lunes, 16 de mayo de 2011

Calaveritas

(Sarahi Cardona)


I

La huesuda con el goce

La desnuda con la pose

Ninguna es decente

Las dos se acuestan con el docente.


II

El viejo anda buscando bulla

La flaca no quiere que la engulla.

La vejez ha llegado

El viagra no ha funcionado.


III

La andaba buscando en Na Cunna

La muerte todavía en la cuna.

Ahora toman whiskys

Después acaban en las miskys.


IV

La muerte anda en busca de trapos

Pero ha vuelto con puros harapos,

Sólo cien pesos tenía

Ya no le alcanza ni pa’ la peluquería.


V

La Calaca se ha cansado,

Todo el año ha marchado,

Todas las calles habían bloqueado

Pero a ninguno de los pacos había fichado.

domingo, 8 de mayo de 2011

Maldición

(Yvonne Rojas Cáceres)


Bajas como de una borrascosa tempestad, por la espesura negra y lejana de un horizonte alzado, para pisotearme con tus evocaciones. Maltratando el despojo en que me he convertido.

Camino sobre grietas de cemento en tu orilla. Convulsionando nuevamente en mi pupila, el hueco oscuro de tu ventana. Cubierto con la flema de tus retentivas inacabadas.

El sol dibuja necedades en mi cabeza, sólo eso. Y solo yo por la vereda, te repaso como a un óleo maldito. Claro, vigilante, repulsivo y atrayente; deslizándote como agua turbia y como aceite caliente de la yedra seca colada a tu pared.

Caes, como en mi ánima, al espacio terroso de esta tela de nostalgia. Te dibujo como el humo deslizado con arcadas en el aire, corriendo tras mi sombra en el pasado, con el viento azotando tu camisa azul contra ese pecho maltratado.

Mis ojos alucinados y empolvados, me regresan a este lunes. El sol se esconde de a pedazos tras la nube amenazante pero cobarde que soy yo. Que se escapa; y me pregunto ¿ni la lluvia te soporta?

Siento que me hundo completo y en retazos desmembrados de cuajo, por tu cuadra como alquitrán recién pintado, embadurnado de tu sangre negra que penetra.

Circulando sonámbulo, contando los minutos que me acercan a la noche. Imagino tu materia bajo la tierra y mis pies se cuelan a tu cara en cada paso, destruyendo todo extremo obsesivo, de tus mejillas apagadas.

Y la imagen del encuentro con tu cuerpo chorreado entre tus sábanas, golpea esta mi memoria desgastada y cansada. Inerte, recostado como estatua de un Marat, tallada con el preludio de mi condena. Te he matado.

Escucho venir del tiempo atrás, el grito de mi aliento lastimado; y pienso, ¿por qué no pude tocar tu dedo que me apuntaba? Miedo y dolor combatían encarnizados en mi vientre. Mientras afuera la batalla era de la lluvia y del amanecer.

Todo tan dentro, tan guardado, anhelante. Desalmada evocación que se ha apostado años después, en mí, presente, en tu vereda, en tu ventana, en mis pupilas apagadas.

¿Por qué hoy, mal viaje entre amapolas? ¿Qué te hace carne y sentimiento está vez? Mi duelo no acabado, replica la náusea temblorosa de mi entraña.

¿Acaso quieres destruirme para ti? Sólo en partes, sólo en pedazos líquidos de un sueño, aclama ese sol que me calcina, gritan los árboles con sus ramas, suena el vidrio roto de tu perpetua ventana. Me has acabado.

sábado, 7 de mayo de 2011

Redención

(Paola Rodríguez Angulo)


Cayeron las palabras, grandes y huecas en la bóveda de mi cabeza, en ese momento tan vacía, que causaron un estruendoso eco.

No supe que sentir, por un lado estaba la traicionada: fiera e impulsiva compañera lista para clavar las uñas en los ojos del traidor.

Por el otro estaba la mártir: esa llorona y quejona que sólo piensa en su desgracia mientras se auto compadece por lo injusto de su vida.

Además, estaba esta otra, misteriosa y cautivante, que sale de una profunda sombra… no sabía a cual seguir.

Quise cortarme lo suficiente para caber en tu molde y aún, tras años de mutilaciones, nunca estuve a la altura de tus expectativas.

Ahogada en la constante desesperación cambié mi imagen, mis frases, mis ideas: vendí mi cerebro para comprarte y luego pasó lo inevitable.

Busqué como una mártir mi cruz, necesitaba cargar con la culpa de mis actos, compartirla contigo, pues sabía que serías el mejor verdugo y te revelé mis pecados.

Como lo esperaba, te encargaste de atormentarme, lanzando tu furia sobre mí, no me diste tregua, eras un profesional. Tus cambios repentinos, venían en los momentos más radiantes como un trágico recordatorio de lo efímero de la felicidad: esos momentos, cuando tus ojos acusadores, llenos de rabia y tu boca tensa escupían palabras de hierro candente, marcando en mi frente la letra escarlata.

Y viví cada día de culpa, como si tu trato fuese la única válvula para expiar mis errores. Hasta hoy.

Siempre supe que considerabas menos grave la traición de un hombre que la de una mujer. Ahora, veinte años después y aún a tu lado tengo mi conclusión: la traición sabe igual para hombres y mujeres. Aunque esta vez la tuya me sabe a redención.

viernes, 6 de mayo de 2011

Al Filo de la Inocencia

(G. Munckel Alfaro)


No me prives

de este aprendido placer

de ver cómo juegas a ser adulta.


Quédate cerca,

corre entre mis dedos

—nínfula esquiva—

hasta crecer azul

como el humo de tu estela.


Quédate cerca,

te prometo que prometeré cuidarte,

que jugaré con tu alma de muñeca,

que te guardaré el secreto de este juego.


Te prometo que prometeré abrazarte

luego de hacerle el amor a tus labios rotos,

luego de jugar contigo entre tus piernas;

pero quédate cerca.


Déjame llenarte,

inundar tu garganta

—pequeña nínfula—

hasta cargarte de mí;

pero quédate cerca.


Quiero verte terca en tu sabiduría

de niña que juega a ser adulta;

pero no me prives de tu brevedad.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Reencuentro

(Roberto Fernández Terán)


Me encontraba entre el numeroso público asistente a las conferencias sobre Paleoantropología, que se desarrollaban en el gran salón iluminado por gigantescas arañas de cristal del Palacio Portales; cuando ella, desde la testera, alzó la vista clavando sus ojos color almendrado en mí. Supe entonces que la conocía desde tiempos muy antiguos, cuando los dos, muy jóvenes, jugábamos y caminábamos agarrados de las manos en las faldas del Kilimanjaro.

Recuerdo muy bien aquella vez, porque decidimos dejar marcado nuestro despertar pasional juvenil africano, en aquella tierra barrosa de origen volcánico. Sé, por algunas revistas especializadas, que las huellas que dejaron nuestros cuerpos, y particularmente las impresiones que quedaron de los pies, se encuentran bastante bien conservadas en la pétrea superficie del lugar.

—Sí, estoy seguro ¡es ella! aunque su cabello, esta vez, es de un color castaño intenso.

En el descanso que siguió a las disertaciones, mientras bebíamos las inevitables tazas de café, fue ella la que se me acercó y preguntó con acento extranjero en qué salón se exhibían las piezas de los homínidos de Laetoli. Con cortesía de anfitrión cochabambino, la guié hasta la galería donde se encontraba la serie “Paradisus” y, mientras ella, ensimismada disfrutaba de las figuras, volví al viejo salón de conferencias apresuradamente —pensando que, quizá por la novedad de las piezas en exposición, o por estar en medio de tanta gente, le había sido difícil fijarse bien en los detalles de mis ojos para reconocerme. Comprendí que no podía apresurar las cosas para un reencuentro; porque, después de todo, habían pasado muchísimos años desde nuestra experiencia en el Kilimanjaro.

En las primeras horas de la noche, muchos de los conferencistas acudimos al restaurante italiano ubicado en la plaza principal de la ciudad. Ella estaba allí con un grupo de profesoras europeas. Nuevamente, nuestras miradas se cruzaron; pero esta vez creí percibir un destello muy intenso en sus ojos de miel y ámbar. Observé que las gráciles líneas de su cuello y la firmeza de sus caderas no habían cambiado mucho desde aquellos lejanos días en el centro este de África.

—¡Muchachos, compartan con nosotras este vino añejo! —dijo ella— sonriendo y levantando la copa.

Tenía las mejillas ligeramente sonrojadas y se notaba una ligera influencia del alcohol en su comportamiento. Fue en ese instante en que me miró fijamente a los ojos y me reconoció.

—Pero ¡eres tú! —dijo con la voz cargada de emoción.

—Sí, soy el mismo —le dije con un aplomo nacido de la felicidad de tenerla tan cerca.

—Te estuve buscando por todo el mundo.

—Yo también —le contesté.

—Han pasado tantos años.

—Millones —añadí.

—Nunca pude olvidarte.

—Yo tampoco.

A partir de ese momento, no pudimos estar alejados ni un milímetro uno del otro. Si no eran nuestras manos que se agarraban, eran mis brazos que la rodeaban o los suyos que me estrechaban. Después de vaciar un par de botellas de vino con todos los concurrentes, decidimos buscar un lugar para estar únicamente los dos.

En medio del recinto tenuemente iluminado donde ella se alojaba, tallamos cada parte de nuestros cuerpos con desenfreno. ¡Nada nos estaba vedado! Nos desbordaba la pasión contenida por tanto tiempo. Nuestras bocas se buscaban, nuestras geometrías se acoplaban, nuestras mieles se trocaban.

Fascinados los dos en nuestra desnudez, nos explorábamos mutuamente, sin dejar territorio alguno sin reconocimiento; en una guerra de posiciones siempre cambiante; tomándonos; saciándonos hasta el paroxismo. Amanecía, cuando rendidos y exhaustos nos abrazamos como suelen hacerlo los amantes. Los mantos del sueño profundo nos cubrieron dulcemente.

Muy entrada la mañana, a las diez en punto, el Palacio Portales de Cochabamba abre sus puertas al público para continuar con la presentación de la exposición itinerante titulada “Homínidos en Laetoli: Tres millones de años atrás en el tiempo”; pero, justo en ese momento, se levantan voces de alarma; los porteros están conmocionados porque la seguridad del edificio ha sido burlada durante la noche. Informan al director un hecho insólito, los fósiles de los homínidos macho y hembra que se encontraban en salas distintas cada uno, están ahora juntos en la urna de cristal de ella, y yacen muy unidos como si estuvieran abrazados. Nadie sabe cómo los restos de él llegaron allí. También, la réplica de las huellas petrificadas, que se exhibía en el salón principal, ha desaparecido.

A través de los vidrios, los visitantes observan sorprendidos que los huesos fosilizados de ambos parecen reír, en una suerte de complicidad y de placer que trasciende desde lo más remoto de los tiempos.

martes, 3 de mayo de 2011

Los Amantes bajo las Farolas

(Sarahi Cardona)


Eran celosos, intolerantes, impacientes y propensos a dañarse

Ella se pasaba los días con café y cigarrillos, para borrar el olor que le dejaba en la piel

Él con un whisky sin hielo pretendía olvidar besos y miradas.


Se necesitaban

Y además se amaban


Nada les era suficiente

El tiempo les era imposible


Buscaron refugio en una habitación amarilla

Llena de farolas encendidas

Cerraron las ventanas y las escondieron tras pesadas cortinas

Para no saber si amanecía o anochecía


Su único equipaje era la piel desnuda, deseosa de lujuria

Decidieron no ser felices

Se fueron acabando el uno al otro


Redimidos y entrelazados

Ella con filigranas de piel entre sus uñas,

Él con la boca saciada de ella

Hasta que las farolas se apaguen.

viernes, 29 de abril de 2011

VII

(Ariel Yañes)


Cuando las golondrinas se pierden en el vuelo de las hojas de otoño,

El camino que lleva de la soledad al hastío

Es la luz que devora tu joven silueta.

No todo está perdido, sin embargo no alcanza

Y eres la distancia que crece en tu mirada.

Sabemos el destino y el recorrido, no la salida,

Pero creces menguando eternamente.

No se oyen más que gritos de seres perdidos.

Caminas entre y sobre mi alma de café soluble,

Zapatos gastados, personas colgadas en roperos

Y el viento te señala con un dedo de vela solitaria.

Sí, ya no camino, pero no me he detenido.

Déjate caer para perderte en la brisa.