martes, 7 de agosto de 2012

Cuento con bufanda


(G. Munckel Alfaro)

Como a la mayoría de las señoras de su edad, a mi tía le encanta tejer. Quizás lo único inusual de este pasatiempo sea su afición por las bufandas y los destinatarios para los que teje. Sus sobrinos jamás recibimos una; a diferencia de su cafetera, la jaula de su loro e incluso su loro. Sé que tejió una para el gato que alquiló en alguna ocasión y sé también que, cuando sale a tejer al aire libre, teje bufandas para las palomas de la plazuela (que, al parecer, no son lo que se dice agradecidas o, sencillamente, no gustan de abrigarse el cuello con lana). En fin, mi tía lucha contra el frío a punta de lana y, por lo que pude observar, sé que tiene un plan entre manos y que lo teje en grande. Según parece, pretende salvarnos a todos de las corrientes heladas tejiendo una enorme bufanda para abrigar al viento.

jueves, 2 de agosto de 2012

Vida de muertos


(Sergio Tavel)




Llevo muerto un buen tiempo, quizá sean años, meses, no lo sé, ya perdí la cuenta. El problema es que, cuando uno muere, no tiene recuerdo alguno de quién era en vida. Yo tengo la fortuna de conocer mi nombre, eso gracias a que pude leer la lápida que me pusieron, pero nada más.

Los otros muertos son una agradable compañía, incluso tenemos charlas que se pueden prolongar por horas aunque sólo sea con los que todavía tienen lengua. Sólo despertamos de noche, verán, el calor no nos hace nada bien, empezamos a desprender hedor y a podrirnos rápidamente; uno se acostumbra, pero toma tiempo.

En el cementerio tenemos una gran variedad de muertos: desde poetas, doncellas en traje de novia, incluso tenemos un pianista muy virtuoso, un poco excéntrico pero toca mejor que nadie, lástima que lo arrojaron a una fosa común, así que ni él mismo sabe quién es. Los muertos tenemos nuestras propias quejas: Mi tierra es muy fría, mi cajón es muy pequeño, mi cajón se astilla, ¿por qué él tiene más gusanos que yo?

El mayor tesoro de un muerto es aquél órgano o extremidad que aún tiene fresco, nadie quiere juntarse con esqueletos, traquetean demasiado al caminar. Así que, cuando cierto día uno de los muertos despertó sin la única pierna que tenía, nos asustamos bastante, había una saqueador de tumbas suelto. La cosa se repetía cada noche, uno de los muertos despertó sin un ojo, otro sin las orejas, nuestro pianista amaneció sin manos. Una ola de robos acosaba nuestro pequeño rinconcito de muerte. Nadie quería salir de su cajón, muchos trataron de clavarse dentro, colocar advertencias en la lápida, sin éxito. Algunos aseguraban que era un demonio, otros un fantasma, esos celosos seres incorpóreos, pero nadie lo había visto. Yo estaba aterrorizado. Las madres se persignaban, los ancianos se escondían y los niños temblaban a su sola mención. Quisiéramos enfrentarlo, atacarlo, pero no podemos, estamos demasiado asustados.

No fue hasta cierta noche en que uno de los muertos se levantó de su cajón y se ocultó detrás de un árbol a espiar. Luego vino todo asustado a decirnos que lo había visto, nos aseguró que llevaba un sombrero y una gabardina que lo cubría por completo, una escena espeluznante. Nos afirmó que pudo oír su nombre, lo dijo cuando murmuraba una plegaria: Víctor, le escuchó decir, Víctor Frankenstein.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Hacedora de sombras


(Yvonne Rojas Cáceres)

Tanteando los objetos, se deslizó fuera de la habitación hacia el patio, atizó el fogón para hervir el agua y repitió la oración acostumbrada; sostuvo, el romero, el llantén y la hierba buena, uniendo sus savias con un buen nudo de lana oscura que arrojó al agua burbujeante mientras se persignaba. El ingrediente preciso, la linaza, iba al final haciendo que el líquido se torne denso y plomizo. Un vapor ébano comenzó a fluir fuera del pote que ella tapó con prisa evitando que escapara.  Sujetó la olla y la envolvió en varios trapos de yute y luego en el aguayo. Se la montó en la espalda y salió lentamente hacia la hora azul del amanecer, repitiendo la oración de siempre, mientras su piel se aclaraba hasta quedar como un papel y el escurridizo vapor negro que fluía por una de las rendijas del atado, construía las sombras de las cosas por donde pasaba.  Afuera las criaturas noctámbulas le esperaban en la esquina de siempre, la barrendera, la putita borracha, el taxista y el guardia, ansiosos del brebaje que les devolvería sus sombras para que nadie en las horas claras, pudiera notar la diferencia. 

lunes, 30 de julio de 2012

De la nostalgia y otras alimañas


(G. Munckel Alfaro)

La nostalgia es una cosa rara, por lo menos cuando se apodera de mi tía. La pobre señora hizo de todo: Puso la cocina de cabeza, la llenó de trampas y veneno, llegó incluso a alquilar un gato (no lo compró porque no le gustan, lo cual es raro en una tía). Por supuesto, todo esto funcionó. Su estratagema fue un éxito rotundo. Pero, días atrás, la sorprendí echada de panza en el piso de la cocina, haciendo dibujitos en la pared. Dibujaba ratones, la pobre, que extrañaba tener una razón para gritar a la hora del té.

martes, 24 de julio de 2012

Polilla


(Yvonne Rojas Cáceres)

Aquí, si no andas pileado, no te bancas la vida, como que no te soportas pues. Balbuceó agitado, en tanto que bajaba la cuesta estirando el talego hacia la orilla. Pensá nomás: Tienes que torrar asustado porque te pueden manguear lo que te queda; tienes que pedir, aunque te duela pues el orgullo. ¿No ve, eres alguien? uno es persona, ha sido, ha nacido, come, piensa pues. Se persignó dos veces y arrojó el bulto con dificultad hacia el pantano. A otros no les importa, eso más te tienes que aguantar, te miran como bicho raro, te bajan a la categoría de un insecto. Me hacen cagar de risa. Elevó la voz en tanto que sus pupilas cristalinas apuntaban alrededor en busca de curiosos. Pero yo siempre he dicho, la gente les tiene miedo a los bichos y está bien. Los insectos son lo que por regla tienen que hacer el trabajo sucio. Se limpió el rastro de sangre que había salpicado a su rostro y contempló por un momento cómo su mano se transformaba en una larga pata peluda y verduzca.  Sus huesos se ablandaron  hasta que pudo elevarse hacia la salida del puente, volando donde está la luz. Mientras tanto el cuerpo se hundía en la ciénaga negra del Rocha.

lunes, 23 de julio de 2012

Los fantasmas de la avenida


(G. Munckel Alfaro)

¿Fantasmas dices? Yo una vez he visto. Pero no era pues unito. Te voy a contar. Se había hecho de noche y en auto estábamos yendo por la avenida. No había nadies y oscuro estaba. Y cuando hemos pasado por atrás del cementerio —ese que está en el camino de mi casa— una señora toda vestida de blanco y toda greñuda se ha aparecido en medio de la avenida. Se nos ha helado pues, casi la atropellamos a la doñita porque de la nada siempre ha salido. Ha sido bien jodido, porque cuando hemos frenado, la doña se ha acercado caminando hacia el auto y le hemos visto su cara siempre. Parecía que estaba gritando y que nos iba a arrojar con algo al vidrio; pero se ha esfumado, ha desaparecido siempre. Ahí mismo meta acelerador y a rajar nomás. Pero no andaba el auto. ¡No andaba el auto! Había que bajarse a empujar. No queríamos bajar, para qué te voy a mamar, estábamos cagados de miedo. Pero como ya no aparecía su fantasma de esa doña, nos hemos bajado nomás. Igual iba a ser peor quedarse ahí. Es bien jodido cuando ves un fantasma, da más miedo de lo que crees; pero cuando ves más de uno, es pues otra cosa. Nos hemos bajado del auto y ese rato se ha aparecido de nuevo la señora greñuda. Hemos gritado como locos. Pero luego hemos visto que más lejitos había más gente. Hemos gritado más fuerte, pidiendo ayuda; pero nada, ni bola. ¡Toditos eran fantasmas! No sé porqué, pero cuando hemos visto tanto fantasma, un poquito se nos ha pasado el susto. Eran pues como cincuenta fantasmas en plena avenida. No me vas a creer. ¡Bloqueo era! 

jueves, 21 de junio de 2012

El Laberinto


(Sergio Tavel)

Me atrevo a decirles, con toda la cordura que puedo reunir, que nunca fui asustadizo. Estuve en la guerra, sí. Despaché cientos de malditos nipones al infierno sin siquiera titubear. A mi madre la asesinaron cuando yo era una criatura de cinco años de edad y aún así no lloré. Muchas cosas vi. Pero nunca me acobardé. Jamás mis sueños fueron atormentados por los horrores que poblaban mis días. Jamás. Ahora en mi vejez creía que nada podía asustarme. Qué equivocado estaba.
Hace ya diez semanas que decidí aceptar este trabajo. Me encontraba buscando algo que no requiriera de mucho esfuerzo y este se acomodaba a la perfección con mis exigencias. El anterior celador se emborrachaba muy a menudo y a razón de aquello hubo una serie de robos en la propiedad. La paga era decente y lo único que tenía que hacer era recorrerla por las noches y vigilar que todo se encontrara en orden.
La propiedad, bastante alejada de la ciudad, abarcaba varios cientos de metros cuadrados. La coronaba una inmensa mansión, repleta de habitaciones y salones que desbordaban lujo y riqueza. Por lo que pude escuchar, pertenecía a un hacendado que hizo una fortuna comerciando algodón y azúcar en el sur. La rodeaban jardines enormes que, con su esplendor, nada tenían que envidiar a aquellos que adornaban los palacios europeos. Fuentes y estatuas de mármol puro y muy blanco eran visibles por los alrededores. Pero lo que más llamó mi atención, fue el descomunal laberinto que se encontraba en el centro mismo de la propiedad, a cierta distancia de la fachada de la mansión. De varios metros de envergadura, estaba formado por setos el doble de altos que un hombre y tan gruesos que ni la luz ni el viento podían atravesarlos.
Nunca antes había visto uno. Escuché sobre ellos, los encontré en las páginas de algunos libros, pero nunca pude ver uno en persona. Así que, cuando lo tuve en frente por primera vez, creí que estaba soñando; qué de algún modo me encontraba en una especie de leyenda. Nunca me atreví a entrar, ni siquiera a cruzar el umbral. Durante el día daba la impresión de ser únicamente un extravagante detalle en un jardín al que no le faltaban excesos. Pero, al caer la noche, ese laberinto cobraba vida de un modo que aún no puedo comprender del todo. Noche tras noche recorría la propiedad, mi única compañía eran las sombras que los jardines y estatuas proyectaban y la luna resplandeciendo en el cielo. Solamente cuando mi recorrido me llevaba inevitablemente cerca del laberinto, se me erizaba la piel. Sensación tan extraña y ajena para mí, que hacía todo lo posible por repelerla con todas mis fuerzas.
Ese monstruo silencioso y descomunal me provocaba una aprensión como nunca había experimentado antes. Sus pasillos estaban envueltos en una negrura tan profunda, que estaba seguro que el mundo acababa al cruzar el enorme umbral. La luz estaba ausente y casi podía escuchar a las criaturas más viles y enfermas que la mente humana pudiera concebir, vagando por los interminables pasillos, acechando a todo aquel que se atreviera a abandonar el calor y la seguridad de un mundo que toma forma el momento en que refleja la luz. Era un ser inerte pero, extrañamente, con vida. Aullaba estruendosamente cuando el viento comenzaba a soplar. Incluso podía oír, de forma paulatina, susurrando entre los setos, las voces de los espíritus que no lograron partir y que, atrapados, deambulaban por el, en aquella inescrutable oscuridad.
Me era inconcebible el pensar porqué una mente humana, en nuestra ilimitada sed de libertad, crearía desde sus pesadillas un monstruo del que no se puede escapar. Ausente de puertas y ventanas, en su interior la vida y la luz dejaban de existir. Un juego oí que lo llamaban algunos, a mi parecer, de manera cínica y con falsa alegría. Déjenme decirles que lo único que proporciona, con ingenua inocencia, son un centenar de perfectos escondites desde los cuales, un maniático podría atacar. Aquellos que se atreven a entrar, deberían a su vez, abandonar toda esperanza; ya que están dispuestos a vagar eternamente por el, envueltos en una completa oscuridad hasta el fin de los tiempos, cual capitán de un navío maldito. Ni Dédalo, si alguna vez se hubiera aventurado en los confines más oscuros de la locura, pudiera haber concebido un laberinto tan monstruoso como aquel.
Sí, puedo jurarles que esas sensaciones e ideas me provocaba el estar cerca de el. Sacudía la cabeza en negación cuando estos pensamientos inundaban mi mente. Al principio pensé que aquella extraña sensación desparecería con el pasar de los días. No fue así. De hecho, mientras más tiempo pasaba cuidando ese lugar, más me temblaba el cuerpo. Mis sueños se encontraban plagados de escenas tormentosas. Me veía a mi mismo corriendo por pasillos y doblando esquinas, sin jamás encontrar una salida. Escuchaba los gemidos de demonios a mí alrededor. Las sombras me acechaban y, con una mano fría como el hielo, me arrastraban hacía las llamas del infierno. Despertaba gritando todas las noches.
Luego de varias semanas, decidí poner fin a mi tormento. Si quería vivir en paz nuevamente, tendría que matarlo. Para hacerlo, recurrí a aquello que al laberinto le faltaba: luz y calor. Me dispuse a incendiarlo todo. Pero, había una complicación, como todo monstruo, este debía ser destruido a partir de su corazón y ser devorado desde el interior, de otra forma, sólo los setos exteriores arderían. Para lograrlo, tendría que entrar en el. Pasé varios días armándome de un valor que no puede reunir. Luego, al saber que no lo lograría tan fácilmente, recurrí al coraje del cobarde: el alcohol.
Cerca de la medianoche y completamente embriagado, tomé uno de los bidones de gasolina del cobertizo y me dirigí al monstruo. Encendí, con un par de fósforos que saqué del bolsillo, la improvisada antorcha que llevé conmigo, la cual hice a partir de un palo de escoba y trapos viejos. La luz lo bañó todo con un destello intermitente de color naranja. Allí, delante de mí, se encontraba el oscuro umbral del laberinto. Semejante a las fauces de un lobo descomunal dispuesto a devorar a su presa.
Tragué saliva y respirando hondo me introduje en el. El miedo me invadía y un escalofrío recorría mi espalda. Con una mano comencé a vaciar la gasolina en los bordes de los setos, doblé una esquina y seguí avanzando por varios minutos, repitiendo la operación por los subsecuentes pasillos. Cuando el contenido del bidón se terminó, y aguantando la respiración, arrojé la antorcha y la gasolina ardió de inmediato, esparciéndose en cuestión de segundos como si se tratase de una serpiente de fuego. Me di la vuelta y me dispuse a marcharme lo más rápido posible. Doblé una esquina, recorrí un pasillo, luego otro y otro. Sentía que el pánico empezaba a reptar por cada centímetro de mi cuerpo, pero aún así traté de mantener la calma. Doblé por tres esquinas más, recorrí otro pasillo, y me encontré delante de setos.
Regresé por mis pasos y crucé otro pasillo y otro más. El fuego era tan caliente que sentía que todo mi cuerpo sudaba. Las llamas estaban devorándolo todo y aún no encontraba la salida. Pude ver sombras que corrían agazapadas a mí alrededor; aparecían y desaparecían en un abrir y cerrar de ojos. Las llamas eran cada vez más grandes y su resplandor me cegaba. Entonces, oí que el monstruo lloraba, se quejaba y gemía al tiempo que era consumido por el fuego. Corrí lo más rápido que pude sin mirar atrás. Tosía de forma incontrolada a medida que el humo invadía mis pulmones. Sentía un aliento en la nuca y el sisear de criaturas correteando a mí alrededor. Temblaba. El calor era intenso, como si hubiera sido escupido desde la boca del infierno. Observé a mí alrededor pero sólo logré ver setos por todas partes. El fuego los lamía en su danza ígnea. Un sudor frío bajo por mi frente. Estaba perdido.