miércoles, 23 de noviembre de 2011

A Tempo

(Sarahi Cardona)


Es una época extraña, ha nevado y han puesto leña en las chimeneas de todos los castillos. Las princesas están dormidas y los príncipes contemplan aburridos el atardecer, todas las solteronas hilan en ruecas y nadie es feliz, mas todos tienen motivos para empuñar sus espadas y pronunciar palabras de honor

Los bosques donde habitan tanto duendes como jabalíes están cubiertos de niebla y no aparece ninguna batalla posible, por mucho que las armas estén listas. Se oye música de laudes, quizá tocada por impíos, quizá por Ninfas perdidas en el bosque.

Un hombre camina sin rumbo y sin preocupación, tiene en la mirada la misma cantidad de paciencia y avidez. No lleva equipaje y por eso no se sabe qué tipo de gente es. El tiempo es raro, tiene antojos de seres soñadores y estos acaban siendo tomados por pinceles de pintores indiferentes y colgados en cuadros para habitaciones cuadradas y vacías.

martes, 22 de noviembre de 2011

Fuego y Ceniza

(Leslie Loayza)


Quiero que anoche sea la última vez que sueño con tu piel, que te reduzcas a una foto vieja, sucia y quemada, que mañana me despierte arrastrándome en el pavimento o volando en medio de una bandada. Quiero que la aurora me espere en lugares ajenos a esta vida o que nada me espere al pasar las doce.

Hoy me mira con melancolía, y al hacerlo, considero que es lo único por lo que cambiaría de parecer, pero luego reposa entre mis sábanas desordenadas y al cabo de unos minutos se queda dormida. De alguna forma sé que apoya mi causa y eso me contenta. Hoy todos los que me vean en el fondo lo sabrán y en cierta forma asentirán a mi favor.

Tengo todo fríamente calculado, listo y sólo queda relajarme hasta que llegue el momento indicado. En mi mesa un trozo de papel no dice nada, al lado un par de libros contienen una serie de números, que si mis amigos saben utilizarlos, podrán ser descifrados cuando ya sea tarde y al otro lado un portarretratos con la fotografía de J.C se quedará ahí como se quedó durante tanto tiempo, intacta.

Me siento a gusto con el ambiente, las velas y el humo le quitan el aire; los frascos de diversos tamaños y colores, en cierta forma, adornan. Aparte de ella, en esta habitación, sólo queda mi corta presencia. Desafortunadamente tengo la certeza de que lo que viene es más inesperado que la palabra misma, mi amigo aún sigue defendiendo legalmente los derechos, pero no tiene importancia. De todas formas nunca conté con esa señal.

Años atrás decidí contribuir a la prontitud de la extinción del proceso de homeostasis que aún hoy se sucede en mí, así que aquí estoy cumpliendo mi cometido, me digo en pensamiento, utilizando estas palabras rebuscadas, producto del tiempo que me tomé meditando la situación e investigando al respecto. De un trago a un suspiro todo se torna en una perspectiva translúcida y opaca. El tiempo ya llegó.

La escena es ámbar. ahí está ella, tibia y callada, yo la observo lejano entre el adormecimiento, el sueño y lo real; entre lo tenue, la luz y lo oscuro; entre el cansancio, la satisfacción y la calma. Abrí los ojos e instantáneamente ella también lo hizo, podía sentir su respiración en mi rostro, me miraba con esos ojos seductores y penetrantes. Me entró miedo, pero ¿por qué?

Después de tantos decenios juntos, confidencias y peleas, ahora me atemorizaba. Se aleja con movimientos sutiles hasta darme la espalda, al cabo de unos minutos la escucho susurrar algo en mi mente con una lengua de acento extraño que, estoy seguro, jamás escuché ni escucharé, pero reconozco claramente su voz, es ella en medio de esas “ss” que se adentran más allá de mi oído interno.

Entumecido y adormilado mis ojos percibieron algo inusual dejándome atónito, era ella incorporándose y transformándose de un ser de cuatro patas a uno de dos, una vez transmutada me sonrió, sus colmillos seguían ahí. Sentí el frío calar mi espalda, me era imposible moverme e incluso pronunciar palabra alguna, sólo me quedaba esperar.

Una vez en sus brazos sentí el silencio y con un beso de sus labios enrojecidos caí en picada a un vacío inmenso. Ya nada podía parame ni detener mi caída, ahora podía despojarme de todo mientras me dejaba caer y librarme de mí.

lunes, 21 de noviembre de 2011

La Duda del Hada Escribidora

(Yvonne Rojas Cáceres)


¿Qué pasaría si al centro de la cueva emerge un terrible dragón? Preguntó el hada que llevaba buen rato tratando de sostener sus alas temblorosas, para evitar salir disparada del salón.

El duende contestó, lo primero es respirar bien hondo, tomar las cosas con calma y si las palabras mágicas no resultan, sólo lanza una sonrisa, a veces y te lo digo por experiencia, eso resulta.

¿Por qué a veces? Pensé que siempre resultaba, dijo el hada mordiendo la duda para no gritar. Mientras en su pequeña cabecita las ideas volaban empapadas de sorpresa. Para nada el aspecto de su amigo el duende había sido favorecido en dones, pero su sonrisa, siempre le tranquilizaba y gracias a eso, de él comenzaban a fluir las historias que contar, como la brisa. Entonces era preciso darle un toque de inquietud a esa situación.

El duende se recostó en su mullido sillón, en actitud dubitativa y miro al hada con intriga, tamborileando con su lápiz amarillo sobre las hojas verdes de su cuaderno; no podía entender cómo un ser encantado como ese, al que se le había encomendado la tarea de identificar a quienes se merecían conocer la belleza del mundo mágico, no conciba que las criaturas tienen un carácter, una personalidad, una actitud. Así como el dragón que lanza fuego por sus fauces cada vez que le cosquillea el dedo pequeño de la pata.

El hada entendió, al menos ese momento que su pregunta no venía al caso, pues sí conocía la táctica para semejante descripción. Y se quedó parada ahí por unos segundos mirando el techo, esperando que sus tantas preguntas no fastidiaran a su amigo y terminara por expulsarla de su propia conciencia.

El duende le dijo, al final mi querida, usa tus polvos mágicos. Ellos están hechos para remediar las fisuras de la vida que te aquejan. Y trata de evitar que las anécdotas de la supervivencia te hagan girar en malos aires cuando acabas de tomar ciertas pociones, hechas para marearte, así podrás beberte cuanto se te ofrezca sin peligro alguno que después tengas que pedir ayuda para abrir cualquier traba que se te presente.

Las sabias palabras del duende sirvieron al hada que se sintió más tranquila, sujetando el don preciado que la naturaleza le había otorgado, la simpatía de escribidora, dejó de cuestionarse por qué le tocaría ser el espacio callado y tranquilo de toda reunión, ni por qué esa mirada suya tendría un brillo especialmente apaciguador.

Cogió su pluma y su tinterillo y se fue volando a imaginar sus historias en su pequeña casa de ese su gran mundo, pero se percato de tener siempre suficiente polvo mágico en la bolsa, cerca de los chocolates, por si alguna vez tendría que lidiar con alguna histérica hechicera de palabras dispersas y oraciones cortas, que se había mudado al centro de su mesa de escribidora, justo en medio de las flores de su jarrón, esa que sufre de mal de amores aunque nunca haya amado; o, aquel viejo cascarrabias del parque de grises por donde pasa de camino a su morada, cada vez que puede acordarse dónde está, ese que más que de sabio, tiene de antipoeta; o, quizás ese herrero maldito, que adora mutilarse soñando con hermosas damiselas y que vive justo ahí, en la palabra final de algunos de sus cuentos; o esa especie de criatura indefinible que con cierta paranoia a las alturas, se imagina siempre perseguida por fantasmas del pasado.

Comprendió al fin que sólo una sonrisa bastaba para atravesar cualquier fantasía, o enfrentarse a cualquier criatura y, de todos modos, en esta tú nueva historia, una errata mi amiga, siempre es útil, le dijo el duende mientras la despedía desde su balcón.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Bocetos para Sentir una Despedida

(Sarahi Cardona)


Para que alguien se vaya, tuvo que estar

Si alguien se ve bien sólo…

mejor no romper el cuadro con una presencia


Pensé que se quedaría, tal vez no es eso lo que quiero decir, quizá necesito otras palabras que signifiquen lo que me pasa ahora, posiblemente no las conozco o las diría, también es posible que simplemente no quieran salir hoy. La encontré y la traje a esta casa, en realidad a mi habitación. Llegaba y la veía siempre aquí, todos los días, casi como encuentro estas paredes azules con ventanas blancas, y en ellas cortinas de encaje. Nunca hubo algo diferente, ella estaba en la cama, sin blusa y con los pezones erectos al descubierto, no sonreía, tal vez no lo sabía hacer, o no era feliz, tampoco sé si no hablaba o no me hablaba. Movía sus pies y me dejaba contemplarla, me dejaba ver su sexo y ella misma se acaricia y se consumía de pacer, yo la miraba, mas nunca la tocaba. Le traía dulces que devoraba antes de acurrucarse en mis brazos, mientras yo fumaba el último cigarrillo del día, ella se dormía antes de que se consuma, y en las mañanas despertaba con el jugo que le preparaba. Me miraba pero efímeramente. No recuerdo haberle dicho tampoco ninguna palabra. No sé su nombre, ni quién era. Yo me bañaba y me vestía, no sé si ella lo hacia alguna vez, no sé si ella hacia algo alguna vez, hoy se fue. Creo que no es cuestión de hallar palabras para mis pensamientos, simplemente que al encender la luz de esta habitación y no encontrarla me dio la sensación de que debí estar aquí, no sé si quería, pero me dio la impresión que correspondía encontrarla aquí.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Dominó

(Leslie Loayza)


No puedo negar la culpabilidad, sin embargo puedo justificarla. Después de una tarde ajetreada, decidí salir a tomar aire fresco y despejar mi mente en compañía de mis adorables camaradas. Me senté en las gradas de mi patio y saludé a la vecina, quien se encontraba regando las plantas de su patio. Muy pronto me percaté de la razón por la que mi gata y perro se hallaban tan distantes y tragué saliva esperando estar equivocado. Miré con detenimiento lo que ocurría y desafortunadamente estaba en lo cierto, acto seguido reaccioné gritando de espanto “¡Señora Kiki, por lo que más quiera, no mire atrás!”, (debí ser menos escandaloso). Al momento ella volteó y minutos después de contemplar la escena cayó desbaratada al suelo. Sólo fue cuestión de dar el toque para desencadenar la serie de eventos que se acontecieron inmediatamente cual efecto dominó. Muy pronto era el espectador de un patio bien regado, con una señora tendida en el suelo seca de espanto; un periquito acéfalo correteado por mi perro; un gato relamiéndose las patas a gusto con su parte designada; una muchacha que cae de nuca al resbalar por el agua que no deja de salir de la manguera; un niño que cae de la bicicleta procurando evitar pisar a mi perro desenfrenado; ¿Pude hacer algo al respecto?, quizás. ¿Gran parte de lo ocurrido fue culpa mía?, posiblemente.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Entierro

(G. Munckel Alfaro)


“¿Te das cuenta?”, dijo mientras el Mudo se apoyaba en el mango de la pala, descansando por un momento. “Todo habría salido bien si me hubieras escuchado”, dijo, pero el Mudo sólo lo miraba, sin responder. “Lo que pasa es que eres un imbécil, querido amigo”, dijo, y el Mudo hizo una mueca de disgusto. “Quién hubiera pensado que tú, el Mudo, abriría la boca” continuó, mientras el Mudo lo miraba enfurecido y retomaba la pala. “¿Crees que ya es lo bastante profundo?”, preguntó, y el Mudo asintió con la cabeza, “bien, ¿y qué esperas?” le dijo al Mudo, que empezaba a dudar. “Comienza a echar tierra de una vez”, pero el Mudo dudaba y sentía ganas de llorar. “No me vengas con eso ahora”, le dijo al notar una lágrima bajando por su mejilla, “no llores, Mudo idiota, hermano del alma”. El Mudo temblaba y la pala amenazaba con resbalar de sus manos húmedas, pero hizo fuerza y comenzó a cubrir el hueco. “Muy bien, sigue paleando” dijo mientras el Mudo aumentaba el ritmo. “Sólo quiero que sepas una cosa”, dijo mientras el hueco se llenaba, “nada de esto estaría pasando si me hubieras escuchado”. El Mudo bajó la mirada y echó tierra sobre el rostro, la única parte de su cuerpo que aún permanecía descubierta. Ya no lo escuchaba, ahora podría llorar y palear en paz.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Desenlace

(Yvonne Rojas Cáceres)


Miraba cómo las hojas secas caían tras sus pasos conducidos a un norte desconocido, desapareciéndolo poco a poco en la densa neblina del ocaso; y en su desesperación de verlo alejarse, le pareció que el viento danzaba susurrándole el pasado, que la lluvia cantaba las palabras que alguna vez le había dicho al oído, que el reflejo de las luces amarillas en las baldosas empapadas, dibujaba sus siluetas encontradas en la desnudez frente al espejo de la alcoba, que las nubes oscuras del cielo se habían marcado muchas veces en su rostro, que el agua de las zanjas se escurría en las alcantarillas, como su sangre en el agujero del lavabo, que las ramas de los arboles, sacudidas frenéticamente por la ventisca, se quebrarían cual sus frágiles huesos estrellados una y otra vez contra la pared; cuando de repente un relámpago iluminó todo el horizonte de la plaza, mostrándole que él ya no estaba más atravesando la cortina de agua que siempre los separó. Entonces, ella cerró la ventana para impedir que la brisa y el dolor penetraran y se despidió golpeando su cráneo contra el blanco azulejo, donde le dibujó una rosa carmesí muy parecida a la danza de hojas secas que el remolino de la despedida final, otorgó como ofrenda a este desenlace.