miércoles, 20 de julio de 2011

Esa Noche

(Sergio Tavel)


La oscura habitación se iluminó de repente con una luz intensa y fugaz como la de un relámpago. El estruendo que estalló, había sido tal, que su eco todavía reverberaba en las sucias paredes.

Le temblaban las manos; no de nervios, no de miedo, sino de satisfacción. Una profunda satisfacción se movía en su interior, reptando y colándose en cada inhalada de aquel aire sucio y pútrido que impregnaba su nariz.

Retrocedió lentamente y, con presteza, sacó un cigarrillo del bolsillo interior de su chaqueta. Lo acercó a los labios y lo encendió sin prisa, casi como si quisiera saborear lentamente cada segundo. Duró menos de lo que esperaba, pensó.

Miró a su alrededor, observando por primera vez aquella habitación con detenimiento. Este lugar es un basurero, dijo con aspereza, al tiempo que exhalaba el humo del cigarrillo. Sin darle mucha importancia, se dirigió a un viejo sillón que estaba cerca, y se sentó, impávido.

Maldito, murmuró, mientras dirigía su mirada al hombre que yacía en el suelo a pocos pasos de distancia. Había caído de tal forma que su cuerpo se encontraba en una posición extraña. Aún tenía los ojos abiertos y, de una forma repulsiva, reflejaban con un destello la luz del farol que se filtraba por la raída cortina entreabierta.

Lo observó en silencio por varios minutos. Distraídamente, pasaba los dedos por el revólver que aún sostenía en la otra mano, casi como si lo acariciara. Tanto tiempo, se dijo, tanto tiempo. Repetía aquellas palabras una y otra vez como si no diera crédito a lo que acababa de ocurrir. Te busqué por tanto tiempo.

¿El tiempo? Ya no importa. ¿Qué es el tiempo? El vacío... del todo. Estos pensamientos recorrían su mente, presurosos, y se desvanecían en un instante. ¿Estoy feliz? ¿Tendré paz al fin? No, ¿cómo podría tenerla? Inhaló el humo ligero una vez más. Su rostro, se sorprendió, está idéntico a como lo recuerdo. ¿Recordaría el mío? Quizás. Aunque, tal vez no. De seguro no fui el primero… ni el último.

Fue tu error, sonrió, no debiste llevarte aquel anillo. Di contigo, lo hice. ¿Acaso lo observaste con detenimiento alguna vez? Quizás sólo era un simple anillo para ti. Una baratija. ¿Notaste las iniciales talladas en el borde? No, de ninguna manera.

La policía ¿Qué fue lo que hizo? Nada, absolutamente nada, apretó el puño con fuerza. Arrojó el cigarrillo ya consumido hacia el cuerpo con un hábil movimiento de los dedos.

Me juraron que ya habías huido. Que era imposible encontrarte: “Debe estar ya muy lejos.” Eso fue lo que dijeron. ¿Cuánto tiempo te buscaron? Un año, tal vez dos. Recuerdo que les gritaba: “¡El anillo! ¡Se llevó su anillo! ¡Tiene sus iniciales!” ¿Me hicieron caso? No, jamás: “De seguro ya lo vendió.” Esa fue su excusa. Pero no desistí, frunció el entrecejo y encendió otro cigarrillo, jamás desistí.

De repente, notó que la sangre empezaba a rozar el borde de sus zapatos. Sintió asco, repulsión. Se levantó de un salto y se alejó unos pasos. Entonces reparó en el orificio que la bala había dejado en su pecho. Tan ridículo. Tan inútil, hizo una mueca de desprecio. Por tanto tiempo te temí, te odié, ¿y ahora? No eres nada.

Sintió aquel fuego crecer en su interior, tal como lo había sentido momentos antes. Sostuvo el cigarrillo entre sus labios y, respirando agitadamente, levantó el revólver y le apuntó con el. El estruendo, le pareció, fue aún mayor que el primero. Mucho más ensordecedor. Pero no le importó. Decidió que ni siquiera le daría un último vistazo al cuerpo. Ya no importa, no importará nunca más.

Con paso ligero, se dirigió hacia la puerta mientras guardaba el revólver en la empolvada chaqueta. Momentos después, se encontraba caminando por la oscura vereda, apenas iluminada por un farol solitario. La noche, la ligera lluvia, y aquel cálido cigarrillo, eran su única compañía.

Lo hice, susurró, lo hice. Siguió caminando sin poder evitar el torrente de recuerdos que se introducían en su mente y que, por tanto tiempo, lo habían atormentado. Recordó aquella noche, fría y lúgubre, aquella noche en la cual su vida cambió para siempre.

¿A qué hora ocurrió? murmuraba, no lo recuerdo. Tenían que haber sido las tres de la madrugada. Sí, tenía que ser. Sus pasos retumbaban en el silencio de la noche. No lo escuché, dijo con un dejo de culpa en la voz, no desperté a tiempo. Dobló una esquina y siguió andando por un callejón aún más desolado.

Debió haber sido el ruido que produjo la verja cuando él saltó encima de ella o, quizás, el seco sonido de sus pies al golpear el suelo. De cualquier forma, ella se despertó. ¿Preocupada? ¿Asustada? ¿Quizás, con coraje? Me gustaría saberlo. Se detuvo de repente, me gustaría saberlo.

Continuó avanzando sin saber muy bien adónde se dirigía. Arrojó el cigarrillo a un lado de la vereda y, mientras tosía, se dispuso a encender otro. Y yo que jamás fumaba...

No desperté a tiempo. Ese día trabajé demasiado, estaba cansado. Debí despertar, pero no lo hice. No, sí lo hice. Desperté. Fue su grito y ese estruendo, lo que me desgarró el alma, la voz se le quebraba. Me levanté de un salto de la cama. Me dirigí a la sala… y la vi. Y lo vi a él.

Cuando llegué ya era tarde. Me apuntó a mí. Jaló el gatillo… y me destrozó la mejilla, dijo con burla, al tiempo que distraídamente rozaba con los dedos la cicatriz que deformaba ligeramente su mejilla izquierda.

¿Cuánto tiempo pasó hasta que recobré el sentido? No mucho, creo. El dolor era intenso. La cálida sangre brotaba a chorros. Pero aún así, me arrastré hacia ella. Respiraba. ¡Todavía respiraba! La mano que sostenía el cigarrillo le temblaba. Estaba empapada en sangre. Me dirigió una mirada confusa. No pude articular palabra… no pude, dobló otra esquina, y continuó su marcha solitaria fumando con más intensidad que antes.

Fue esa noche, dijo con austeridad, la noche que vi a mi hermana morir en mis brazos, arrojó el cigarrillo a medio consumir e introdujo las manos en los bolsillos. El frío era cada vez más intenso. Pero ya está hecho. Lo hice. Después de tanto tiempo, lo logré. ¿Paz? Jamás la tendré. No la quiero. No quiero nada, absolutamente nada.

Siguió andando con la cabeza gacha. Adentrándose en la oscuridad de incontables callejones solitarios. Sin rumbo. El pesar del andar de sus pasos era lo único que se escuchaba. La luz de un farol, intermitente, proyectaba en el suelo su larga sombra. Se sentía como un espectro. Como un verdugo. Como un alma perdida.

Pasaron doce años… doce largos años.

martes, 19 de julio de 2011

9

(Yvonne Rojas Cáceres)


Escúchame. ¿Arrepentimiento? No. El fin siempre justifica los medios. Aunque sé que me podría excusar de esta desesperación que como telaraña se ha colado entre mis papeles de oficio y el alma. Pero no. Me dejaste hueco el pedacito de cielo que colgaba de mi ventana urbana. Ya no puedo volar. Sin epitafio, sin féretro. Sálvame, concédeme un “Descanse en paz”.

No me lo dijo el jefe, ni siquiera el bocón de Paulo. Leí la nota en el absurdo matutino de mala muerte, así lo habías planeado: “Se suceden una serie de desapariciones misteriosas en el pueblo. La policía no tiene idea”.

No vi su foto en el panel de corcho a la entrada de la oficina, nunca miro los obituarios frescos, y esta vez dolía demasiado. Yo sé mejor que nadie lo que se siente ser retratado en ese trecho de hiedra seca. Estar en trocitos y sin respirar.

Los cuerpos, esos cuerpos dejan una marca como si se hubiera pintado con un carbón el contorno de su silueta, adquieren posiciones extrañas y hasta incómodamente grotescas y, en otros casos, se presentan ciertas pistas que comprometen al eclipsado con una muerte violenta y cruel. Cercenamientos que luego se convierten en tu colección más preciada, que significan algo de vida, que destilan sangre tibia, que laten, aunque sea por unos minutos más.

Es curioso, pero no logro recordar cuándo comienza todo, quizás son años o tal vez sólo meses, el único conteo que te mantiene en pie, es el de lo que ha desaparecido. 39. Lo que sí se mantiene fresco en mi memoria es un incontenible dolor. Todas y cada una de las pistas que me acercan a cada tránsito de su cotidiano, de sus estupideces de mortales comunes y corrientes. Hasta la última. Primero, porque en este lugar todos se conocen demasiado, luego porque de una u otra manera llegué a sostener extraños encuentros con cada una de las víctimas antes de forzarlos a ser misterio, abandonando la huella de su silueta dibujada en el muro del colegio, en la fosa del cementerio, tallada en la corteza de un árbol, en las seis escalinatas de un sótano, bajo las florecitas o en la lavandería del hotel.

La más complicada fue Raquel. Esa noche, las alucinaciones me invadieron. Había imaginado el bosquejo en la cocina, marcado entre el mesón de mármol y el suelo, yaciendo jaspeado, con un granate de líneas que cubren su materia y las manchas de sangre regadas en la mesa, los utensilios, el lavaplatos y las paredes, un rastro que conduce de la puerta trasera de la cocina hacia el patio y luego se pierde justo donde comienza el pavimento de la calle y todo termina ahí. Se me moría la ilusión, se me esfumaba la voluntad y, como una droga, necesitaba más. Esa noche escogí el caserón abandonado. Te gustan las enredaderas olorosas y llenas de florecitas blancas. Una cursilería que me sentía casi obligado a cumplir. Podía hacer todo por ti, pero esas fanfarrias tuyas me incomodaban de sobremanera.

Por la cantidad de rastros carmesí que se abren como amapolas en la silueta marcada en el piso, se podían contar 23 puñaladas que atravesaron hasta la cerámica, tan duramente hechas que algunas traspasaron el azulejo. Podía sentir el quebramiento de sus huesos, el brotar de la sangre, el espasmo de su materia.

Rastros de pellejo y algunos dientes, mechones de cabello rubio y una que otra uña que anuncian un eterno forcejeo. Sin embargo, el resto de la casa, desquiciantemente ordenado, ni una pista, ni una huella. Nada. Ninguno de los vecinos, ni siquiera él mismo, que estuvo esa noche allí al frente agitando sus persianas, pudo notar disturbio alguno.

Luego, el déjà vu. Comenzó con Raquel y luego le siguieron los otros 38. Soñaba reteniendo en mis manos enfurecidas un cuchillo cebollero, encajándolo en la piel y materia flácida de aquella mujer que luchaba recostada en el suelo, luego sentía como mis manos empujaban su rostro hacia la cornisa de mosaico, propinándole golpes como a un saco de arena, los dientes volaban por el piso y eso te deleitaba asquerosamente.

Despertaba sudando y sujetaba mi rosario, imaginaba que, en tu sueño o en el mío, estaba protegido del remordimiento y la culpa. Al igual que tú. Además, los fantasmas ya no registran sensación alguna. No la conocía, pero me incitabas a hacerle daño, me contagiabas de un deseo ferviente, casi sexual, en el acto violento de matar.

Luego la desaparición, el lugar, el patrón encajaban con el sueño y me desesperaba, temía a la sospecha. Debía tomar un café bien cargado con un trago de whisky para volver a la realidad, todos me observaban sin decir nada sólo rumoreando mi comportamiento extraño de esos últimos meses, pero me sentía en mis cabales. Y debía, de alguna manera, cumplir tus patéticas peticiones.

Creo que sospechaba que algo ocurría conmigo, por supuesto no dije nada a nadie, aunque más de tres veces estuve rasguñando el muro de mi soledad para tratar de hallar un confidente. Me contuve y dejé que, como una rueda, giraran los extraños hechos que me trajeron hasta aquí. Hasta donde tú misma me orillaste.

Primero te sentí, no le di importancia. Supuse que se trataba de un trauma de niñez oculto en mi inconsciente; hasta que pude verte, rodeada de velas olorosas, con los ojos volcados hacia atrás y escupiendo flema por la boca, te veías grotescamente poseída y me hablabas balbuceando mientras tu cuerpo se sacudía con espasmos frenéticos. Te pregunté qué querías de mí y tu única respuesta era otra pregunta: ¿Dónde están? Y luego 9, 9, 9; repetías ese número hasta el cansancio; fue cuando supe que no habrían más desaparecidos. Que te habías cansado de mí, que ya no me necesitabas. Era peso muerto en tu frenética huida de la razón. Ahora vete, despierta a tu mundo perfecto.


El ruido del televisor encendido la despertó, se levantó desesperada después de la horrible pesadilla, eran las 5 de la mañana, aquella confesión que ese extraño y onírico ser le había revelado comprimió su alma en una diminuta caja de angustia que parecía colgar en el aire pendiendo de un delgado hilo que la conectaba a la realidad, quizás su aura, a miles de metros del suelo. ¿Por qué se sentía tan culpable? Sabía que los números del 1 al 9 están asociados a características específicas, que juntas abarcan toda la experiencia de la vida. Pero era la cara de la muerte, fría y azul, frente a ella.

Debía esperar que el departamento de policía abriera al público. Pero no podía quedarse un minuto más en su cocina, sentía pánico y la presencia de ese misterioso hombre de su sueño, riendo detrás de sus dientes de desfiladero, meneando el cuchillo frente a su rostro en un vaivén inaguantable de horror. Preguntándole qué deseaba más ¿otra víctima?

Salió cubriéndose el pijama con un abrigo y las botas de nieve. Hacía frío, pero ni la semi oscuridad del amanecer ni el viento que calaba los huesos eran tan terribles como quedarse ahí sola en la cocina.

—Disculpe, quiero comunicar algo importante.

—Dígame señora.

—Es sobre los desaparecidos.

—¿Tiene información?

—No, no sé, debo hablar con el oficial a cargo.

El guardia la condujo a la oficina del teniente, mientras ella discurría la forma en la que le contaría lo que había vivido durante tres semanas de pesadilla.

—Mire, yo tengo un don algo extraño, no sé si me va a creer, pero logro hacer contacto con muertos.

El teniente reclinó su cuerpo en el respaldo de su mullido sillón de cuero mientras dibujaba una expresión burlesca en su rostro.

—¿A qué se refiere?

—Tiene que hacer algo para que pueda creerme, de otra manera va a mandarme al manicomio. Por favor debe confiar en mí esta vez e ir exactamente a donde le voy a indicar, luego hablaremos.

Después de varias argumentaciones, se subieron a una patrulla y condujeron hasta las afueras del pueblo, hacia el magnífico caserón abandonado. Ingresaron al jardín trasero algo descuidado pero hermoso y siguieron una extraña pista de gotas de cebo de vela que se extendían hacia la enredadera de flores.

—Cave allí, justo en el borde de la enredadera.

El teniente siguió su orden como poseído por una curiosidad morbosa. No hubo levantado más de 10 puñados de tierra y por entre el húmedo estiércol de abono emergió un dorso blanco, luego la mano entera se dejó ver con el meñique y el anular arrancados de cuajo. El teniente se reclinó espantado cogiendo su radio mientras ella miraba el horizonte de la mañana de espaldas a la escena.

—¿Ahora si me va a escuchar? Son 9.

lunes, 18 de julio de 2011

Canela, Melón y Café para la Gloria

(Sarahi Cardona)


Su vida había transcurrido en el mismo pueblo, sin más esperanzas que el viento y, por toda aventura, una escapada al río. Se había casado a los 16 años con un vecino trabajador y decente. Hacían el amor todas las noches. En su casa habían manteles y flores y los días simplemente transcurrían según la costumbre.

Lo único especial en su vida era un espejo gigante en su sala, al que le daba la luz del sol de frente. Ella esperaba la tarde para desnudarse frente a el. Se sentía sensual, femenina, poderosa; jugaba con la luz y sus manos para acariciar su piel, se creía perfecta. Hasta que el sol se ocultaba y volvía a la cocina.

Había sido amante de la gente importante del lugar, había tenido aventuras con todos los turistas que le parecieron interesantes; pero nada le quitaba el miedo, la obsesión, quería ser deseada más allá de la muerte, existir con su esencia salvaje y apasionada. No necesitaba que la amen, sino que la deseen, que la admiren, que la recuerden.

Llevaba 15 años coleccionando recortes de periódicos. Cada día, aumentaban los asesinos, muchas formas de matar y ninguna digna de su cuerpo perfecto. Hasta que lo encontró. Un hombre de 40 años, atractivo, tan obsesionado con la belleza como ella. Embalsamaba a sus víctimas y se pasaba meses enteros haciéndoles el amor, acariciando su cuerpo, llenándolas de luna y pasión. Cuando la policía encontraba los cuerpos, les faltaba el clítoris, era su suvenir.

Se puso un vestido rojo, el color que combinaba con sus labios y sus pezones. El perfume que había preparado, su receta secreta, canela, melón y café. Se fue a buscarlo, a buscar su gloria.

La invadía la sensación que la enloquecía, era “eso” que subía y bajaba en su vientre, que jugaba con su ombligo, era miedo y ansiedad, eran ganas y aprensión. Pero estaba decidida. Toda la vida había sido una más. Ahora sería ELLA.

La policía encontró su cuerpo a los pocos días, ya empezando la descomposición, pero el vestido estaba intacto, no había señales de violación.

domingo, 26 de junio de 2011

La Búsqueda

(Roberto Fernández Terán)


Desde la más tierna infancia del aspirante a escritor Ramiro Iñiguez, ella lo había acompañado en todos los momentos fáciles y difíciles de su vida; casi siempre, ocupando un opaco segundo plano en relación a él. Vínculo complejo, sin duda, que le impedía ser ella misma de manera auténtica, y la convertía en una distorsionada proyección de la figura de él.

Él había jugado desde hacía mucho tiempo, con las increíbles formas geométricas de ella y, había tratado de desarrollar al máximo la capacidad de razonar para plasmarla en la escritura. Pero, todo había sido en vano; la creación, definitivamente era una palabra lejana al “escritor”. Ahora, ya en plena madurez, había desarrollado una profunda aversión por las compañías de cualquier tipo; porque creía que le limitaban en su creación poética. Entre tanto, ella, cansada de tanto desdén y maltrato, decidió que el tiempo de abandonarlo había llegado. Por eso, una noche invernal del mes de junio, decidió partir en busca de sí misma.

Estoy harta de ti, pensó, mientras se separaba bruscamente del cuerpo de Ramiro que yacía dormido en la cama. Ella, portadora de un carácter rebelde, había decidido: no ser la sombra de nadie. Luego, una vez que apareció la lunada luz de la noche: respiró hondo y, en silencio, empezó a descender lentamente desde el vigésimo piso por las paredes exteriores del edificio, hasta llegar a la avenida principal de la ciudad. Rápidamente, a medida que la lunada luz se hacía más intensa, se deslizó por calles y avenidas con gran sigilo hasta que llegó a la Bahía del Sur. Posteriormente, atravesó, como si nada, las aguas frías de la bahía, y se adentró en un bar de mala muerte llamada “La Luciérnaga” cerca al puerto antiguo de la ciudad.

Sí, definitivamente, se sentía a sus anchas en este lugar, donde la tenue iluminación de las lámparas se fundía con la soledad deseosa de compañía. Rinconcito desdeñado de la tierra, donde se amalgaman sudores marinos y perfumes de mujeres con caritas pintadas. Sí, pensó, en medio de las citadinas sombras de la noche bohemia, las posibilidades de encontrarse consigo misma eran muy grandes.

Todas las noches, ella se exteriorizaba en las paredes, en el techo, en el suelo, o en los muebles junto con otras sombras perdidas por la vorágine de la vida. Escuchaba confidencias de muchachas y de marineros beodos, bailaba sobre las mesas acompañando a los danzantes, o reflexionaba junto a los poetas nocturnos acerca de la creación estética. De tantas voces del mundo que poblaban “La Luciérnaga”, escuchó de sombras terriblemente crueles —como las que moraban en las mentes de los señores de la guerra. En las noches interminables que le tocó vivir en medio de seres tan diversos, conoció las más terribles oscuridades y meandros del inconsciente humano. Pero, con todo —no lograba encontrarse—, había algo que le faltaba; intuía que dicha sensación tenía que ver con el escritor frustrado que había abandonado. Un buen día, la sombra de una maga llegada de los Andes —le dijo— que tenía que buscar en el agua y el fuego las respuestas a su desazón.

Por su parte, Ramiro Iñiguez desde la partida de su otrora acompañante tenía todas las cosas muy, pero muy claras, que pensó que no la necesitaría más en su vida. La sombra que moraba en su inconsciente, y que se proyectaba cuando se interponía entre la luz y una superficie, había desparecido. Se dio cuenta que podía conocer cualquier cosa sin tener que hacer el esfuerzo de pensar. Parecía que los hechos reales y verdaderos simplemente aparecían de manera lógica y razonable en su cabeza. Cuando intentaba escribir, sin embargo, se horrorizaba porque sus palabras nacían muertas, sin la belleza interior del verso. Su poesía no tenía alma. No tenía fuego. No tenía magia.

Entendió que le faltaba la sombra interior que lo había abandonado --Sí, él era tal vez, de los pocos seres en el mundo que se sentía muy mal por dicha situación. Se vistió apresuradamente con el sombrero negro y el abrigo que tanto le gustaban a ella; y salió a buscarla con la firme decisión de no cejar en dicho empeño hasta encontrarla. Alguien le murmuró que muchas sombras sin rumbo deambulaban en las cercanías de la bahía. Hacia allí se encaminó, y cuando llegó al sitio indicado, se encontró con un edificio ruinoso oscurecido por el hollín del tiempo. Era “La Luciérnaga”, lugar donde únicamente moraban las sombras de los recuerdos idos.

Iba andando sin rumbo por las calles cuando empezó a llover torrencialmente. Atardecía. Un rayo cayó sobre la figura que vagaba en medio del aguacero. Apareció un gran arco iris. Una sombra gigantesca se proyectó por un segundo sobre la gran ciudad. Fue en ese momento, cuando las palabras nacieron para el vivir literario y, junto al sombrero negro y al abrigo gris, empezaron a caminar libres de ataduras. Insumisos, los dos, sombra y poeta se volvieron verso:

“En el principio fue la palabra,

nacida de la sombra interior del primer hombre,

fuego divino

del cantar del cosmos”.

miércoles, 22 de junio de 2011

A Ella

(Adriana Velásquez)


Nadie tiene el aire tan fresco como el suyo, tiene ocho hombres rodeando su hermosura, unos cálidos y otros fríos, unos húmedos y otros secos. Tiene una perfecta fusión de todos ellos; rescata lo mejor de cada uno. Conserva la esencia de esta nación.

Sus pechos, suele nevar en ellos y mantienen frio el ambiente en tiempos de invierno; en otoño se convierten en fogatas que sus pequeños habitantes no logran controlar. Llegar a la cima de estos es un verdadero reto, y es recompensado con un abrazo cálido entre sus brazos y brisas frías como caricias de la muerte en horas de la tarde.

Su nariz, cauce de aguas que llegando a sus labios caen como cascadas de agua dulce contorneando el delicioso paisaje; cristalinas sus aguas brillan como unos ojos pidiendo compasión ante la sentencia.

Su vientre, extensa planicie, pampa fértil de cultivo donde cualquier semilla puede echar raíces, suelo dispuesto siempre a satisfacer apetitos ajenos. Jardines interminables son sus esperanzas, donde quiera que vea hay verdes pastos y coloridas flores que sobresalen entre el humo.

Al este como una conciencia, un monumento imponente que desde su altura observa y juzga al resto con los brazos abiertos y una ostentación única. Reconoce pecados ajenos, jamás ve los suyos.

Aquella mujer conserva las curvas nombradas por los personajes que dejaron su huella por ahí y espera sentada en un sillón de aquel burdel que algún hombre la posea.

martes, 21 de junio de 2011

En Algunas Plazas

(G. Munckel Alfaro)


Así nomás es. En la madrugada barren, pero de día se va ensuciando así de a poquito y en la noche yastá mugre nomás la calle. Y más bien es así, porque así se ensucian los zapatos y harto cliente aparece. De todo se ve. Hay el caballero que viene a leer su periódico y a veces te cuenta quésta pasando y te enteras nomás de todito lo malo, porque sólo lo que no le gusta te cuenta, puro quejas nomás. También saben venir las señoras. Casi siempre vienen con su comadre y así nomás te enteras de la vida de su otra comadre, que mala siempre debe ser y grave le deben arder sus orejas por lo que hablan para ella sus comadres; otras veces, cuando se vienen solitas las doñas, todo te preguntan: dónde vives, si has desayunado, si estás estudiando, qués de tu papi y tu mami, dónde siempre trabajan, y así nomás hay que contarles todo aguantándose nomás el dolor en el pecho y tragando saliva; pero es mejor, porque cuando vienen solas las doñitas te pagan más, para tu helado dicen. Pero como no tienen mucho para lustrar, se van rapidito y a veces te despeinan, su cariño nomás es. Lo malo son los otros chicos, los que tienen su silla, su puesto para trabajar, donde ellos nomás quiere ir la gente. Igual es más mejor andar por ahís con el banquito, porque buscas pues al cliente. A veces hay los estudiantes que se saben sentar a charlar en los bancos, es más divertido lustrarles a ellos, porque como usan calzado negro, cuando terminas, te quedas mirando los árboles que se reflejan en el cuero recién lustradito, bien lindo es. Pero también hay estudiantes más grandes, una macana, porque tenis nomás usan y cuando les dices se lo lustro joven te miran nomás como a cojudo y a veces ni siquiera “no” te dicen, una macana es. Lo mejor es cuando a habido harto cliente y al mediodía aparece la doñita a vender almuerzo. Buena gente es. Como me conoce, cuando tengo plata para comprarle me yapa harto nomás. También cuando vende rápido (porque bien rico cocina, harto le compran; hasta de la alcaldía vienen a veces a comprarle almuerzo), pero cuando vende rápido, nos sentamos en el pastito y me invita refresco, buena gente es. A veces también nos quedamos mirando las palomas picoteando sus migas, a algunas las conocemos y hasta nombres les hemos puesto. Igual que las palomas, igualito hay gente que viene siempre aquí. Los mismos caballeros con su ropa elegante así con su corbata, y señoras de pantalón y de pollera, de todo se ve aquí. Algunos son buena gente y a veces te invitan alguito, pero muy rara vez es eso. Algunos me conocen y de mi nombre nomás me llaman para que vaya a lustrarles a su asiento, y eso que a veces ni sé cómo se llaman, igual nomás me tratan como su amigo. Otras veces hay quir nomás a otro lado a buscar cliente, a otra plaza; pero se encuentra nomás. Lo malo es que en otros lados ya no conoces a las gentes que van, casi ni palomas hay, es mejor aquí nomás; pero igual siempre hay quir en las tardes a otro lado. Más mala es la gente en esas otras plazas, se pasan nomás de largo y hay que perseguirles diciendo se lo lustro caballero porque no te quieren hacer caso. Igual otra gente hay en ahí, que no quiere que se lo lustres pero te charlan nomás, a veces alguito siempre te invitan. Pero aquí en la placita es más mejor, más lindo es, harta gente hay. Cuando te cansas, te sientas nomás en el pasto, en la grada y ves nomás cómo andan por todo lado, caminando así como locos, de todo se ve. Pero igual nomás hay questar mirando, por ahí se aparece un caballero con su zapato sucio y hay quir a decirle se lo lustro antes que te ganen los otros. Así nomás es. Tres pesitos sería.

lunes, 20 de junio de 2011

Países Intermitentes

(Sarahi Cardona)


—¡Hola abuelo! ¿Qué haces?

—Una marioneta sin una pata y con un ala, ¿vos?

—Lloro.

—¿Por qué?

—La profesora dijo que mi dibujo estaba mal…

—¿Qué dibujaste?

—Un cielo violeta, en una campiña azul y una casita de melón donde vivía un hada.

—¿Y por qué estaba mal?

—Porque ella dice que ese no es mi país y no cree que vivo ahí.