(Sergio Tavel)
Un
día, hace ya muchos años, las personas despertaron una mañana y fueron al río a
recoger agua, pero lo encontraron vacío. Fueron al lago más cercano, pero sólo
quedaba un gran pozo de tierra seca. De las aldeas más cercanas, oyeron lo
mismo. Todos los ríos estaban secos, todos los lagos. Cuando se acercaron al
mar, sólo vieron tierra y arena que se extendía en el horizonte. Lo mismo
ocurrió en el resto del mundo. Nadie sabe qué fue lo que sucedió. Simplemente,
un día en que los vientos soplaron por horas, el agua desapareció.
Desde
el día en que los mares se secaron en el mundo, las personas recorren las
vastas hondonadas de tierra seca en barcos que flotan en el aire, acariciados por
la brisa y los vientos que emergen desde la tierra. Los veleros recorren los
ríos, los barcos mercantes surcan los océanos, las personas se zambullen y los
peces nadan; todos empujados por aquél soplo de viento que llegó a remplazar al
agua.
Nunca
supieron por qué pasó, o quizá ya lo olvidaron. Sólo están seguros de algo: Un día, hace ya muchos años, el viento y el agua decidieron cambiar de lugar. Quizá
fue aburrimiento o simple curiosidad, nadie puede afirmarlo. Es por eso que, si
uno mira a los cielos, verá un enorme océano en las alturas, dónde los pájaros
vuelan acariciados por las olas y la bruma.
domingo, 13 de enero de 2013
lunes, 10 de diciembre de 2012
El Gato
(G.
Munckel Alfaro)
Le dicen así porque le
gusta jugar. Primero lo ficha al tipo y se queda rondando cerquita de su casa,
le hace bromas y lo jode un poquito nomás. Aunque a veces se pasa, a veces de
verdad le lastima al tipo cuando hace sus bromas. Es que él no es como nosotros
pues. Para nosotros es bien serio que le corte los frenos a su auto del tipo;
pero para él no, chiste nomás es, parte de su juego dice. Lo podría matar así;
pero es pues un as. Tan bien lo hace, que el tipo no se muere, sólo se pega el
susto más jodido de su vida, se caga de miedo; pero sale sanito, o más o menos
sano. Cosas como esa sabe hacer y hasta más jodidas. Y así lo puede tener al
tipo durante días y hasta meses. Es pues así, le gusta jugar con los tipos como
si fueran ratones. Después nomás los mata y se va caminando y relamiéndose sus
bigotes, pensando pensando con quién puede jugar más tardecito.
lunes, 3 de diciembre de 2012
Pucho
(Yvonne Rojas Cáceres)
Antes de salir disparado, sujetando por el cuello a la chaqueta que se resistía encaramada en esa silla, había discutido con el manojo de llaves que jugaba a las escondidas debajo de cualquier libro, indiferente frente a su apuro, a su desesperación. También había triturado furiosamente el aluminio vacio, solitario, delator, mientras escribía la primera línea del poema derramando café sobre la letra del horror. Se habían terminado.
El montón de basura le hizo la última treta, sujetándole el zapato y provocándole una caída estrepitosa contra el pavimento de la calle desierta. Se sacudió más que colérico de toda la consternación del vicio y sus desechos. La chaqueta reclamó enganchándose a la verja, el manojo de llaves gritó al fondo del bolsillo de su pantalón. Pero nada de eso lo detuvo. Corrió calle arriba, rogando que la lucecita del letrero estuviera fulgurando aún.
Con el aliento cortado por la prisa que prorrumpió en un suspiro de alivio, se asomó a la contraventana de la cantina, vigilada por la proveedora y su cajita milagrosa. De allí escapaban alaridos de goce y una mala sintonía con olor a ron. Se detuvo y calló, pues la vendedora ya había estirado la mano a su esperanza, con la cajetilla de sus rojos favoritos. De vuelta a casa, bajando la pendiente, se le podía ver envuelto en la humareda. Agradecido, dibujaba circulitos incandescentes que alimentaba con su absorta aspiración.
Antes de salir disparado, sujetando por el cuello a la chaqueta que se resistía encaramada en esa silla, había discutido con el manojo de llaves que jugaba a las escondidas debajo de cualquier libro, indiferente frente a su apuro, a su desesperación. También había triturado furiosamente el aluminio vacio, solitario, delator, mientras escribía la primera línea del poema derramando café sobre la letra del horror. Se habían terminado.
El montón de basura le hizo la última treta, sujetándole el zapato y provocándole una caída estrepitosa contra el pavimento de la calle desierta. Se sacudió más que colérico de toda la consternación del vicio y sus desechos. La chaqueta reclamó enganchándose a la verja, el manojo de llaves gritó al fondo del bolsillo de su pantalón. Pero nada de eso lo detuvo. Corrió calle arriba, rogando que la lucecita del letrero estuviera fulgurando aún.
Con el aliento cortado por la prisa que prorrumpió en un suspiro de alivio, se asomó a la contraventana de la cantina, vigilada por la proveedora y su cajita milagrosa. De allí escapaban alaridos de goce y una mala sintonía con olor a ron. Se detuvo y calló, pues la vendedora ya había estirado la mano a su esperanza, con la cajetilla de sus rojos favoritos. De vuelta a casa, bajando la pendiente, se le podía ver envuelto en la humareda. Agradecido, dibujaba circulitos incandescentes que alimentaba con su absorta aspiración.
lunes, 12 de noviembre de 2012
La siesta del fuego
(G.
Munckel Alfaro)
La pequeña casa absorbía
el fuego como queriendo guardarlo al interior de su corazón de madera. El fuego
parecía indomable, pero la pequeña casa lo fue apaciguando y reduciendo de a
poco, encerrándolo cada vez más. Pronto las llamas se vieron cómodamente
instaladas en el interior de la casa, que brillaba y humeaba de contenta.
Una vez adentro y más
tranquilo, el fuego avanzó hacia el escritorio y, tímidamente, saltó sobre la
mesa de trabajo. Se dedicó a revolver algunas cenizas, organizándolas y
acomodándolas en forma de libros y papeles sueltos. Cuando terminó de ordenar
el escritorio, el fuego —notablemente cansado— se dirigió hacia las cenizas
restantes, las dispuso en forma de manuscritos, que acarició adormecido. Poco a
poco, el fuego se dejó absorber por el sueño y se acomodó al interior del
cigarrillo que alguien olvidó apagar.
jueves, 18 de octubre de 2012
Zephyrus
(Sergio Tavel)
Aquel
día, como muchos otros, el muchacho decidió meterse por cada puerta, cada
resquicio, cada jardín de cada casa en busca de su alma. Caminaba durante
largas horas, gritando por ayuda a la gente que pasaba por su lado. Pero nadie
le prestaba atención. Las personas caminaban en silencio sin mirarse unas a
otras, cubriéndose el rostro ante los gritos de auxilio. Sujetando sus bolsos,
sus periódicos y sombreros, como si temieran que aquel niño fuera un ladrón.
Luego de correr por cada calle, doblar cada esquina, subirse a cada árbol,
rodear a cada animal y persona, se alejaba llorando y gritando.
Sin
rendirse, subió a cada montaña, vadeó cada prado, cada maizal. Incluso se
acercó a todo aquel que podía encontrar y le zarandeaba la ropa, le revolvía el
cabello; pero ellos sólo lo alejaban de un manotazo y seguían su camino sin
siquiera mirarlo. Buscó su alma de noche y de día, en desiertos y pantanos, en
ciudades y pueblos lejanos. Pero nadie escuchaba su grito. Todos se alborotaban
con su presencia. Hubo alguno que se quedó quieto con expresión de paz mientras
el revolvía sus bolsillos y le acariciaba el rostro. Cuando se enfadaba,
golpeaba el sombrero de algún anciano, arrancaba un papel de las manos de un
joven, o un chal del cuello de una mujer, y los pateaba por la calle, tan sólo
para llamar su atención. Pero no funcionaba.
Luego de horas e incluso días,
se rendía y se iba a dormir, preparado para hacerlo de nuevo en otro momento.
Pero, en el fondo, sabe que no es culpa de las personas. Hace muchos siglos que
al mundo se le olvidó que existe un alma perdida por ahí, en algún lugar, que en
cierta ocasión le perteneció al viento.
martes, 16 de octubre de 2012
Saudade
(G.
Munckel Alfaro)
Todavía me acuerdo. Es
verdad que era niño y que la vi pocas veces, pero todavía me acuerdo. Pasaron
muchos años desde entonces, pero me esfuerzo por recordarla lo mejor que puedo.
Lo más triste es que los años son largos y, lentamente, van jugando con mi
memoria, barriendo y haciendo borroso mi último recuerdo. Siento que la imagen
se pierde de a poco y tengo miedo; pero, de verdad, trato con todas mis fuerzas
de no perder lo poco que me queda de su recuerdo. Me sigo diciendo a mí mismo,
una y otra vez, que todavía me acuerdo, para aferrarme tan fuerte como pueda a
lo poco que me queda de su imagen borrosa. Y me duele saber que está ahí
afuera. Y me duele saber que no puedo verla. Y me duele en el alma este
encierro porque no puedo verla. Por eso dibujo en esta pared sin ventanas.
Dibujo un círculo enorme y, si lo pinto de blanco, es porque es el único color
que tengo. Creo que era redonda y blanca, todavía me acuerdo.
jueves, 11 de octubre de 2012
Recogedor de los Anónimos
(Yvonne Rojas Cáceres)
Te debes preguntar, qué cosa hago aquí, ha de ser que le da miedo, debes decir, ¿por
qué no trabaja aunque sea de “cuidautos” o vendiéndose caminando? Debes decir.
Pero a mí me gusta estar aquí. No se gana mucho como
cuando haces otra cosa, pero es tranquilo y además quién sino va a recoger.
Porque aquí en las mañanitas hay que barrer los pasadizos, para borrar las
huellas de las almitas que se han salido pues a divertirse, ¿no ve que a nadie
le gusta estar encerrado como libro? Y a veces me encuentro con ch’itis que
solitos nomás andan. De repente parece que están vivos, pero luego nomás me doy
cuenta que habían sido abandonados y están muertos. Les digo los anónimos,
porque cuando se pierden, no sé donde
llevarles a que duerman de nuevo, sus tumbitas no tienen nombre ni apellido y
se confunden, porque otros son tan wawitas que les preguntas ¿qué te llamas? Y,
no sé no me recuerdo, te responden. Ahí nomás les llevo a donde encuentro lugar
vacío pues. Por eso cuando vienen algunas señoras y les rezan, en Todos Santos
y eso, me piden que les cante las oraciones como al ch’itisito nomás porque por
ahí ya no es su hijito y otra almita perdida está ocupando su lugar.
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