaban al destello de una imaginación; voló surcando el poco aliento que invadía la habitación y destrozando de un golpe el cristal de la ventana, se alejó entre las nubes y desapareció en el horizonte.

Ahora soy ave, con júbilo exclamaba, soy viento, por tu insolencia me convertí en canción y me transformé en verso.



miércoles, 8 de agosto de 2012

Canillita



(Yvonne Rojas Cáceres)

Todos en la cuadrilla creíamos que de tanto changuear en compaginadas y voceaderas, de tanto dormirse sobre las sobras y de tanto hacerse al que se lee todas las páginas, hasta la de vida y salud; se estaba metamorfoseando en un suplemento. Y daban risa las suposiciones, pero al rato de verle, podías notar cómo las venas de sus manos se hinchaban y se ponían bien plomas, como si tuviera tinta azul en lugar de sangre y siempre olía a biblioteca.

Cuando llegaba al laburo, abría la puerta y se paraba a mirar las pilas de hojas, como si contemplara un festín, se relamía y frotaba sus dedos contra su viejo pantalón, aspiraba hondo como si se fuera a tragar todo el aire del lugar y de repente lanzaba la primera voceada del día, luego con la destreza de una rotativa humana, terminaba su encargo de mil quinientos un ejemplares perfectamente acomodados.

Un día le seguí de pura curiosidad, siempre terminaba su parte como a las 10 de la mañana y luego se perdía por las calles más alejadas de la Villa. Su casa estaba hecha de adobe y calaminas, tenía una pequeña ventanita que daba hacia el norte; allí me asomé y pude notar que todas las paredes interiores del pequeño cuartucho estaban empapeladas con diarios; pero me sorprendió mucho más cuando desde la ventana observé su extraño ritual alimenticio: frente a una mesa que contenía los suplementos de sociales, iba deshojando y despedazando con delicadeza el papel, en pequeños trozos que luego introducía a su boca y masticaba lentamente, lo hizo durante más de una hora hasta terminarse el tabloide matutino. Luego, se recostó en su camastro, se cubrió con una manta improvisada hecha de las secciones económicas y cayó en profundo sueño, después de haber recorrido con la vista todas y cada una de las páginas de sus muros como si las leyera una y otra vez.

Murió ayer, dicen que de intoxicación; yo creo que se empachó de la crónica roja.