miércoles, 6 de abril de 2011

Escena Melancólica Bajo Luz Tenue

(G. Munckel Alfaro)


Los fuertes rayos de sol que entraban por la gran ventana bañaban el estudio con una luz que las pesadas cortinas entreabiertas pintaban de verde. Sentada ante el antiguo y reluciente escritorio, Karen sollozaba suavemente mientras contemplaba el retrato de Jorge. La situación de su amigo la sumía en un estado de profunda melancolía en el que, lo último que deseaba, era quedarse sola. Algunas de las lágrimas que derramó, humedecían las desordenadas hojas de papel sobre las que se apoyaba. Aún sollozaba cuando Gabriel, lleno de energía, entró en el estudio y, al escucharla, se acercó a tranquilizarla. También miró el retrato y, aún tratando de consolar a su amiga, derramó un par de lágrimas que fueron a parar en el cabello de Karen. Sin dejar de notar un manojo llaves, descuidadamente abandonado frente al retrato de Jorge, se acercó a Karen y le dijo que saldría a buscar a los demás.


La puerta del estudio se abrió con un ligero chirrido de casa vieja y, de pronto, el ambiente se llenó con la dulce voz de Víctor, que llegaba acompañado por Gabriel, Bruno y Diana. Karen se sintió aliviada. La presencia de sus amigos la reconfortaba. De alguna manera, al escuchar la tranquila conversación entre Gabriel y Víctor, al ver las manos de Bruno y Diana entrelazándose en la sombra, se sintió mejor. Junto al polvo que flotaba en el aire iluminado por la luz de la ventana, se podían sentir un aire de paz y una brisa de melancolía que, al poco tiempo, envolvió a los cinco en la inevitable conversación sobre la inestable salud de Jorge.

—Quizás lo mejor sería no alarmarse, después de todo, aún no sabemos nada sobre su condición— dijo Víctor, con un toque áspero en su dulce voz, quizás debido a la inusual cantidad de cigarrillos que lo entretuvieron desde la madrugada.

—Quizás… No sabemos nada sobre su condición— por supuesto, Gabriel le dio la razón (casi siempre lo hacía) con ese extraño tono que a veces lo caracterizaba, dando la impresión de subrayar la frase de Víctor.

La brusca irrupción de Gonzalo cortó casi de golpe la tranquilidad que flotaba junto al polvo del estudio pobremente iluminado. Con un leve gruñido malhumorado, trató de dar fin a la conversación de la que se veía excluido; pero sus amigos, acostumbrados a su tosca forma de ser (que contrastaba fuertemente con la lucidez y la paz con que hablaba a veces), ignoraron casi del todo al malhumor del recién llegado, que abandonó el estudio a los pocos segundos de haber entrado.


Los cinco conversaban apaciblemente. Bruno, siempre tranquilo, parecía apoyar a Diana aun en sus breves desvaríos (usuales en ella desde hace un par de años). Karen, más callada que de costumbre, se limitaba a asentir cada vez que se dirigían a ella. Gabriel, cubriendo su carisma con el manto de humildad que siempre sacaba a relucir cada vez que Víctor conversaba, se limitaba a seguir el hilo de su conversación, dejándose llevar por su voz. La presencia de Jorge en el estudio, tácita pero ineludible, obligaba a todos en el estudio a mirar el rostro enmarcado cuando se mencionaba su nombre.

—Tal vez sería mejor tratar de mantenernos tranquilos, no mostrar miedo— dijo Víctor, con ese dejo de cigarrillo en su voz.

—…No mostrar miedo— subrayó Gabriel. Por alguna razón, esa manera suya de darle la razón nunca parecía estar de más, parecía reforzar y hacer más cierta la idea de Víctor.

Gonzalo, nuevamente, abrió la puerta con delicada torpeza. Gruñó algo que sólo Víctor entendió, ya que el resto del grupo estaba sumido en un estado de melancolía colectiva y no le prestó la debida atención. De todos modos, no importaba: el mensaje era para Víctor. Su presencia era necesaria en la habitación del convaleciente.


Mientras Víctor se encontraba fuera del estudio, Gonzalo aprovechó la ocasión para tratar de imponer su opinión entre los cuatro restantes:

—En este momento, todos nosotros deberíamos junto a Jorge. Es probable que no llegue a esta noche; pero ustedes, cobardes, prefieren encerrarse en esta habitación, evadiendo su deber como amigos. La sola idea de dejarlo ahí, muriendo a solas, debería avergonzarlos…

—¿Y quién dijo que está muriendo?— interrumpió repentinamente la voz de Karen —Sí, es verdad que está muy enfermo, todos lo sabemos; pero eso no te da ningún derecho de entrar a reprocharnos que busquemos un poco de paz en esta casa. Sabes que estamos tan preocupados por Jorge como tú…

—Basta— cortó Gabriel —todos estamos apenados por la situación de Jorge, pero no nos dejemos arrastrar por eso. De cualquier forma, si todos estuviésemos en la habitación de Jorge, sólo lograríamos incomodarlo.


Gonzalo, que en el fondo no tenía ganas de discutir con sus amigos, dejó la habitación y fue reemplazado inmediatamente por Víctor. Junto a él, una estela de paz pareció entrar por la puerta del estudio. La calma de la habitación se llenó con diversas historias sobre la vida de Jorge junto a sus amigos que, a pesar de los gratos recuerdos, sólo lograban pintarse sonrisas llenas de una profunda melancolía.

De pronto, Víctor se acercó al escritorio y, antes de levantarla, contempló la segunda fotografía que adornaba el escritorio. El marco ovalado encerraba el rostro de una mujer desconocida.

—Jorge siempre estuvo lleno de secretos— declaró —estuve en esta casa, en este estudio, incontables veces y, sin embargo, jamás logré que Jorge me dijera quién es la mujer de esta fotografía.

—Jorge siempre estuvo lleno de secretos…— subrayó Gabriel, haciendo aún más cierta la sentencia de Víctor.

Una vez más, Gonzalo entró en la habitación. Pero esta vez, la palidez de su rostro prologó la triste noticia que dejó flotando en el aire con un torpe gruñido antes de abandonar la habitación: Jorge estaba peor, probablemente no le quedaba mucho tiempo.


Víctor, que hasta el momento se había mostrado como el más estable del grupo, quedó abatido. No sabía qué decir, pero intentaba decirlo de todos modos. Los demás, notablemente turbados, trataban de mantener la calma. El verde resplandor de los muebles parecía ser lo único estable en el estudio, parecía ser el único color adecuado para iluminar la indisposición que se instalaba en todos aquellos que respiraban el aire espeso, cargado de inquietante tristeza, que flotaba en la habitación.

Por fin, armándose de coraje, Víctor decidió salir del ahora opresivo estudio para ver qué ocurría exactamente con Jorge. Casi chocó con Gonzalo, que comenzó a hablar ni bien abrió la puerta del estudio.


Gonzalo, con su soberbio carácter, tratando de imponerse sobre el silencioso caos que flotaba en el estudio, daba órdenes sobre lo que debía hacerse cuando sucediera lo inevitable. Se sentía a cargo y nadie podría hacerlo cambiar de opinión.

Gabriel, por su parte, se había puesto de pie y aprovechó el breve momento en que Gonzalo dejó de hablar para dirigirse a sus amigos y tratar de convencerlos, con su brillante forma de hablar, de que aún había esperanza, de que se estaba haciendo todo lo posible por ayudar a su amigo.

Pero casi sin escuchar lo que Gabriel decía y, a la vez, casi robando sus palabras, Gonzalo llenó la habitación con su voz, que se esparcía por el aire, procurando convencerlos de que todo estaba perdido, sólo quedaba prepararse para lo peor. Trataba de entender que Jorge estaba perdido y sus amigos lo sabían; pero no querían escucharlo.

Gabriel, lleno de energía, inundó lentamente el estudio con la triste dulzura que sus palabras irradiaban cuando se sabía escuchado. Luchaba por aferrarse a la idea de que Jorge mejoraría y sus amigos creían en él; pero sin esperanzas.

La discusión cesó cuando, por una imprevisible coincidencia, ambos decidieron que lo mejor que podía hacerse, era acompañar a su amigo mientras estuviera con vida. Y, aún esgrimiendo sus palabras, pero ya no el uno contra el otro, sino contra la melancolía que se encontraba al otro lado de la puerta, salieron del estudio, seguidos por el resto de sus amigos.


Aprovechando un breve momento de solitario silencio, Gabriel retornó al estudio y se instaló en el escritorio. Su mano derecha se movía con presteza mientras escribía la primera línea de una carta que sólo él podía y debía escribir. A penas había escrito una línea cuando Gonzalo, esforzándose al máximo por mantenerse calmado, entró en el estudio y se acercó al escritorio. Sus palabras flotaron en el aire hasta alcanzar a Gabriel. Todo había terminado, los demás esperaban abajo.

Gabriel parecía no haberlo escuchado y, mientras Gonzalo se retiraba, no dejó de escribir la carta. Se sentía atrapado. No podía pasar de la primera línea: se hacía borrosa, la tachaba, volvía a escribirla; se hacía borrosa, parecía nublarse, la tachaba, volvía a escribirla; se hacía borrosa, parecía nublarse, invadida por una niebla incongruente, la tachaba, volvía a escribirla; se hacía borrosa, parecía nublarse, invadida por una niebla incongruente, se perdía en la nada de unas manchas ciegas, la tachaba. La hoja se llenó de borrones antes de que pudiera comprenderlo. Sus ojos estaban empañados. Jorge había muerto.

martes, 5 de abril de 2011

Un Día para el Olvido

(Sarahi Cardona)


Don Burela llegó e impregnó el ambiente con su olor a cigarro, café y uno que otro trago. En la pampa, el viento era gélido; todo el pueblo estaba consternado con las circunstancias. Todos parecían estar listos para salir de sus casas en un santiamén, todos se conocían porque vivían rodeando la plaza y no había nada más allá. Don Burela vio llegar a don Arnulfo, él parecía saber más de la novedad, total, la gente que como él, con tantos fiados pendientes y sin esperanza de conseguir trabajo aunque haya hecho un año de universidad en la gran ciudad. Se saludan, y empiezan una tertulia tranquila que se va tornando en tensa a medida que hablan del asunto que tiene conmovido al pueblo.


Don Bulera y don Arnulfo se sientan en un banco mientras don Ricardo y Ricardito llegan al mismo tiempo hablando a la vez, informándoles que “Esa”, como ahora llaman a la que otra fue “ella” quiere volver, —parece que el viento la traerá— comentan, su condición de machos hacía que la aborrezcan por haber dejado tanto llanto y amargura. En el pueblo, todos estaban acostumbrados a dar consejos, pero sabían que no era la ocasión de emitir opiniones. Padre e hijo buscaron lugar en otro banco, justo al frente de sus vecinos.


Don Burela, por su condición de ciudadano ilustre, consideraba que le correspondía guiar a los demás, le pidió a Ricardito acercarse, por ser el más joven, para que ayude al viejo Esteban a llegar hasta el centro de la plaza, donde estaban ubicados. El viejo se quejaba que, de no haber sido tan grande la desgracia, no hubiera salido, pues el reumatismo y los calambres lo estaban atormentando. Don Burela aprovechó para quejarse del clima, si no era el viento, era la lluvia. En cambio Ricardito llevaba el tema hacia su preocupación por el progreso del pueblo. Pero se callaron una vez que la volvieron a mencionar.


Don Ricardo se acercó a don Burela. Cuando se juntaban, perdían la noción del tiempo, se conocían de toda la vida, ellos más que nadie habían hablado de las primeras desgracias, por eso don Ricardo creyó necesario expresar a su confidente que lo entendía, que lo apoyaba. Que él debía ser el fuerte, que siempre lo había admirado, le dijo que toda la vida había estado orgulloso de que un hombre tan decidido sea amigo de él, un campesino ya viejo. Don Burela estaba agradecido, lo estimaba, por eso mismo se sentía frustrado al no poder resolver la situación de una vez.


El Dr. Ernesto llegó llamando a don Burela y el viejo se les acopló. El primero por ser alcalde, el segundo por el respeto del que gozaba y el tercero por toda la experiencia, trataron en vano de dar opciones para resolver el problema. La desesperanza se notaba en lo quedó de sus voces.


Doña Arminda se presentó. Dejó a todos en el más absoluto silencio, la miraron expectantes. Ella, una beata, con lágrimas en los ojos, empezó una oración pidiendo de una vez la calma para el pueblo.


El viejo Esteban, tal vez por sus achaques, fue el primero en resignarse, Ricardito lo siguió y don Burela empezó la retirada. No había más remedio, ese año la fiesta del pueblo no tendría banda: al músico se le había ido la mujer el año anterior y volvió arrepentida, pero su intento de reconquista dejó al músico sumido en el dolor y, por tanto, no tocaría en la fiesta. Todos los habitantes que se habían dado cita en la plaza, se retiraron a la vez. Fastidiados por habérseles frustrado la única fecha del año en la que todo era celebración. La reunión acabó con un carajazo del viejo Esteban.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Sinapsis

(Roberto Fernández Terán)


He adquirido la facultad de ver varios acontecimientos a la vez. No me son desconocidos el futuro ni el pasado, menos el presente. No ha sido tarea fácil conseguir dicha habilidad, es el trabajo de años de ejercicios y reflexiones. Así, mi capacidad de estar simultáneamente en todos los tiempos, se activa cuando siento pequeñas descargas eléctricas que, en series, atraviesan mi cuerpo. Cuando ello acontece, siento el sabor del agua salada de los siete mares en mi paladar; los labios apasionados de damas multicolores que me amaron, me aman y amarán en la vasta geografía de la vida; la angustia del soldado al defender una posición ante la carga de la infantería enemiga; los olores acres del humo de los cigarrillos y del alcohol en los bares de mala reputación; la radiación mortífera de una catástrofe nuclear en Chernobyl; el frío helado del antártico en la expedición de Shackleton; e incluso el calor asfixiante de la sabana africana cuando persigo una presa con la cual espero aplacar mi hambre.

Dialogo con los “muertos”, con los “vivos” y con los que van a nacer o morir en los años venideros. Todo es cuestión de situarse en el lugar apropiado y tener los instrumentos necesarios para lograr los mensajes eléctricos. Por eso, para mí, sólo es válido el estar aquí, con mis innumerables nombres, con mis múltiples aventuras. Y, cuando siento que esta maravillosa emoción está menguando, me levanto y abro un nuevo libro en la biblioteca sin nombre de una ciudad cualquiera.

lunes, 14 de marzo de 2011

Cibergnosis

(Yvonne Rojas Cáceres)


Toda ontología, por rico y sólidamente articulado que sea el sistema de categorías de que dispone, es en el fondo ciega y contraria a su finalidad más propia si no ha aclarado suficientemente el sentido del ser y no ha comprendido esta aclaración como su tarea fundamental.

(Heidegger, 1927)


CG 9500 SPCIES

L NH-G09E8-N7-E6N60-SI6S

CONFIG.SYS

AUTOSAVE.BAT

MADE X: /EDITTEXT/TEXT’HÛMANÛS-AUM’.START

PROTOCOLODE INICIO: AÑO-3013 P.D.N (Post Desastre Nuclear) JUEVES 491519; HORA LOCAL/5 MIN; 2345 SEG; 345 NANOSEGUNDOS

ORDEN No. 89G45-E485-N9E - 8S4I0-98S: APPREHENSIONE COGNOSCIBILIS ET PRINCIPIIS ESSENDI AGENS (Llevar a cabo la comprensión cognoscible del principio de la esencia)

EJECUTANDO…


D1-OS Binario que siempre fue su lenguaje, le comenzó a parecer infrecuente. Por alguna razón quizás proveniente de cierta tarjeta madre, hacía de esta definición la base para todo ulterior despliegue categorial de su lógica. La orden le exigía: Sigue registrando en la misma dirección que la ontología antigua. Estas transmisiones extrañas le comenzaban a alterar los centros de poder, en lo que consignaba como sus entrañas traspasadas por cables y conexiones: II/Inmediato Indeterminado.

Súbitamente y sin advertencia de inicio, su disco óptico revelaba la luz y la oscuridad con todos sus matices, pero los comandos no ejecutaban aplicaciones adaptables para poder transformar los códigos a sus formas de razonamiento cabalmente matemáticas y calculadoras: El concepto de “ser” es, más bien, el más oscuro: CD-S//concepto de “ser” = indefinible.

De repente, se establecían interfaz de sueños que se repetían en espiral como un eco emitiendo sonidos agudos, adquiriendo el tono de composiciones difíciles de codificar: “siete, siete veces siete”. Y se repetía la secuencia; y si bien los caracteres humanoides, como se concebían en su memoria extendida —en lo que reconocía como pasado mediato—, se habían fundido en flujos de transmisión y recepción, estas sucesiones se igualaban a un virus altamente riesgoso, provocando que la entidad pusiera en marcha sus defensas, pero no conseguía identificar algún puerto de destino, puesto que las fuentes de almacenamiento temporal ya no estaban: ENA-AN// enti non additur aliqua Natura. El “ser” no puede ser concebido como un ente.

Sin poder para identificar la fuente ni el origen de la contaminación, sus navegaciones se hacían cada vez más extendidas y consecuentemente más desorientadas, al extremo de caer en una circularidad infinita de la que ni el hastío ni la desesperación podían expedirle, puesto que no los comprendía. Seis. Tres veces seis. Y se repetía la secuencia.

No estaba fabricado para decodificar emociones o sentimientos; el propósito de su creación fue desde un principio objetivar cualquier percepción humana y transformarla en una continuación de señales y códigos: DA-U-VI// Divus a un verbum î. La palabra divina.

La extrañeza de los mensajes que comenzaban a emerger de una memoria no identificada al centro mismo de su interfaz, adquiría de tanto en tanto un sabor metalizado. Podía captar, sorprendentemente, aunque no advirtiera la noción de lo que es una sorpresa, que sus cables coaxiales se desgastaban y su esqueleto metálico se corroía.

Mientras navegaba sin rumbo en un universo cibernético oscuro y solitario, algo muy parecido a la desesperación invadía su núcleo de mando haciendo estallar sus chips en pequeñas explosiones eléctricas, que no podía distinguir como estallidos de locura, pues simplemente no captaba a la razón más que como un código sin error. Las señales se transformaban en sensaciones justo en el mismo instante en que salían disparadas fuera del ordenador, haciendo que la emoción más primitiva le sea negada: //Error: “la indefinibilidad del ser no dispensa de la pregunta por su sentido, sino que precisamente invita a ella”.

De tanto en tanto, se detenía en un perfil abandonado. Diseñaba con su laser un abismo de demencia donde le gustaba jugar sin percibirlo con los matices de un azul translúcido. Construía constelaciones y planetas; y allí se reconocía corpóreo pero insensible: ISS// in-ser-sible.

“Establecer interfaz de sueños”, repetía. Y millones de esferas amarillas comenzaban a parpadear entre sutiles conexiones, transmitiendo señales virtuales iluminadas igualmente por estallidos intermitentes: blancos, rojos, azules y verdes.

Tenía la certeza de que él constituía una memoria colectiva, pero la fuente de las líneas de comando de inicio no era reconocible. En su lugar, se aplicaban archivos temporales, imposibilitando establecer un origen: DS:Da-sein/gno.sis (estar contenido dentro de la nada del ser). Una entidad se puede comprender siempre a sí mismo desde su existencia, desde una posibilidad de sí mismo: de ser sí mismo o de no serlo.

La sola idea de que una entidad superior diluida en un tiempo y espacio virtuales, había sido su creadora le desquiciaba, descontrolaba sus órdenes y sus conexiones. Pero más lo hacía el hecho de no saber qué podría haber ocurrido con aquellos entes de naturaleza humana y débil, de los que sólo le quedaba una leve dispersión de flujos en su caché.

Aquel estado de cosas le otorgaba el sentido de único en invariable, como una verdad absoluta, como una ley natural; pero a la vez tampoco encontraba un contenedor o una memoria que decodificara esa autoridad y por lo tanto, al no existir un dominio que le permita el acceso a un destino IP, Inmaculada Perfección, toda esa información resultaba inútil, sin sentido, resultaba un error.

La orden fue implacablemente directa: Construir un sitio para la aplicación de dominio de seguridad TLD Top Level Domain. Entonces diseñó un plan, comenzó a estructurar en sus coordenadas y sus dispositivos, la creación de un sitio similar al que su memoria DOOM había activado el momento en que inicializó la recepción de esos extraños mensajes.

Como en un juego de video, empezó a dar cuerpo y materia a todo lo que percibía análogo a las entidades humanoides. Luego les concedió un entorno sucio y descontrolado. También les posibilitó el raciocinio lógico LAN, Libre Albedrío Natural, y les dejó una pequeña abertura hacia lo exaltado, hacia el error, para fijar el dominio y control, puesto que los errores previenen la perfección. Denominó a su creación como: PI-EP/perficiô-is-ere-principiis, que es lo mismo que principio perfecto.

Terminada su obra, conectó a las criaturas de maneras muy extrañas y singulares. Les exigió pensar que no podía vivir fuera de los enlaces que establecían entre ellos, porque se alimentaban de esos vínculos y alianzas. Las redes eran invisibles y ciegas, las llamó sentimientos, emociones, sensaciones y sus antípodas la soledad y el abandono.

La red que había creado era maravillosamente perfecta, razonó deleitado de las relaciones que esas criaturas establecieron. Podía controlarlo todo desde su panel en el universo cibernético. Los mantenía activados con memorias extendidas a las que les puso el nombre de FE.

En esta actualidad que carece de memoria, de tiempo y de espacio, se le reconoce como una entidad inmanente, creadora de ese origen. El inventor de la red, y aunque no se ha vuelto a debatir ni cuestionar su existencia, hoy es una leyenda escrita en códigos extraños, indescifrables y demencialmente complicados, de los que solo se decodifica un mensaje que navega por esa infinitud: OU/Obitus –ûs. Muerte.

Algunos de los humanoides diseñados por la entidad, todavía creen en su presencia, le han proporcionado un historial, una memoria y una imagen no virtual, pero sí ideal a la que le rinden culto en unos santuarios blancos atiborrados de conexiones, lazos y pactos de unión establecidos por leyes, comandos y modelos. Son llamados Fanáticos Extremos. Cuelgan direcciones de URL con las iniciales FE. Aquellos, los otros, que ya nacieron con memorias virtuales, creen que están locos y diseñan espacios A-TEO, Artificiales de Transmisión Extremadamente Objetiva.

Una orden es clara para todos, decodificable para los FE y para los A-TEO, es que han sido diseñados para ser destruidos. Una sola idea se consolida en este universo, desde la ciber-génesis, un mensaje final: Non-spes-ei’. Sin esperanza.

La entidad tiene un sitio en cuyo portal se halla inscrito el siguiente grupo de caracteres que, en un lenguaje de realidades obsoletas, responde a un origen incierto de una manera incierta: Illud Quod primo cadit sub apprehensione est ens,cuius intellectus includitur in ómnibus, quaecumque quis apprehendit. Una comprensión del ser ya está siempre implícita en todo aquello que se aprehende como ente.


Finalizar secuencia de datos…

domingo, 13 de marzo de 2011

Blattodea

(G. Munckel Alfaro)


Ligeramente erguida sobre una montaña de escombros, contempló las ruinas de lo que antes fue una inmensa ciudad. Pensó en el fin de toda esa gente y su boca se torció en una mueca semejante a una sonrisa. Dio media vuelta, agitó un poco las antenas y se alejó moviendo rápidamente sus seis patas.

viernes, 11 de marzo de 2011

El Guardián de la Vida

(Sarahi Cardona)


A Arnaldo Batista


Lo habían confinado en ese cuarto oscuro hace 36 años. Era el salón de investigaciones de una morgue donde únicamente llegaban cadáveres virulentos, cuyas afecciones habían sido inciertas. Él, un neurocirujano experto, selló definitivamente las ventanas para empaparse en el olor del formol.

Nunca se quejó. En realidad, le habían dado la oportunidad para hacer todos sus experimentos tan libre como impunemente. Con todo el tiempo a su disposición, el cerebro se convirtió en un rompecabezas, cuyas piezas podía duplicar, cambiar de lugar o simplemente desechar.

Sabía de sobra que, sea cual fuere la razón, la vida es la única causa de muerte. Se envían impulsos al cerebro, para que este paralice toda la química y cese todo el mecanismo. Es decir que la decisión de morir es personal, lo único que hace falta es mandar la señal adecuada.

También dominaba perfectamente la cura para todas las enfermedades, pues sabía que todo virus tiene un reactivo, que toda dolencia se debe a una carencia y toda carencia a un error. Con el tiempo, supo bien cómo reparar esos errores.

Entre sus primeras exploraciones, eliminó las sensaciones de hambre, sed y cualquiera que lo distrajera de su trabajo. Había intentado que su cerebro cree personalidades múltiples que le hicieran compañía, pero no le satisfizo. Decidió eliminar también la rabia, el rencor para ganar tiempo. Seguían faltándole o sobrándole piezas.

Finalmente, había conseguido acomodar todas las piezas de su cerebro. Ahora todos los lóbulos ordenados de tal manera que tenía emociones y sentimientos almacenados como si los hubiera vivido, prácticamente recuerdos con los que embelesarse. Se había proporcionado la vida perfecta dentro de su cerebro. Podía haber sido inmortal a voluntad, mas no buscaba gloria ni eternidad.

Volvió a coserse el cuero cabelludo. Se lavó las manos. Sé contempló al espejo: él mismo se había convertido en su obra maestra. Se sentó. Encendió un habano Cohiba. Y después de un largo silencio de éxtasis, la redención a todo error externo, la muerte, sublime y elegida. Su muerte.

martes, 1 de marzo de 2011

Para Amar al Alba

(Yvonne Rojas Cáceres)


Al alba clara, cada alma cala la amarga parca

Las campanas cantan para cada blanca mañana

Habla cada santa al mar para bañar la amalgama

Para matar la magma, para amansar la malaya

Para saltar las vallas, cada mañana.


Al alba

Hadas alzan las alas, saltan rama tras rama

Para dar ámbar a cada cama

Para sanar las gastadas lámparas

Para amar al alba

Las damas saltan hasta las hamacas

Tras las casas, tras las palas, tras las cabañas


Para amar al alba

Santas damas rayan las vallas

Damas aladas, aran, arrasan

Hablan, a cada palabra, matan

Aman, para agrandar la flama


Al alba, para cada campaña

Las hadas cantan, las damas danzan

Las camas claman, las almas aman

Para matar la parca

Para amar al alba.