jueves, 1 de diciembre de 2011

La Jaqueca Vecina

(G. Munckel Alfaro)


La mañana se filtraba con toda su potencia a través de la ventana de la habitación y la luz golpeaba de lleno en el rostro aún adormecido de Lulu. Un suave gruñido y un frotarse los ojos le sirvieron para brincar fuera de la cama.

El sol inundaba toda la casa, y casi podía respirarse un calor espeso en lugar del aire matutino. Poco a poco, la agilidad con que Lulu había saltado de la cama fue dando paso a una pesadez insoportable que comenzaba a instalarse en sus pies. Ahora arrastraba sus pasos hacia el cuarto de baño, esperando encontrar una pausa refrescante en la lluvia personal de una ducha helada; pero la puerta del baño se perdía en una distancia imposible, bloqueada por un humeante espejismo. Sentía que la pesadez, que había trepado hasta sus rodillas, le permitía moverse a penas, como en cámara lenta.

La ducha helada fue útil mientras duró. Pero al salir sintió la pesadez rozándole tímidamente los muslos. Espantada, se vistió con lo primero que encontró y se precipitó escaleras abajo. Llegó a la cocina con la pesadez asiéndola de la cintura. Buscando cómo escapar del calor, abrió el refrigerador y, al sentir un ligerísimo soplo helado, se tendió en el piso de la cocina, encontrándolo menos frío de lo esperado.

Con los ojos cerrados, sintió la pesadez presionando su ombligo con uno de sus múltiples y calientes dedos. Respiró hondo, tratando de saciarse con la escasa brisa helada que despedía el refrigerador; pero lo único que logró fue instalar el aire lleno de sol espeso en sus pulmones. Ahora la pesadez amenazaba con tomar sus brazos.

Con toda la torpeza que acompaña al desesperar de calor, Lulu se levantó y arrastró sus pies hasta el gabinete de medicamentos. Sabía lo que predecía la ropa húmeda y pegajosa adherida a su cuerpo. Tenía que encontrar el frasco de pastillas antes de que fuera demasiado tarde.

En unos minutos, el suelo se vio poblado por una serie de frascos que rebotaron y alternaron entre permanecer cerrados o esparcir su colorido contenido. El frasco no aparecía y la desesperación de Lulu crecía al sentir la pesadez deslizándose por su cuello. Cuando el gabinete de medicamentos quedó vacío, Lulu imaginó que la lágrima que corría por su mejilla se evaporaría antes de tocar el piso.

Ya sentía la pesadez pellizcándole las orejas cuando logró ver, más allá de la bruma espesa de calor, un frasco blanco volcado sobre la mesa de la cocina. Decidida, comenzó su lento caminar hacia el anhelado frasco; pero la distancia que se interponía entre ella y su meta parecía no disminuir jamás. Todas sus fuerzas se acumularon en su interior en forma del potente grito de guerra que la impulsó a correr, casi braceando, hacia la mesa. En un último esfuerzo, tomó el frasco y cayó al suelo, sonriendo a su precioso tesoro. Pero ya era tarde, la pesadez que se apoderaba de su cráneo pronto se manifestó en un insoportable chirrido metálico que tronaba en todas las habitaciones de la casa: alguien tocaba el timbre.

Su rostro palideció tanto como el calor lo permitió. A toda prisa, abrió el frasco y se llevó a la boca un par de las pastillas blancas que tanto había buscado. Tenía la esperanza de aliviarse al instante, pero escuchó el chirrido del timbre una y otra vez. Sabía que las pastillas tardarían al menos media en hacer efecto.


El timbre no dejaba de sonar y retumbaba dolorosamente en su cráneo, tuvo que tragar saliva y levantarse para abrir la puerta. Sabía que la jaqueca era inevitable desde el momento en que sonó el timbre y que no tenía más opción que lidiar con ella. La vecina sabía muy bien que estaba en casa y no dejaría de tocar el timbre hasta verse atendida.

—Buenos días, hijita, ¡qué clima! —dijo la anciana desde el umbral de la puerta—. ¿Te desperté? Tienes que dejar de dormir hasta estas horas, ya son las nueve de la mañana y una señorita como usted no debería pasar tantas horas en la cama.

Mientras hablaba, con esa molesta costumbre de tutear y ustear indistintamente, la señora entró a la casa y, ya se dirigía a la cocina, cuando vio la incontable cantidad de frascos y pastillas que decoraban el piso.

—¡Pero qué barbaridad, esto es un chiquero! —criticó mientras pasaba a la cocina, sólo para encontrar el refrigerador abierto y otro frasco abierto en el suelo—. ¡Dios me libre! Yo no entiendo cómo es posible que una señorita respetable como usted pueda vivir así, ¿qué dirían sus señores padres? ¡Es una barbaridad!

El rostro de Lulu palideció un poco más, esta vez a causa de la ira que hervía en su interior. La anciana se instaló en una silla frente a la mesa, en el lugar que, indisputablemente, correspondía a Lulu.

—¿No me vas a ofrecer algo de tomar? —preguntó autoritariamente la vieja señora—. ¡Y con el calor que hace afuera! Esta no es manera de tratar a los invitados.

—Hay una gran diferencia entre invitado y visita indeseable —se atrevió a mascullar Lulu.

—¿Qué dijiste? —preguntó sobresaltada la vecina.

—Nada, nada —se apresuró a responder.

—Es que no se puede entender lo que dices cuando hablas dentro de tu boca. Qué costumbre tan molesta —criticó la señora—. Entonces, ¿no me vas a ofrecer nada de beber? Una limonada helada no estaría nada mal con este calor.

—No tengo limonada —dijo Lulu, algo turbada.

—En ninguna casa pueden faltar limones —aseguró la anciana—. Esperaré a que prepares una; pero sin azúcar.

Lulu comenzaba a perder la paciencia. Se llevó ambas manos a la cara y se la restregó con violencia. Le dio la espalda a la vieja, sacó algunos limones del refrigerador y se dispuso a preparar la limonada.

—No te olvides del hielo —le recordó la vieja.

Temblando de furia, Lulu terminó de preparar la limonada y llevó jarra y vasos a la mesa.

—Gracias, hijita —dijo la anciana mientras tragaba la limonada con avidez—. Y dime, ¿ya encontraste algún apuesto jovencito para casarte?

Lulu no atinaba a decir nada, sólo miraba a la señora, dejando que el color de su rostro respondiera por ella.

—Es que es una barbaridad que una señorita tan linda siga soltera. Si no te casas pronto, acabarás siendo una vieja solterona. Y ni qué decir de los hijos ¿cuándo piensas tener hijitos?

Lulu se resignó a esperar el efecto de las pastillas. No podía faltar mucho.

—¿Y en esta casa no se desayuna? —preguntó la anciana—. Con razón estás tan delgada. Deberías comer un poco más, así ningún hombre se va a fijar en ti. Por eso no consigues marido.

Con notable mal humor, Lulu se levantó y caminó hacia la alacena. Volvió a la mesa con un paquete de galletas que depositó de mala manera sobre el mantel, a lo que la vieja señora sólo respondió con un gesto negativo, sin dejar entender si se debía a las galletas o a la mala gana de Lulu.

—No tengo otra cosa —se adelantó Lulu al ver que la anciana levantaba el dedo al tiempo que abría la boca. Pero de nada servía adelantarle una posible respuesta, la vieja no se quedaría callada.

Mientras criticaba lo viejas que estaban las galletas, la voz de la anciana comenzó a perder todo significado y, gradualmente, se convirtió en el eco de un constante palpitar en la cabeza de Lulu. El dolor de cabeza era insoportable. Podía ver el arrugado rostro de su vecina gesticulando sermones interminables; pero los latidos de su cerebro eran lo único que podía escuchar.

Poco a poco, los latidos cedieron y la voz de la anciana se dejó escuchar nuevamente.

—¿Me estás escuchando? —parecía haber estado repitiendo desde hace unos minutos.

Mientras la vieja criticaba el refrigerador, que había permanecido abierto, Lulu supo que, si su cerebro había dejado de palpitar, las pastillas estarían a punto de surtir efecto.

Se sentó frente a la vieja, apoyando ambos codos sobre la mesa y la escuchó protestar por sus malos modales durante unos minutos. Pronto, la voz de la anciana comenzó a disminuir y, poco a poco, se fue quedando callada. La bruma de calor hacía difícil verla, pero Lulu sabía que las pastillas por fin estaban dando efecto: la figura de la anciana se veía cada vez más borrosa tras la cortina de calor y, tras unos segundos poblados sólo por la sonrisa de Lulu, la vieja se desvaneció.

Las aspirinas por fin habían surtido efecto. Es verdad que aún hacía calor; pero ahora que ese arrugado dolor de cabeza había desaparecido, sería menos duro soportarlo.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Soledad

(Yvonne Rojas Cáceres)


La luz de la luna vieja entra por la ventana y me esclaviza entre las fronteras de penumbra que dibuja. En esta habitación fría y desnuda. En este aislamiento que habitamos los dos, en un cuarto piso aprisionado del centro. En esta ciudad maldita. Porque esta pena que inventaste para deleitar tu patetismo, no me conmueve. Entonces miro todo como en una pesadilla, las calles ya no me llaman al paseo, las luces de neón que alumbraron alguna vez nuestro romance se han opacado en tu rostro, en tu voz. Mucha realidad, me digo, y te grito ¡desaparécete!

Tus heridas se adhieren a mi voz, a mi grito, y finalmente tu eco, al final del pasillo, me responde –perdóname– y no quiero perdonar. Quiero mis alas. Quiero volar. Caer, deleitarme del dolor, de ese dolor que ya no logras provocar en mi carne, en mi razón. –Confórmate– me dices y te replico –es demasiada realidad–.

Regreso a la penumbra, a la ventana que me llama, a la nostalgia que me viaja por la sangre. Me basta, me sobras. Quiero gritar y en lugar de eso susurro tu nombre desarticulado como tu deseo.

¡Desaparécete! En el cielo que me observa con ese gran ojo de plata, o donde tú quieras. Ya no ansío ver tu reflejo en el cristal de esta ventana. Se consume la furia, en su lugar está el desencanto, la indiferencia. Despierto a este segundo eterno, hecho trizas. Después y al final, la oscuridad me reclama no haber soñado.

Sigues ahí, al final del pasillo, de pie. Cubierta de tus lágrimas. Es demasiada realidad, contenida en ti en tu figura deforme que ayer me conquistaba. Esa que por una rendija penetra a mis sueños, mortífera, desnuda y furiosa. Esa realidad que traes en los ojos.

Estoy despierto nuevamente, desesperado. Y sigo implacable ¡Desaparécete! y sólo el eco me responde, el eco muerto que sólo tú y yo escuchamos, que compartimos.

Me acerco a ti sigiloso, casi débil. Te sujeto por el brazo, que intenta abrazar lo que queda de mi caridad inerte. Te abalanzas casi alegre, insegura. Acerco mi boca a tu oreja, deseosa de escucharme amarte. Con la furia que me dejaste te presiono. Te arrastro te estrangulo. Una y otra vez ¿A dónde va? ¿A dónde siquiera se dibuja mi razón? Ya no la encuentro. Y la última palabra que escuchas de mi boca es afuera de la ventana, cerca del pavimento. ¡Desaparécete! Viajes sin rumbo se disipan, y luego aparecen delineados en la historia que me persigue, que no me alcanza, que me implora paz.

Regreso satisfecho al sillón para mirarme nuevamente en reflejo de la ventana, cuando irritado descubro que estas ahí otra vez, parada al final del pasillo gritándome, –confórmate ya–.

martes, 29 de noviembre de 2011

Cuadro Cutáneo

(Yvonne Rojas Cáceres)


Eran las cinco de la mañana, la bruma de la oscuridad se invisibilizaba dejando sólo un filtro por donde el sol disparaba rayos de luz directo a sus ojos entreabiertos. No había dormido, sólo se dejó estar, caer en la pesadumbre sobre el sillón de la sala.

Todos los contornos y protuberancias de los cojines le lastimaban los huesos, tenía las manos languidecidas sobre las rodillas y su cabeza ligeramente erguida, se tambaleaba de rato en rato mostrando que ya no quería tener control sobre sí misma, sobre sus actos y sus pensamientos.

Afuera, la lluvia comenzó a caer intempestivamente y eso le llenó de una infinita nostalgia que invadió la habitación entera con una bruma espesa y gris. Y allí, en medio de ese remolino de brisa fría y húmeda que penetraba por la puerta de entrada que había estado abierta toda la noche, lo vio. Su alma se hizo añicos y comenzó a sentir cómo filosas agujas se incrustaban por cada extremo de su cuerpo.

Te esperaba hace buen rato, le dijo mientas sus extremidades se derrumbaban un poco más queriendo alcanzar el suelo, derrotadas. No había apartado la mirada de la rendija de luz que se escabullía entre las cortinas, pero notaba la presencia de él, más de una mirada profunda y directa hacia su pecho desnudo, cortándole la respiración. Acércate le dijo, y así lo hizo, lentamente hasta el fondo de su cuerpo, aleteando frenético, rozando su materia viva y cansada.

Luego con pericia de arquitecto, entre caricia y caricia, ubicó diminutos poros abiertos, cerca de la boca del estómago, tan pequeños como el rastro que dejaría un alfiler cuando se clava en la piel blanda, en carne ausente de huesos, para penetrar, abriendo orificios, rasgando músculos, tendones, epidermis, hasta el fondo de su materia viva.

Con sus garras de diantre, filudas, puntiagudas y negras, provoca en cada zarpazo, que pequeños trozos de piel y de carne vuelen disparados y como ácido que disuelve toda superficie en que salpica. Ella ha comenzado a sentir fuego en las entrañas pero se deja hacer casi deleitada, gimoteando y conteniendo las lágrimas.

Dolor, aletea girando sus húmedas alas, concentrado en la tarea de abrirse paso por la carne; hasta que se convierte en fluido rojo, ha llegado a la arteria principal, se ha materializado en sangre que se abulta congestionada en el cuello de ella, impidiéndole respirar.

Ya está contaminada, ahora él se filtra por cada ramificación, atravesando como navajas, cada centímetro de su cuerpo. Cuando llega a ese espacio del alma, parecido a una planicie latente cubierta de finas sedas transparentes, se detiene con sus ojos iluminados, otea un horizonte interno, marca un punto y nuevamente convertido en criatura alada penetra con sus dedos de cera caliente, el centro del espíritu, con movimientos circulares agranda la circunferencia como si se tratara de arena.

Sus dedos de cebo se derriten al contacto con la cálida materia del alma mortal de ella y el líquido corre abriendo surcos para gotear por las costillas y apostarse en el hueco del vientre contraído de la mujer.

Por fin ha logrado extender el agujero como para caber por medio de él y en un vuelo de segundos en el que quiebra, desgarra, corrompe, destroza, rae y tritura, llega al cerebro y se detiene.

Emanando de su propia materia rayos brillantes de luz blanca, disparados al centro del globo ocular que parece una lupa, le muestra esa realidad distorsionada que se sucede al otro lado, cada rayo de luz choca estrepitosamente con el lente quebrándolo, abriéndole una rendija por donde la luz en mil fragmentos, se dispara hacia afuera, unos como lagrimas cristalinas, otros como brillo de sufrimiento, algunos más osados como ira que acumula fluido en ese espacio blanco entre los párpados enrojecidos.

Es en ese momento en que ocurre aquel extraño hecho, en el que se puede descubrir el pacto entre este dios maldito y su víctima. Ella siente dolor un dolor infinito. Trata de zafarse de él, como siempre lo ha hecho y como siempre, él ya está tan dentro que es imposible cualquier lucha, está poseída. Besa sus manos y su pecho brillante como una llama, se deja consumir hasta el último resquicio, húmeda de fiebre y delirio.

Cuando él ve que no se mueve más, que sus ojos se han cristalizado, se levanta con cuidado de ese cuerpo ulcerado, de esa piel lacerada y se va con la lluvia que afuera, lo ha empapado todo.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Recuerdo

(Sergio Tavel)


—Jamás pensé que volvería a este lugar —susurró al viento—. Lo soñé durante tantos años.

Las hojas de los árboles se mecían suavemente y la luz del sol se filtraba entre ellas. Aquél jardín se encontraba exactamente como lo recordaba: Grandes árboles circundaban los estrechos senderos de piedra; bancos de mármol muy blanco eran visibles al borde, aunque los años les habían abierto algunas grietas; las fuentes de agua con elaboradas estatuas de doncellas desnudas, centauros y ángeles se encontraban esparcidos, imponentes como silenciosos guardianes; la sombra de la gran mansión en el fondo, vigilante, tan impresionante como siempre lo fue.

—Aquí fue donde solíamos ocultarnos cuando jugábamos a las escondidas, ¿lo recuerdas? —sonrió el niño apuntando hacía unos arbustos especialmente crecidos que ocultaban un banco casi derruido— Nadie nos podía encontrar ahí.

—Lo recuerdo —susurró el hombre mientras caminaba de la mano del pequeño.

—¿Cuántos años han pasado?

—Demasiados —murmuró con un dejo de tristeza en la voz.

Llegaron a un claro y el hombre se sentó en un banco y soltó un suspiro mientras observaba el pequeño lago artificial que se extendía por el claro.

—Siéntate —le dijo al niño.

—No —respondió bruscamente—. Me quedaré a investigar. Tú pasas demasiado tiempo sentado. No era así antes.

—Antes era joven.

—Eres joven ahora, sólo que lo has olvidado —se alejó dando saltos y se metió entre la maleza. Tenía alrededor de once años. Su ropa estaba sucia, usaba un pantalón corto con tirantes y tenía el pecho desnudo cubierto de moretones y raspones.

“Pasa más tiempo en el suelo que de pie —pensó.”

Aprovechó el momento para respirar hondo y contemplar el lago artificial durante largos minutos. Tantos años habían pasado y el lago era el mismo. Este era mi santuario —susurró—. Aquí leía, pensaba, jugaba. Aquí tuve mi primer beso —sonrió suavemente.

—¿Te acuerdas su nombre? —el niño había vuelto.

—No, fue hace mucho tiempo.

—Yo sí —le dijo con picardía—, hubo un tiempo en que no parabas de repetirlo. Lo murmurabas al viento. Lo escribías en todas partes. Lo tallabas en la corteza de los árboles.

—Sí —susurró—, pero lo olvidé, ¿cuál era?

—Si no puedes recordarlo yo no te lo voy a decir —agarró una piedra muy pequeña y se la arrojó. A continuación se acercó al lago y se agachó.

—¿Por qué hiciste eso? —le reprimió mientras se frotaba la frente.

—Porque ya no eres tú. Tus palabras son viento, las olvidaste, las enterraste —metió ambas manos al agua y la hizo chapotear mientras reía.

—Fue hace mucho tiempo.

—Pero ahora estás aquí, ¿verdad?

—Sí.

—Entonces mira a tu alrededor —sacó una rana del lago con un movimiento rápido.

Así lo hizo. Los árboles le susurraban, la maleza crujía y el lago lloraba. Detrás de él, en un árbol viejo y muy oscuro había un nombre tallado. La letra era de una mano infantil y torpe, decía “Melisa.”

—¿Lo ves? —le dijo el niño mientras observaba a la rana dar saltos por el pasto.

—Sí —murmuró—, ahora lo sé —le dirigió una mirada rápida al niño—. Levántate, te estás ensuciando y tienes magulladuras en las rodillas.

—¿Y qué? —lo miró con pena— las ropas se pueden lavar, si se rompen se compran otras, si me corto simplemente dejo que la herida sane. Esta rana saltando delante de mío es más valiosa que todo eso, al igual que los árboles a mí alrededor, el lago detrás mío y el reflejo de la mansión en él, ese nombre tallado en aquél árbol, nuestro escondite detrás del banco roto y la sonrisa en mis labios. Todo esto es inmortal, ¿por qué lo has olvidado? —sacudió la cabeza y volvió a contemplar la rana.

“Porqué crecí —pensó—, me hice mayor.”

—Esa no es excusa —le reprimió el niño—. Aquellas cosas no deberían olvidarse jamás.

Entonces escuchó pasos que se acercaban. Se dio la vuelta bruscamente y vio a su hija. Una mujer muy bella de unos treinta años.

—¿Qué haces, papá? —le preguntó con dulzura.

—Recordando —le dijo. Giró la cabeza y vio que el niño ya no estaba.

—Se fue —susurró con sorpresa al darse cuenta.

—¿Quién se fue, papá? —le dirigió aquella mirada de preocupación que conocía muy bien.

—Mi niñez.

viernes, 25 de noviembre de 2011

La Ciudad en Llamas

(Leslie Loayza, G. Munckel Alfaro, Sergio Tavel, Sarahi Cardona)


Deambulaba por la ciudad en busca de cigarrillos cuando, de pronto, encontró una colilla aún encendida en una grieta de la vereda. Se detuvo un momento para considerar si debía recogerla o no y, al verla más de cerca, notó que tenía una marca de labial de un color que le recordaba a alguien, razón por la cual decidió conservar la colilla.

A los pocos minutos, se arrepintió de no haber apagado la colilla antes de guardarla en su bolsillo, que había comenzado a quemarse. Al darse cuenta de que se encontraba en una acera muy angosta, abarrotada de personas y que en la calle el tráfico apremiaba, no se decidió a lanzarse al suelo y rodar.

Llegó a gustarle tanto la cálida sensación, que ignoró el hecho de que el fuego se propagaba por el resto de su cuerpo. Sin embargo, la ardiente sensación pronto se tornó insoportable, por lo que recurrió a quitarle una bolsa de agua al niño que pasaba por su lado y, con ella, trató de extinguir el fuego. Tras ver que no funcionaba, quiso apagar las llamas de su ahora húmedo pantalón usando ambas manos, que se incendiaron en el acto. En su desesperación, se llevó ambas manos al cabello, el cual se convirtió en una llamarada que pronto bajó a su rostro. Extrañamente, la gente que pasaba a su lado lo ignoraba y seguía su rumbo.

A esta altura, se había convertido en una llamarada transeúnte y, sólo entonces, una señora asustada trató de socorrerlo tomándolo de los hombros para sacudirlo, sacudidas que provocaron el inminente incendió de su chal y, gracias a la exagerada cantidad de perfume que usaba, el fuego se propagó rápidamente, ocasionando dos hogueras humanas. La señora, que debía encontrarse con una amiga, la vio a lo lejos y corrió hacia ella. La amiga intentó apagar el fuego con su sombrero, lo que resultó en que ambas señoras ardieran en llamas. En cuestión de minutos, las histéricas llamaradas comenzaron a chocar con otros transeúntes, propagando el incendio.

En medio del caos, una de las fogatas andantes chocó con un poste de luz, causando un apagón en toda la ciudad. Pero ya no importaba. Con tanta hoguera deambulando y propagándose por las calles, la ciudad podía prescindir de iluminación eléctrica.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

A Tempo

(Sarahi Cardona)


Es una época extraña, ha nevado y han puesto leña en las chimeneas de todos los castillos. Las princesas están dormidas y los príncipes contemplan aburridos el atardecer, todas las solteronas hilan en ruecas y nadie es feliz, mas todos tienen motivos para empuñar sus espadas y pronunciar palabras de honor

Los bosques donde habitan tanto duendes como jabalíes están cubiertos de niebla y no aparece ninguna batalla posible, por mucho que las armas estén listas. Se oye música de laudes, quizá tocada por impíos, quizá por Ninfas perdidas en el bosque.

Un hombre camina sin rumbo y sin preocupación, tiene en la mirada la misma cantidad de paciencia y avidez. No lleva equipaje y por eso no se sabe qué tipo de gente es. El tiempo es raro, tiene antojos de seres soñadores y estos acaban siendo tomados por pinceles de pintores indiferentes y colgados en cuadros para habitaciones cuadradas y vacías.

martes, 22 de noviembre de 2011

Fuego y Ceniza

(Leslie Loayza)


Quiero que anoche sea la última vez que sueño con tu piel, que te reduzcas a una foto vieja, sucia y quemada, que mañana me despierte arrastrándome en el pavimento o volando en medio de una bandada. Quiero que la aurora me espere en lugares ajenos a esta vida o que nada me espere al pasar las doce.

Hoy me mira con melancolía, y al hacerlo, considero que es lo único por lo que cambiaría de parecer, pero luego reposa entre mis sábanas desordenadas y al cabo de unos minutos se queda dormida. De alguna forma sé que apoya mi causa y eso me contenta. Hoy todos los que me vean en el fondo lo sabrán y en cierta forma asentirán a mi favor.

Tengo todo fríamente calculado, listo y sólo queda relajarme hasta que llegue el momento indicado. En mi mesa un trozo de papel no dice nada, al lado un par de libros contienen una serie de números, que si mis amigos saben utilizarlos, podrán ser descifrados cuando ya sea tarde y al otro lado un portarretratos con la fotografía de J.C se quedará ahí como se quedó durante tanto tiempo, intacta.

Me siento a gusto con el ambiente, las velas y el humo le quitan el aire; los frascos de diversos tamaños y colores, en cierta forma, adornan. Aparte de ella, en esta habitación, sólo queda mi corta presencia. Desafortunadamente tengo la certeza de que lo que viene es más inesperado que la palabra misma, mi amigo aún sigue defendiendo legalmente los derechos, pero no tiene importancia. De todas formas nunca conté con esa señal.

Años atrás decidí contribuir a la prontitud de la extinción del proceso de homeostasis que aún hoy se sucede en mí, así que aquí estoy cumpliendo mi cometido, me digo en pensamiento, utilizando estas palabras rebuscadas, producto del tiempo que me tomé meditando la situación e investigando al respecto. De un trago a un suspiro todo se torna en una perspectiva translúcida y opaca. El tiempo ya llegó.

La escena es ámbar. ahí está ella, tibia y callada, yo la observo lejano entre el adormecimiento, el sueño y lo real; entre lo tenue, la luz y lo oscuro; entre el cansancio, la satisfacción y la calma. Abrí los ojos e instantáneamente ella también lo hizo, podía sentir su respiración en mi rostro, me miraba con esos ojos seductores y penetrantes. Me entró miedo, pero ¿por qué?

Después de tantos decenios juntos, confidencias y peleas, ahora me atemorizaba. Se aleja con movimientos sutiles hasta darme la espalda, al cabo de unos minutos la escucho susurrar algo en mi mente con una lengua de acento extraño que, estoy seguro, jamás escuché ni escucharé, pero reconozco claramente su voz, es ella en medio de esas “ss” que se adentran más allá de mi oído interno.

Entumecido y adormilado mis ojos percibieron algo inusual dejándome atónito, era ella incorporándose y transformándose de un ser de cuatro patas a uno de dos, una vez transmutada me sonrió, sus colmillos seguían ahí. Sentí el frío calar mi espalda, me era imposible moverme e incluso pronunciar palabra alguna, sólo me quedaba esperar.

Una vez en sus brazos sentí el silencio y con un beso de sus labios enrojecidos caí en picada a un vacío inmenso. Ya nada podía parame ni detener mi caída, ahora podía despojarme de todo mientras me dejaba caer y librarme de mí.