lunes, 12 de septiembre de 2011

VIII

(Ariel Yañes)


Cae suave la noche, hecha sábana;

La lluvia ya no cae en el salón,

Ceniza del tiempo indeleble

Y en ese momento comencé a reír.


Sobre sus sueños grita un suspiro,

Azul fuego en el frío de sus ojos.

El café en la mesa, con todo lo demás,

No se detiene, sigue avanzando.


Se cuela la luz azul y danza, azul.

Volvió al sol en un insomnio,

Su voz termina como todo punto final:

Con énfasis, pero no hay más que decir.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Fuego Enaltecedor

(Sergio Tavel)


Cuando arrojó el cuchillo a las brasas que ardían al final de la habitación, provocó que saltaran algunas chispas y restos de carbón. Era un lugar sucio, repleto de instrumentos de metal que colgaban de las paredes: tenazas, moldes pequeños, martillos de todos los tamaños, pinzas, un gran yunque, y algunos clavos. El hollín cubría todo dándole aquella apariencia volcánica que tanto le agradaba.

Se había tomado el día libre, lo que tenía planeado hacer le tomaría bastantes horas. La semana anterior aceleró el trabajo, alargándolo hasta avanzadas horas de la madrugada de manera que todos los Señores y caballeros habían recogido sus yelmos, espadones, cotas de malla y petos mucho antes de lo esperado por lo cual la paga fue mucho más generosa.

Se encontraba sentado en una silla de acero situada justo en medio de la habitación. Observaba con bastante fascinación el espejo grande y manchado que estaba apoyado en una mesa. El rostro que le devolvía la mirada era largo y duro, largas mechas de cabello grasiento lo enmarcaban dándole un aspecto feroz. Pero lo que observaba no era su cabello, ni sus ojos negros y profundos como un par de túneles, ni su nariz ganchuda; observaba el área quemada de su rostro, el lado izquierdo estaba completamente destruido y brillaba a la luz de las brasas con un tono rojo mortecino. De la oreja sólo quedaba un pequeño agujero y el hueso puntiagudo del pómulo sobresalía ligeramente de la piel; el fuego se había encargado de destrozar la carne y la mejilla era un amasijo de cicatrices negras y duras como el cuero repletas de hendiduras; el ojo aún veía pero tenía un tono grisáceo y lechoso.

Pasó los dedos por su rostro delicadamente, acarició las hendiduras y la piel dura que sobresalía. Le encantaba sentir que su mano no encontraba una oreja cuando se pasaba los dedos por el cabello de la sien. Pero, sobre todo, le producía fascinación la expresión en los rostros de las personas cuando salía a dar paseos por el pueblo. Lo miraban con repugnancia, con odio y miedo. Los niños se echaban a llorar cuando les sonreía con lo que le quedaba del labio. Las doncellas se ponían nerviosas y de inmediato cambiaban de rumbo, mientras que los ancianos se persignaban y murmuraban. A él le encantaba, lo emocionaba, incluso lo excitaba. Se sentía poderoso, que podía hacer cualquier cosa y nadie se atrevería a reprochárselo.

Los Señores que lo visitaban trataban de mantener su cortesía y sus modales de la corte al tiempo que hacían el mayor esfuerzo por apartar la vista de aquel rostro deforme. Él simplemente se reía para sus adentros mientras contemplaba sus expresiones nerviosas y aprensivas. Le daban asco, esos rostros pomposos nunca tendrían el poder del suyo, sus incontables títulos y posesiones no provocaban el mismo miedo que las cicatrices que lo cubrían.

Es por eso que había tomado esa decisión, la estuvo analizando durante bastante tiempo y llegó a una única respuesta: sólo era perfecto a medias. Quería que el poder se extendiera y cada ángulo sea igual de temido; que los ancianos contaran historias sobre él a los niños que no quieren obedecer; que las doncellas tuvieran miedo de su virginidad cuando pasaba por su lado; y sobre todo, que todo Rey, Señor, caballero o mercenario, temblara ante su sola presencia.

Entonces se levantó, se dirigió hacia las brasas, recogió con suavidad el cuchillo que ya se encontraba al rojo vivo y se volvió al espejo. No podía evitar sonreír. Alejó el cabello del rostro y levantó el cuchillo. Los latidos se le aceleraban y el sudor le caía por la frente. Entonces, lo acercó al lado derecho de su rostro y sintió el potente calor que emanaba. Respirando hondo, lo presionó contra su mejilla, el dolor fue intenso, delicioso, sentía como los músculos se contraían y achicharraban, como la piel se desgarraba y la carne siseaba. El olor que despedía impregnaba su nariz.

Al tiempo que apretaba los dientes acarició el resto del rostro con el cuchillo, quemando y destrozando lo que quedaba. El cabello se empezó a caer y retorcer cuando pasó el cuchillo ardiente por el cuero cabelludo. Podía ver su transformación, la sentía. La sangre le hervía, su corazón latía con tal fuerza que le pareció que el pecho le reventaría. No pudo evitar contener una erección y una risotada estridente que retumbó por toda la habitación. Ahora sería perfecto, temido y adorado por siempre.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Hoguera

(Yvonne Rojas Cáceres)


Siempre creyó que irradiaba una luz especial, lo había notado desde muy temprana edad. Los niñitos gimoteros payaseaban delante de su jardín estrangulando sus espadas de palo para arrancarle una sonrisa a su boca.

Se esforzó por mantener esa curiosidad de quienes la observaban. Imaginaba ser la doncella elegida por el pueblo, coronada con rosas silvestres, vestida de sedas y montada en la yegua blanca que el herrero guardaba para esa gran ocasión. Se veía en sueños, paseando por el bosque cerca del lago, guiada por él hacia una felicidad moderada pero entera.

Intentaba deslizarse con movimientos provocativos debajo de los harapos que le servían de vestidura y le gustaba cómo ese caballero con su armadura de hierro, se desmoronaba y sacudía su jaula de virtud, tratando de llamar su atención, cuando ella meneaba su cuerpo al caminar con el cántaro de leche apostado en su cabeza.

Se deleitaba cuando recorría sus curvas con los ojos, relamiéndose. Lo disfrutaba mucho, pues se sabía hermosa, frágil pero a la vez sensual, más cuando reconocía que otras se remordían por guardar sus apariencias de mosquitas muertas, intentando derrumbar el reino que él había formado a su alrededor.

De otro lado de la plaza el herrero la observaba, con los ojos de un diablo entre su fogón y los aceros ardientes que condicionaban su oficio. Le escocía el cuerpo, le hervía la sangre, se le corrompía la mente, enloquecía con el dolor y la lujuria, mientras golpeaba el pedazo de metal rojo sobre su yunque maldito, sometiéndose a un Dios perverso que apuntaba con el dedo advirtiendo la magia, la hechicería que arremetía contra su alma débil, su alma de mortal.


Esa noche, se apostó en el umbral de la cabaña a esperar a que saliera el último, mientras imaginaba cómo se sentía ella y su remordimiento de haber provocado sensaciones pasajeras nada más. No había otra respuesta, el demonio más impuro había poseído su alma, tenía que purificarla con el fuego.

Entró sigiloso por el hueco de la ventana y sujetó a su amada por el cuello, amordazó su boca de rubí encendido, conteniendo el deseo de besarla. Sujetó con una soga de cuero sus manos de lirio florecido, estremeciéndose al sentir su piel fría y tersa, envolvió ese cuerpo que tanto amaba y tanto deseaba, despidiéndose de aquél embrujo, aquella maldición apostada en cada una de sus preciosas curvas.

Luego la arrinconó como a un animal al fondo del establo, la observó por última vez en su estructura perfecta, le ofreció una plegaria de la que se alimentó para mitigar su dolor y luego lloró. Mientras atizaba el fogón y encendía el hierro de marcar hasta un rojo profundo y delirante como su pasión.

Levantó una hoguera en su nombre, la observó consumirse. Loco de ira miraba cómo ella se transformaba en humo blanco y volaba libre. Trató de sostenerla, de encarcelarla entre sus manos quemadas. Mientras ella arrojaba pedazos de carbón hacia ese cuerpo que alguna vez deseó y luego desapareció entre las estrellas de un cielo amargo a punto de hacerse al día.

Hoy, le pica en cada una de las grietas que las chispas encendidas en el cuerpo de su amada han abierto en su piel. No quiere consuelo, odia que sientan lástima de su persona. No quiere explicaciones, lo tiene bastante claro. No quiere la complacencia patética con la que las mujeres devotas cambian sus vendajes, creyendo que está renovando su piel inflamada, incompleta sin ella, por pedazos de gasa frágil e inútil.

Le observan complacientes y apenadas cuando quitan el pus de sus llagas, mientras él herrero jadea del deseo arrastrando su morbo hasta lo inimaginable, hasta donde la llevó. Mira la bandeja llena de sus desechos, ocultando su asco tan dentro de la conciencia que en su semblante no queda rastro que pueda comprobar que en verdad la despreciaba.

Piensa que es irónico, ella desprendiéndose a pedazos en la hoguera y él recogiendo sus propios fragmentos con esas manos que extirpan materia dejando huellas profundas en su cuerpo. Tantas veces había visto cómo hombres más decididos que él se desmoronaban frente a ella y luego se guardaban sus mendrugos repartidos por el suelo para no sentirse tan inferiores.

Nadie, ni el mismo Dios de sus plegarias diurnas, podría componer lo que ya está chamuscado y desgarrado, tan adentro y tan afuera de su dermis. Llora, sin lágrimas, le pide a su fantasma que le ronda cada noche, que no lo odie tanto. Estaba seguro que alguna vez pudo quererla, siquiera por un instante.

En un tiempo más, cuando por fin muera, todo el pueblo bendito llevará flores a su tumba, creyéndose el milagro de haberle salvado el alma impura hecha pasión, mientras ella acompañará la procesión desde su altar, vestida de sedas, montada en un caballo blanco, libre, imaginando que si se quedaba, si permitía que él le extrajera un milímetro más de su vida, de su pus y su carne quemada, habría existido incompleta.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Apetito

(Yvonne Rojas Cáceres)


Me gusta oler, o sea que le he quitado la tapita de plástico azul a la botella y he pensado que le voy a hacer un bonito collar al flaco. Todavía estaba oliendo a refresco y a dulce, le he masticado su olor toda la tarde.

Estos días de fiesta son cachondos para la recogida, todos se mandan la borrachera con refresco blanco y vodka barato en este barrio. Luego, todo huele a vómito y a meo, uno no puede descansarse en las esquinas porque ahí nomás se descompone la panza.

En cambio en la calle del cojo siempre le llueve coronas de cerveza, es por eso que su cuate el pulgoso –un ch’api que siempre está oliendo a mote de haba y que parece que estuviera flotando de tanto pelo en sus patas–, tiene un collar que parece una pandereta.

El cojo siempre está oliendo a mierda, pero es mi cuate y me trago su peste; además que es calientito para dormir a su lado, será porque tiene piel de chancho, grasosa y mantecosa como su hubiera salido del horno; pero huele a rebuscallas de persona.

El tufo de la chela no me molesta, agrio y áspero, sólo que provoca mucha hambre, debe ser que se ha quedado en mi memoria, esa vez que me comí unos restos de un pique que dejaron en una mesa del Savarín del Prado. El mesero era mi amigo, me compraba mota cuando tenía cómo conseguirle. Era un tipo que siempre andaba oliendo a “quilquiña”, que tenía una nariz gigante que parecía un pedazo de marraqueta. Nunca le olí su nariz pero debe oler a pan guardado.

El tufillo de la mota es otra cosa, hace desaparecer los olores del cuerpo, que a veces cuando hace calor y no hay agua más que en el Rocha, se vuelven insoportables y lo peor es que salen del sobaco y las partes de uno. Las patas como vinagre seco en un k’allu, las axilas como la sopa de maní con mollejitas, la cabeza, cuando el cabello está mojado, huele a fricase y cuando está seco, a choclo podrido. Y las bolas, por lo menos mis bolas huelen a la Laura y es de ese olor que me acuerdo más y me da más hambre, pero un hambre diferente.

Cuando me toque ir al sector del “9” seguro que conseguiré buenos vidrios de ron o de singani; pero lo más genial es llegar donde el “pandino”, aunque hay muchos guardias privados, algunos nos dejan hurgar si les compramos cigarrillo de la casera de la Recoleta, una doña que parece una tucumana llena de granos, huele a jigote.

Me gusta sentarme a lado de los guardias cuando fuman, porque así puedo impregnarme de humo y la Laura se quiere acercar a mí.

Pero para ir allá hay que quequearse con el piojo; ese enano es una desgracia, dice que aprendió karate con los de San Antonio, donde todo huele a tripitas bien baratas. Sabe usar mariposa como si fuera un haz, su navaja huele a metal viejo y sangre seca, como un pedazo de pizza.

Es una macana que se ocupe de escarbar como nosotros, debería ser pillo nomás, con lo que sabe podría conseguirse buenos trancapechos y unos cuantos baldes. Las bolsas de trancapecho son una tortura, su olor podrido, siempre me hace retorcer las tripas, huelen a mi mamá cuando cocinaba, ahora la vieja está en el cielo, se murió de tanto changuear, debe oler a cementerio o como los rosquetes de Todos Santos.

Me gusta ir por el territorio del piojo, todo huele a limpio, a ensalada, además porque ahí está la Laura, siempre anda toda mugrienta pero me gusta como huele, su sudor es especial, huele a sexo todo el tiempo. Bueno, al menos a mí me hace dar un hambre diferente cuando pasa por mi lado. Además no me importa si se ha metido con el piojo o con otros de su cuadra. Total, yo también lo he hecho, especialmente cuando es invierno y hay que dormir en las canaletas de la Ciclovía, donde todo huele a mierda y meo.

Una vez me agarré una vieja, su piel parecía de papel periódico, olía a gastado, así deben oler las bibliotecas, pero se movía bien. La Laura también debe ser de las galoperas, se nota en su cara, sus ojos son bien pícaros y su olor es especial, huele a sexo todo el tiempo.

El agua está muy fría, pero debo raspar mis axilas bien, no quiero que a Laura me huela a estiércol o a vinagre. Tengo que remojar mis pies, a ver si la File me presta su tijera, así me saco las uñas que me duelen cuando camino, no vaya a ser que la Laura me huela a pata de indio y no me quiera coger esta noche.

La otra tarde me dormí después de un jale, en el sol; había sudado tanto que me mojé todo y estaba oliendo a corcho pegajoso, mi mano estaba adormecida entre mis piernas; me agarró el cachetón enganchando mis bolas, ese sí que es un hediondo huele como la ricina; le tuve que dar una tunda para que no les diga a los otros, me lamí la mano manchada de su sangre, me gusta como huele la sangre.

Me estaba soñando que la Laura me dejaba olerle en la barriga, su olor es tan especial, huele a sexo todo el tiempo. Luego nomás me di cuenta que era yo, me había estado manoseando tanto que mis manos se quedaron con su olor una semana.

Un día le voy a invitar al Rocha para que nos bañemos y me deje olerle su sexo mezclado con la arcilla negra del rio, y luego le voy a lamer las puntas de sus pechos para sentir el olor de su alma. Aunque no me guste que huela a limpio como las k’aras esas que se ponen perfumes baratos, que huelen como el aceite de las pollerías de la San Martín. Uno no puede sentir nada más que hambre cuando les ve pasar oliéndoles, sólo quieres cogértelas pero no las llegas a querer como a la Laura que tiene un olor muy especial, huele a sexo todo el tiempo. Me gusta oler, pero no me gusta tener hambre todo el tiempo.

martes, 6 de septiembre de 2011

La Degradación de la Belleza

(G. Munckel Alfaro)


Sobre el fondo negro de un afiche, probablemente adornado con textos publicitarios, se destacaba la figura de una mujer. Frente a ella, los ojos del transeúnte se abrieron desmesuradamente ante lo que consideró un cuerpo perfecto; pero era más que eso, se trataba del rostro más hermoso que había visto en toda su vida.

De la perfección de sus facciones —que conformaban la mezcla ideal entre la más desgarradora sensualidad y una dulzura absolutamente conmovedora— emanaba una pureza casi divina. En definitiva, lo dulce de aquella mirada sobrepasaba su erotismo.

Sobrecogido por el rostro de la mujer, fantaseó con bajarla del pedestal divino en el que resplandecía de manera tan provocadora. Pero, poco a poco, mientras sus ojos se deslizaban como suaves caricias, reinventando el tacto para poblar esa piel tan tersa, la más profunda melancolía fue apoderándose de él. Se sintió indigno de fantasear siquiera con un cuerpo tan hermoso. Supo que, aun escondiéndose bajo otro rostro, jamás podría tenerla.

Ahora el daño estaba hecho: lo inalcanzable de la mujer lo hundió en una tristeza sin fondo. Sintió que la imposibilidad de alcanzar ese ideal de belleza sólo podría ser compensada con su degradación. Un acto tan vil que hasta dolía.

Sintió un dolor en su corazón sólo comparable con el calor que poblaba el resto de su cuerpo. Mientras una lágrima surcaba su mejilla, su mano derecha bajó hacia el bolsillo derecho de su pantalón, ingresó casi temblando y, lentamente, se movió hacia la izquierda.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Panfleto

(Sarahi Cardona)


El aguacero es fuerte, pero no puede limpiar la calle. Escuetamente, remueve la basura, eso la hace más repulsiva. Siento asco y confusión. Está acera es un mercado y todo es sucio. No puedo definir exactamente el orden de los eventos que me trajeron hasta aquí hoy. En mi mano queda el panfleto que ella acaba de entregarme con la más absoluta indiferencia, ya se mojó y lo arrugue, quiero ordenar los hechos, quiero darle sentido pero la gente corriendo me distrae.

Fue hace unos minutos, no ha pasado una hora todavía. Se me acercó, le presté atención porque su olor era aun más repulsivo que el del ambiente, me lo dio apurada, el papel que ahora tengo en mis manos, me fijé que las suyas estaban sucias: tenía las uñas largas invadidas de mugre y esmalte rojo desgastado. En su cabello había caspa y estaba grasiento por la falta de lavado, supongo que era negro pero el sol lo había picado y vuelto amarillento, además alguna vez debió estar teñido a rojo. Llevaba sandalias y la higiene de sus pies era deplorable, pero sus ojos eran entre dulces y apasionados.

Seguía esperando en la esquina cuando la vi correr detrás de un callejón con el carnicero, que antes la había botado de su negocio por molestar a los clientes. Le levantó la falda y empezó a hacerle el amor frente a mis ojos. Ella reía y se defendía. Le bajó la blusa para disfrutar de sus pechos, jugueteaba con su lengua inmunda, su barba y sus dientes infectos de caries. La besaba y lamía como si ella fuera un helado. La puso contra la pared y le levantó las piernas para rodearlas a su cintura. Pude ver que ella no lleva ropa interior y que no se depilaba. No podía dejar de ver cómo la penetraba, cómo la cara de ella se contorsionaba de placer y dolor, pues él con sus manos manchadas por la sangre de su mercadería la arañaba y la asía. Yo sentía mi ser temblar al presenciar aquello, era asco, morbo, deseo, todo a la vez. De repente, él se apartó y volvió a su puesto de trabajo. La falda de la chica era tan diminuta que dejaba ver el semen chorreando por sus muslos. Ella se acomodó un poco el cabello, y se paró en la esquina donde repartía los panfletos que recogió del suelo después de su aventura.

Crucé en pos de ella sin saber qué decirle; pero necesitaba acercarme, tal vez abrazarla y decirle que le perdonaba lo que vi, que yo la iba a proteger, pero ella no me conocía y tal vez no necesita ayuda. Llegué, me paré frente a ella y me entrego el papel, sin detenerse a mirarme ni darme la posibilidad de hablar. No escampa. Me voy caminando, el panfleto ofertaba en promoción al dos por uno una crema capaz de solucionar todos los problemas de belleza.

viernes, 19 de agosto de 2011

El Reloj

(Sergio Tavel)


Depositó con suavidad la copa de vino en la ovalada mesa de madera que adornaba la enorme habitación. Cruzó los dedos y se acomodó en el mullido sofá mientras le dirigía una mirada taciturna al fuego que ardía apenas en la gran chimenea.

Había pasado la mayor parte del día en aquel lugar, una enorme biblioteca con estantes que rozaban el techo el cual se elevaba a varios metros. Unas cuantas botellas de vino ya vacías reposaban sobre la mesa, acompañadas por las cenizas de varios puros. La espera se hacía larga. Después de todo, estaba aguardando ese día desde hace mucho tiempo, a pesar de todos los intentos por evadirlo, por cambiar de rumbo, por huir de el.

Recorría la habitación con la mirada. Siempre le había gustado la forma en que la luz danzaba intermitente en la madera de las paredes. Observaba sus viejos libros, empolvados y gastados. Era una vista hermosa.

Al cabo de un momento, reparó en el enorme reloj que se encontraba apoyado en la pared. Las manecillas le indicaban que pronto llegaría la medianoche. Faltaba poco. Se quedó contemplándolo durante varios minutos. Aquel reloj siempre le había hecho compañía durante las largas horas de lectura, borrachera o aburrimiento.

Le pesaban los ojos y sentía que la penumbra lo arrastraba lentamente al sueño. En ese momento, de aquel reloj surgió un potente sonido, rítmico y penetrante. La medianoche se había posado sigilosa sobre las horas y el tiempo.

Se frotó el rostro con las manos para despabilarse al tiempo que sonreía. El reloj había despertado y podía escuchar la acompasada respiración que salía de su gran pecho de madera. Ya no estaba sólo. La espera dejaría de ser penosa.

El reloj le dirigió aquella delgada sonrisa que le inspiraba tanta confianza. Los latidos metálicos de su corazón repiqueteaban con un leve eco en las paredes. Pero, a pesar de todo, no podía alejar aquella sensación agridulce que lo invadía. Su más grande amigo y confidente había regresado. Pero sabía muy bien el porqué.

Se sirvió una copa de vino y la llevó con suavidad a los labios. Esbozó una torcida sonrisa y se encorvó en el sofá. Trataba de recordar cómo había llegado a esa situación, a esa espera agonizante.

Sabía que el reloj tenía las repuestas; había sido su compañero durante toda su vida. Presente en cada precario instante. Ahora, al final de todo, le anunciaba afablemente aquella hora tan temida. Aquel momento que se negó a creer.

Intentó sonsacarle alguna respuesta o algún dejo de explicación. Pero aquel no hizo más que sonreír y, con su suave y rítmica voz, decirle que estaba preparado, que no tenía por qué temer, que el momento llegaría e imitando un ligero murmullo se alejaría con soltura.

Puso la copa de vino en la mesa y se dispuso a encender un puro. En ese momento, el reloj volvió a hablar, aquella profunda voz retumbaba en su pecho de madera y en su largo corazón de metal. Ese instante fue como una caricia. Allí estaba su amigo, consolándolo, confortándolo y extendiendo sus brazos hacía él en señal de armonía.

Se enfrascó en una perenne charla; recordando los momentos de su infancia, de su juventud. Aquellos momentos en los que rió, sufrió y vivió. Recuerdos en los que siempre estuvo presente el reloj. Aún ahora, en su vejez, seguía allí sonriendo como siempre lo había hecho.

Las horas pasaban. Incluso había olvidado que se le terminaba el tiempo. Bebía, fumaba, reía y conversaba como no lo hacía hace tantos años.

El fuego de la chimenea casi se había extinguido. Oyó entonces el chirriar de una puerta al abrirse en el piso inferior. Con un sobresalto, aguzó el oído y le dirigió una mirada a las manecillas. Le quedaban tan sólo un par de minutos. El momento había llegado.

Se enderezó en el sofá, se acomodó el viejo saco y pasó una mano por el cabello entrecano. Observó con atención al reloj y, con pesar, le pidió que lo recordase, que nunca olvidara que fue un hombre y, como tal, también amó y lloró; tuvo sueños y esperanzas; anhelos y tristezas.

Se levantó penosamente. Se acercó a él y le agradeció por todas las horas juntos, por la compañía y el consuelo. Por las largas charlas o el plácido silencio. Recorrió con la vista la habitación, la cual estaba casi a oscuras, el fuego estaba pronto a extinguirse y su luz ya no danzaba sobre los enormes estantes. Se volvió hacia la puerta, sonrió, le dirigió un último vistazo al reloj, cuyas manecillas se habían detenido, y le dijo:

Me despido ahora, viejo amigo. Ya puedo oír cómo sube por las escaleras.