jueves, 18 de agosto de 2011

Obcecación

(Yvonne Rojas Cáceres)


Llegó a la Av. Medinaceli No. 1234, casi a las siete de la tarde, cuando los Faroles Phillips y Cia. comenzaban a encenderse y toda su realidad se teñía de un amarillo intenso perdiendo su color original, en una danza resplandeciente que desfilaba frente a sus ojos desahuciados, desesperados por contener todas las imágenes detrás de sus lentes Optilum, made in China.

Había atravesado el Bazar Mil Objetos, el Restaurante La Bohemia, platos a la carta, atención de Martes a Domingo y el Alto, circule con cuidado, antes de cruzar la intersección de la Calle Magnolias que contenía las casas desde el 123 al 234, cuyas puertas se adornaban de perillas Luminex y tapices rugosos que anunciaban Bienvenido, entre los escalones de la entrada y la puerta principal. Urbanización Los jardines, se presentaba advirtiendo, no pisar el césped.

Se detuvo justo al frente de la Floristería, dígalo con rosas, revisó nuevamente el llamado de atención: No hay vacantes, adherido al ventanal con Diurex. Cinta adhesiva transparente y el picaporte de aluminio Luminex. Como siempre lo hizo, sacó la llave repitiendo Yale, la introdujo en la cerradura, nuevamente repitió: Yale.

Abrió con cuidado la puerta y la terrible oscuridad que se escapaba de repente, le provocó un mareo. Se frotó los ojos debajo de los lentes Optilum, made in China y miró con cuidado hacia la pared, del pasillo: No hay lugar como el hogar, le saludaba, sujeto con dos tachuelas de cabeza negra “1/8” de pulgada.

Caminó pensativo, repasando aquello que el examen final de oftalmología le anunciaba: Pérdida paulatina de la vista debido a una malformación de nacimiento en las corneas. Punto seguido. No existe tratamiento ni operación posible. Punto. Es irreversible. De alguna manera que no se explica, sabía que le podrían quedar unos días, como algunas semanas o quizás un mes dependiendo del cuidado, el descanso y especialmente, el no forzar demasiado su vista. “Señor por favor, le recomiendo”. Tenía en su mente esas palabras, no sabía cómo y eso le irritaba.

Se tranquilizó en la cocina, repasando el estante favorito de sus especias, pimienta blanca para el paladar más exquisito, sal Luminosa sazona tus comidas, cocina Longevid, refrigerador Cónsul. Abrió la portezuela repitiendo, Consul y extrajo la bebida que se hallaba en medio de Mantequilla PIL, Queso Parmesano La Granja, sentirás la diferencia y Jamón serrano De Navajas. Hecho en Tarija. Sin preservantes. Coca Cola, consúmela bien fría, repetía en su mente mientras bebía del pico. Fecha de vencimiento 1/23/12.

Caminó hacia la sala, mientras repasaba sus paredes. La Papelera, Calendario 2011, Enero, 1, 2, 3, 4. Luego, Lunes, Martes, Miércoles y así sucesivamente hasta que llegó al sillón frente a la ventana. Cortinas casa fina. Hecho en Santiago, dejaban entrar un resquicio de la luz que iluminaba la cuadra. Encendió la lámpara Phillips 100 Watts. Mientras Quartz a prueba de agua, anunciaba las 8 y 43 de la noche.

Sujetó el lomo del libro con cuidado. Ensayo sobre la ceguera. José Saramago. Premio Nobel de literatura 1998. Ediciones Siglo XX. Tomó con suavidad la punta del separador que sobresalía de entre las páginas que dejaba entrever, el mejor hábito. Leer. Propietario: Juán Ortega, mientras le decía “qué apropiado, mi amigo” y se introdujo en el mundo perturbado de Saramago y los ciegos, hasta quedarse dormido.


La luz del amanecer que se escabullía por las Cortinas Casa Fina, lo descubrió con el cuello torcido y Saramago en su regazo. Los lentes Optilum, made in China habían viajado hasta la punta de su nariz. Abrió la mirada velada por un manto gris. Se desesperó. Saramago cayó al suelo. Se levantó y tropezando con la silla Muebles Muriel, corrió al baño, abrió la pila del lavamanos mientras se esforzaba por observar algo en el espejo Línea blanca para el hogar. No podía distinguirlos más, se estaban desvaneciendo, los perdía. Se frotó la cara con las manos humedecidas, cerrando y abriendo los párpados una y otra vez. El manto gris no se disipaba sino que se hacía más profundo, más intenso, arrastrándolo a ese mundo oscuro y solitario que le atemorizaba.

Corrió hacia la puerta al final del pasillo. La Papelera, Calendario 2011 y luego el gris. Nuevamente, Lunes, Martes, Miércoles y de nuevo las criaturas oscuras lo arrastraban a la penumbra. Abrió la puerta, Yale. No hay vacantes. Floristería Dígalo, dígalo, dígalo y luego fragmentos, líneas borrosas, penumbra. Aquellos que habían construido su mundo lo estaban abandonando.

Corrió desesperado, como queriendo alcanzar la luz de sus objetos, la presencia de sus palabras. Avenida Medinaceli. No. 1234, Urbanización Los jardines. No pisar el césped, casa 123, 124, 125 y luego tinieblas. Saltó la pequeña cerca blanca hasta caer de bruces frente al rugoso tapiz que anunciaba Bienvenido. Mientras el mensaje se disolvía frente a sus lentes Optilum, made in China y en su mente se repetía como un eco, “qué apropiado mi amigo”. Luego la oscuridad, la soledad.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Tapia

(Yvonne Rojas Cáceres)


Miraba las rejas comprimidas en el estrecho cuadrado que expresaba su sentido de libertad en ese momento. Recostado ahí, sobre ese sucio y maloliente catre que le servía de refugio, al extremo de su celda y en el fondo más risible y vergonzoso en que la sociedad lo había colocado; oscuro como su cabellera grasienta, fétido como las coyunturas de todas sus extremidades, indigno como aquel animal descompuesto que no se mira pero que crea una figura imaginaria en el pensamiento más morboso del espíritu humano.

De cuando en cuando, mascullaba incoherencias a las que respondía sin afecto alguno desde mi lugar, sin saber si satisfacía su curiosidad cuando se trataba de una interrogante, o si lograba apaciguar sus histerias cuando gritaba y se descontrolaba escupiendo la tapia de concreto que le atajaba, salvando a los racionales seres que se hallaban del otro lado de esa pared.

Pero eso no me interesaba, de ninguna manera trataba siquiera de entender sus balbuceos. Estaba allí en su despreciable compañía porque también debía pagar mi culpa a causa de mi manera de entender la realidad, esa realidad que no se esforzó por comprenderme nunca.

Sus ojos desorbitados, me lanzaban una mirada indiferente y fugaz. Algunas veces, por la noche, lo descubrí observándome, parado al frente de mi catre cubierto con los harapos que envolvían su vil materia, desnudo por debajo de ellos, con el brazo levantado y su uña larga y torcida, amarilla y virulenta apuntando al muro oscuro con el que parecía sostener conversaciones mas excitantes que conmigo. Luego de mantenerse unos segundos auscultando mis pupilas, se volvía rengueando hacia su catre para reclinar su cuerpo contra los metales fríos del respaldo, encoger sus huesudas y sucias piernas y volver a su patética meditación mirando ese muro de piedra, asintiendo con la cabeza, con una expresión de dolor y de furia contenida sin despegar el ojo de esa pared.

Le decía “loco deja ya esa estupidez” y volvía a mi sueño volcando la cabeza hacia el otro lado. Hasta que una noche escuche su grito frio y metálico; el loco saltaba y bailaba dando vueltas en la celda, haciendo círculos en la sombra de los barrotes de la ventana proyectada por la luna en el piso, apuntando con su grasiento dedo hacia ese muro. Luego giró y giró sobre el eje de su pie hasta caer estrepitosamente contra el piso provocándose una abertura en la cabeza que, como una boca, escupía sangre a borbotones.

Se lo llevaron en una camilla, cubierto completamente con sus raidos trapos. Ya no respiraba; y yo pensé, bien, necesito algo de tranquilidad y aunque la soledad no era precisamente de mi agrado, prefería mil veces la compañía de estos muros a la de un loco como ese.

Ya habían pasado muchas lunas sin la presencia del loco, llegué a creer que al menos sus arrebatos distraían mi mente confusa, que había comenzado a magnificar el ruido que las alimañas y las ratas hacían del otro lado del muro.

Todo comenzó una noche que la luna no salió a custodiarme. Estaba muy oscuro. Sólo yo en esa celda con esas inmundas ratas que perturbaban mi sueño arañando las paredes del otro lado. El silencio provocaba que esos zarpazos se hicieran más fuertes e intensos, a tal punto que los sonidos adquirían la fonética de palabras incoherentes al principio, luego se hacían más claras, comenzaban a gritarme. Era como si las piedras del muro conversaran entre ellas insultándose, riendo a carcajadas, mirándome desde allí, comprimidas, hacinadas en la tapia.

Me observaban, escudriñaban mi persona y me describían mofándose de mi aspecto descuidado y sucio, de mí soledad. Luego empezaban a gritarme que me levante, como si estuviera poseído comenzaba a bailar alrededor de la sombra que proyectaba la ventana como alucinado, mientras las piedras del muro me cantaban obscenidades. Les gritaba que se callen, sentía que me volvía loco y no podía parar. Giré y giré sobre mi eje hasta perder el conocimiento.

Ahora estoy cubierto con mis harapos, desnudo por debajo, con mis dedos grasosos y mis piernas huesudas, de mi cabeza chorrea la sangre, aún a borbotones. Fétido como las coyunturas de todas mis extremidades, indigno como aquel animal descompuesto que no se mira pero que crea una figura imaginaria en el pensamiento más morboso del espíritu humano.

Dos guardias me conducen hacia las afueras de la cárcel como a un talego de huesos, inerte. Caminan cargándome por la calle fuera de mi celda. A lado del muro, de esa tapia maldita, la música de la taberna grita obscenidades, la gente embriagada se mofa de mi, y entre alaridos y risas descontroladas, me piden que me levante y baile.

martes, 16 de agosto de 2011

Parque de Grises

(G. Munckel Alfaro)


No sabía desde cuándo dejó de medir la distancia en metros, cuadras, y comenzó a medirla en pasos y ritmo; lo cierto es que, una vez más, caminó hacia el viejo parque. Sin recordar el número exacto, contó inútilmente los postes de luz que dejaba atrás (uno de sus muchos ritos de tristeza absoluta).

El viejo parque —sin luces, sin gente­­— se encontraba en medio de un caserío sucio y oscuro, del color del polvo o del tiempo. Ella visitaba el parque desde que tenía memoria y, ya desde entonces, se encontraba abandonado, perdido en lo más profundo del olvido de la ciudad.

Se sentó en el columpio de siempre y, como siempre, temió que las cadenas oxidadas por fin cedieran ante el peso de su cuerpo; pero el chirrido metálico no pasó de ser una simple amenaza y pudo fumar tranquila, sin riesgo de caer.

Bañada por las horas y la luna, se levantó del chirriante columpio y pensó en la cajita de madera, ya mohosa, en la que escondía cigarrillos de reserva, algunas fotos viejas, tímidas hojas de papel con su letra borrada por la humedad y algunos objetos que sólo ella era capaz de considerar secretos. La pequeña cajita se encontraba parcialmente enterrada detrás del columpio, perfectamente escondida por la sombra recurrente de un árbol que nunca moría, por eso nunca hizo falta enterrarla del todo. Caminó en torno al columpio y se agachó ante al hueco, se quitó los guantes y se frotó las manos para calentarlas un poco antes de sacar la caja de su escondite.

Aspiró hondo para que el olor del moho subiese hasta su nariz y, en ese momento de húmeda paz, casi esbozó una sonrisa. Suavemente, removió el contenido de la caja hasta dar con la improvisada cigarrera de cartón —húmeda, a pesar de ser renovada frecuentemente— y sacó un par de los cigarrillos que le quedaban. Acarició distraídamente la caja secreta, deslizando sus dedos por la madera húmeda, rozando gentilmente algunas de las letras que ella misma grabó años atrás. Se levantó y volvió al columpio, que chirrió al sentirla acomodarse, con la caja sobre su regazo. No quiso leer las palabras torpemente talladas en la tapa (sus iniciales, algunos versos sueltos, los nombres perdidos de viejas canciones).

Como todas las noches en que visitaba el parque, se lamentó de no haber escondido un reloj en la caja de madera y, como siempre, se prometió hacerlo en su próxima visita. Pero el tiempo era lo de menos: no importaba cuántas horas o minutos debía durar su espera en el parque, lo único importante era la espera (a veces inútil). Y, como todas las noches en que la espera parecía durar varias horas, se prometió jamás llevar un reloj al parque. Era mejor así, esperar sin tener una idea clara del paso del tiempo, fumando en silencio o escuchando el murmullo de la ciudad por la noche.

El cielo comenzó a mutar. El azul anunciaba la proximidad del amanecer y la tristeza de otra espera inútil. Con la capucha puesta y las manos en los bolsillos, comenzó el inevitable regreso a casa. El cigarrillo que colgaba de sus labios tenía un amargo sabor a humedad y a derrota.

El halo naranja que puebla las noches de la ciudad comenzó a replegarse, devolviendo a las calles el tono gris que el cielo les exige cada mañana. Ella caminaba por el medio de calle, sabiendo que esas calles, sus calles, permanecían invariablemente vacías todas las madrugadas.

Una vez en casa, decidió combatir el frío con una taza de café y un par de cigarrillos. Revisó los bolsillos de su chamarra para encontrar una arrugada y vacía cajetilla; sólo entonces recordó escupir la colilla que aún colgaba de sus labios. Afortunadamente, tenía el hábito de esconder cigarrillos en cualquier parte de su casa. A veces recordaba dónde (junto a los cubiertos, dentro de algún libro o sobre el refrigerador), pero, otras veces, se sorprendía hallando cigarrillos en lugares insólitos (en el cajón de ropa interior, en una botella de vino vacía o en lugar de su cepillo de dientes). Encontró uno dentro del frasco de café y otro dentro del refrigerador, los dejó sobre la mesa y se dispuso a calentar agua en la caldera. Mientras esperaba a que hirviera el agua, subió a su habitación, dejó caer la chamarra, junto con los guantes, al piso y se quitó la solera, que lanzó contra la pared. Al mismo tiempo que se quitaba los pantalones, caminó hacia la pila de ropa que se amontonaba junto a su cama, buscó un jean viejo y agujerado, que alguna vez fue azul, y una chompa de lana ligeramente desbocada. Vestida con un atuendo más adecuado para pasar el día en casa, corrió escaleras abajo para tranquilizar a la silbante caldera.

Con la taza de café soluble y un cigarrillo entre los dedos, salió de su casa y se sentó en la vereda para ver el amanecer.


Se acomodó inquieta en el asiento del trufi, mirando atentamente por la ventana. Sabía que lo hacía en vano, pero tenía que intentarlo una vez más. Trataba de contar los postes de luz que el trufi dejaba atrás; pero no importaba cuántos contara, jamás veía al viejo parque aparecer a través de la ventana.

Apoyó la cabeza sobre el cristal e, ignorando las bruscas sacudidas, logró perder su mirada en lo más profundo de sus recuerdos. La ciudad era diferente: se veía más alegre y tranquila, todavía reinaban las casas familiares y los edificios aún no habían comenzado a reproducirse. Sentada en medio de sus padres, miraba cómo la luz del sol chocaba contra el cristal sucio de la ventaba, casi escondiendo el paisaje que pasaba rápidamente a su lado. Tendría tres o cuatro años cuando, por primera vez, divisó un viejo parque a través de la ventana del trufi. Por supuesto, sus padres ignoraron los jalones de ropa, el llanto y la demanda de la niña, que sólo quería jugar un rato en el sube y baja. Esa fue, también, la primera vez que se perdió en la ciudad.

Nunca supo si sus padres quisieron dejarla sola en medio de la gente o si esa primera separación fue un mero accidente; pero recordaba el llanto, las horas y la gente que trataba de atraparla (con los años comprendió que sólo querían ayudarla, pero, en ese entonces, su temor por la gente era aún mayor). Pronto llegó la noche —su primera noche de ciudad— y su desesperación creció al sentir que estaba completamente sola. Pero no dejó de caminar, tenía que volver a casa, donde sus preocupados padres seguramente la recibirían aliviados, cubriéndola de besos y chocolate.

Nunca supo cuánto había caminado esa noche, pero recordaba perfectamente la paz que sintió cuando alguien se acercó a ella y, suavemente, la tomó de la mano y caminó a su lado. Ella cerró los ojos y se dejó guiar por la mano extraña, sin fijarse a quién pertenecía. Esa fue la primera vez que llegó al viejo parque.

Casi podía escuchar su propia risa cortando el silencio de la noche mientras jugaba en el sube y baja. Era feliz y no quería irse; pero cuando el cielo hizo notar la inminente llegada del amanecer, supo que era hora y tuvo la certeza de que sabría cómo llegar a su casa.

Con los años, dejó de necesitar la ayuda de su guía para hallar el parque. Llegaba sola a sus encuentros nocturnos en el columpio oxidado desde entonces, desde siempre.

El viejo parque se convirtió en algo más que su refugio: era el lugar donde había derramado sus primeras lágrimas de mujer, donde había encendido su primer cigarrillo y donde, por primera vez, había comprendido que la soledad era una amante caprichosa.

Recordó que, cuando aún era una adolescente, intentó llevar al segundo o tercer amor de su vida a su lugar especial. También recordó la desconcertada mirada en el rostro de él cuando, tras caminar por más de dos horas buscando el parque, ella tuvo que decirle que el lugar se había perdido, que había desaparecido.


En el trufi de vuelta, se sentó, como siempre, junto a una ventana en el lado opuesto del auto para tratar de buscar, en vano, el parque.

Una vez más, caminó la incierta distancia que se extendía entre su casa y el pequeño parque. Llegó al caserío gris y polvoriento que rodeaba a su lugar secreto y, con la sensación de paz que siempre la invadía en el parque, se acercó al chirriante columpio y se sentó, con cuidado, a esperar. No sabía porqué sus encuentros se hicieron menos frecuentes y pensó que esa noche tampoco llegaría.

Las horas y los cigarrillos la ayudaron a comprender. En realidad, lo supo desde siempre, pero no lo había entendido realmente hasta esa noche. Se levantó del columpió, buscó la cajita de madera, la acomodó bajo el brazo y, con un cigarrillo colgando de sus labios, comenzó a caminar. Esta vez no se dirigía a la seguridad de su casa, del café caliente y de los cigarrillos escondidos; esta vez caminó hacia la ciudad: su verdadera madre, su orgulloso padre, su mejor amigo, su único amante.

Comprendió que era una hija de la ciudad; que la ciudad siempre lo fue todo para ella y que esa era la verdadera razón para encontrar constantemente a ese lugar fantasma y sentirse acompañada por su presencia. Sabía que, en el corazón de la ciudad, encontraría a otros como ella: más almas de ciudad y otros lugares fantasma.

lunes, 15 de agosto de 2011

Auspicio

(Sarahi Cardona)


Eran las 5 de la tarde. El viejo se acercaba a la acera del café donde se sentaba a jugar ajedrez con algún visitante tan asiduo o desocupado como él. Había pasado el día entre leer el periódico, resolver crucigramas y esperar que la vida simplemente transcurra sin novedades, como lo hacía desde que ya no se podía acordar. Sacó el reloj, que era tan viejo como él, y consultó la hora. Pero lo que extrajo de su bolsillo no era un marcador de tiempo; era un compañero que se había cansado de verlo pasar sus horas sin novedad. Él sí recordaba las aventuras de juventud, antes de que el tedio lo convenciera de que la rutina era la única salida para evitar el peligro. Había estado a su lado la noche en que, sentado en el puente, amaneció decidido a no decidir nada más en su vida. Él lo había llevado de la mano al café donde pasaba sus días cómodo y resignado, además de convencido de que, si todos los días eran exactamente iguales, no volvería a fallar. Esa tarde le pareció que toda la seguridad que había visto era cobardía. Hoy sólo siente miedo y cada día repite el anterior para no equivocarse.

Sin más, el viejo escuchó salir del tic tac un nombre, el de ella, y la calle dio paso a un recuerdo, de años pasados. Una mañana a las 11 exactamente, en la época en que la seguía hasta el fin del mundo, y se atrevía a ser y hacer, despertando con dolor de cabeza y en sus sábanas. Buscándolo con los ojos entreabiertos, para que le marcara alguna dirección.

Hasta ahora, el tiempo, para él, había sido un protector, un aliado que lo dejaba ver la vida desde ventanas y que le permitía dormir de noche sin pensar que prefirió irse a estar con ella de un lado al otro, arriesgándose a perderlo todo. Ahora, la brisa de la tarde lo hacía ver que, en realidad, era un conjunto de señales que a cada instante, en cada determinación, parecen presagiar su resultado aunque este oscile entre lo próspero y lo adverso.

No se podía explicar lo que sentía. El pasado se estaba convirtiendo en su mayor anhelo; su vida le parecía un augurio intermitente, un indicio de algo en futuro y, sin embargo, para él, sólo para él, en reversa. Cerró el reloj y lo metió a su bolsillo, y pensó para sí mismo:

—No sabía que el tiempo fuera nostálgico.

martes, 2 de agosto de 2011

Complicidad Nocturna

(Yvonne Rojas Cáceres)


Dejaré un resquicio en la ventana azul, para que así el aire corrompido de tu esencia viaje, se despida y vuele a contaminar esta ciudad muerta ya.

Me cuestionaré sobre la complicidad que alimentamos fútilmente en los tiempos y espacios de nuestro aislamiento convenido. Mientras tanto, la noche alumbrada de lámparas hará lo suyo, desnudando mis corajes y mis desventuras, revistiendo de amarillo un cielo sin estrellas, mientras tú me esperas recostado en el gálbano luminoso que te envuelve, como siempre los has hecho, como lo harás otra vez.

Ansiosos ambos de iniciar ese constante peregrinaje hacia tu lecho de cristal, te cargaré liviano en tu naturaleza efímera, tu brevedad insuficiente, para mí; tu viaje de leyenda, de miles de leyendas a la vez, hasta sucumbir en el mareo y la respiración gastada, mirando el rastro de tu transitar, pausado y ondulante, tu fábula y ficción repartida en cada boca que no es mía, que siempre terminas sellando con el vestigio de estelas abenuz.

No imagino todos los semblantes que has acompañado con la luna de testigo y la solidaria complicidad en sus torturas, marcando sus noches de nostalgia, atizando su vehemencia con tu destello maldito e imperioso, para luego abandonarlos en sus días, impregnados de tu hollín y expirar en cualquier rincón olvidado, como el objeto de una ofrenda.

Prometes en tu incandescencia, la conspiración de sueños imposibles de cumplir. Te ganas la autoría de un placebo al dejar de ser sin tu corona de ceniza, al agonizar a la espera de la soledad como si suplicaras una retribución algo merecida, de ser testigo de las condenas de mortales en sus noches, en su meditación.

Sin embargo, igual que tus devotos, igual que tus víctimas, igual que aquellos resabios de una fe, oras y horadas con tu lumbre, esa oscuridad del alma y del deseo, hasta el final, tu final.

Hártame de tus humaredas, cómplice, antes de extinguirte. Te absorberé hasta consumirte. Me deleitaré cuando selles mi boca con un hondo suspiro. Deja que tu materia mute en espíritu de humo conjurando mi dolor, embebiendo cualquier patético y humano proceder. Rodeándome, impregnándome y salvándome. Luego muere con la huella de mi boca en el último contacto.

miércoles, 27 de julio de 2011

Danza Infinita

(Sergio Tavel)


Luego de cruzar el viejo puente de madera que separaba su aldea del denso bosque, decidió que no volvería temprano a casa esa tarde. Le apetecía admirar los árboles y sentir la dócil caricia de la brisa sobre el rostro.

Su padre le había encomendado recoger leña para calentarse del frío azote del otoño que se incrementaba por las noches, el cual anunciaba la pronta llegada del invierno. Aquella tarea jamás le pareció agradable, pero no podía quejarse. En ocasiones anteriores ya había sufrido las tundas de su padre. Tenía que recoger la leña sin importar cuánto le disgustase. Aquella tarde en especial no le preocupó demasiado. Caminaba perdido en sus pensamientos. Acompañado únicamente por el crujir de las hojas en el suelo, por el bosque, y la brisa.

El silencio de los árboles sólo era interrumpido por el viento al agitar su follaje y, como un susurro, acariciaba sus oídos con delicadeza. Agitaba una vara distraídamente, dándole leves golpes a los arbustos que estaban en su camino.

Fue entonces cuando lo escuchó: Un canto se elevaba por las parduzcas copas de los árboles. Una dulzura como no había oído jamás. Se quedó inmóvil unos momentos tratando de aguzar el oído para asegurarse de que aquella melodía era real y no un producto de su imaginación; la cual, quizás, ya le estaba jugando bromas.

Luego de varios minutos, comprobó que la voz seguía allí, flotando suavemente con la brisa, atravesando las hojas de los árboles. Leve. Inconclusa. Plenamente hermosa. Sintió que su corazón ardía con un fuego abrasador. Que Morfeo sostenía su alma entre sus brazos. Se sintió vivo.

Presuroso, emocionado y, absolutamente seducido, se dispuso a encontrar el origen de aquel canto. Anduvo por un sendero que no conocía apartando las ramas sueltas de los árboles. La melodía se hacía cada vez más fuerte. Su corazón dió un brinco. La respiración se le agitaba. Estaba cerca.

Al cabo de unos metros, y luego de apartar un arbusto especialmente espeso, la vio. Allá, justo en frente de él, había una mujer, sumergida en una imperecedera danza al tiempo que cantaba con aquella voz; tan perfecta, tan sutil.

Se quedó contemplándola sin creer que fuera real. No podía ser. Pero, sin embargo, allí estaba. Su largo y oscuro cabello se agitaba en perfectas ondas al tiempo que su cuerpo se movía en un etéreo compás, fundiéndose con la brisa, con el ocaso, con los latidos de su corazón.

Sintió que su cuerpo se estremecía. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo podía existir tal belleza, tan pura y tan solemne? Se encontraba ensimismado. La mujer danzaba con tal delicadeza, con tal precisión, que el mundo a su alrededor existía sólo por ella. Sólo para ella.

Se acercó un poco más, dando pasos silenciosos. No quería distraerla o asustarla. Se sentó a escasos metros de distancia. En ese momento, la mujer dio un leve giro y sus ojos se encontraron directamente con los suyos. Aquellos ojos eran de un profundo color negro, casi azabache. La luna se reflejaba en ellos con un suave fulgor plateado.

No podía creerlo. Ni siquiera podía asimilarlo. Allí estaba ella. Hermosa. Delicada. Las horas se convirtieron en aves que revoloteaban en vuelos pasajeros y fugaces, que alejaban el tiempo dándole paso a la profunda noche.

Estaba enamorado. Todo lo que alguna vez conoció ya no tenía sentido alguno. Quería quedarse allí para siempre. Con ella. Verla danzar hasta que la luna devore al sol.

Hileras de destellos de luz saltaban ante sus ojos cuando la luz de la luna acariciaba su cabello. Tan largo, que parecía extenderse infinitamente hasta alcanzar las estrellas y envolverlas en un abrazo seductor y ligero.

Las curvas perfectas de su cuerpo se movían rítmicamente con la brisa, convirtiendo aquel lugar en un paraíso de éxtasis y eterna paz.

Sentía que su dulce voz le acariciaba el cuerpo, le envolvía por completo. Elevándolo por pacíficos sueños, por añoranzas, y por paisajes de un mundo perfecto, sumidos en un sólo suspiro.

De repente, comprendió que pronto amanecería. Que tendría que volver a casa. Que llegaría el momento de abandonarla. Aquella idea le pareció tan horrenda, tan atroz, que no quería creerla. No podía irse. No quería irse jamás. Allí es dónde pertenecía. Justo allí. Con ella. Por toda la eternidad.

Se levantó. Había tomado una decisión. No volvería a casa. Se dirigió hacia ella lentamente, con timidez. Tembloroso y emocionado, le tocó levemente el hombro. Para su asombro, ella no se sobresaltó, en cambio, se dio lentamente la vuelta y lo observó con cariño.

Sin pensarlo dos veces y, completamente seducido por su belleza, la rodeó con los brazos y la besó. Aquel fuego abrasador se extendió por todo su cuerpo, calentándolo. Ella, con ligereza, le devolvió el beso y el abrazo en un instante sublime.

La luna brillaba con más intensidad que antes. El mundo a su alrededor dejó de existir. Sólo importaba ella. Su dulce voz acariciaba sus oídos de tal forma que todos los demás sonidos y melodías que alguna vez disfrutó se desvanecieron en un instante.

Sus tiernos labios eran todo lo que imaginó y mucho más. Sintió que flotaba. Que el viento y la brisa lo elevaban lentamente y lo invitaban a danzar entre las estrellas. Que la luna y su luz le rodeaban todo el cuerpo. Ella lo abrazaba con firmeza, ungiéndose a él en una danza infinita. Inmortal.

Fue allí dónde se ahogó. En el lago más hermoso que había visto en toda su vida.

martes, 26 de julio de 2011

Ámbarcielo

(G. Munckel Alfaro)


Desde mi mesa, podía verla de perfil contra la ventana. Su cabello casi flotaba en el aire, brillando en desordenadas hebras cobrizas. No podía determinar el color exacto de su cabello, el nudismo de la luz al atardecer se había instalado en ella, brindándole una piel de oro y una cabellera de cobre. La imagen de ella, sólo movida por el viento pasajero, era la más perfecta metáfora de mi primera nostalgia.

Mientras comenzaba a recordar, la imagen de ella ante la ventana, casi fundiéndose con los irrepetibles colores del ocaso moribundo, se hizo difusa, convirtiéndose en borrosas manchas que aún conservaban los cálidos matices de la escena. Esos colores, todos los posibles destellos del cobre, pronto se transformaron en un largo prado dorado, brillando a la luz del ocaso, mientras tres niños corrían hacia el atardecer. Me reconocí entre ellos, deteniéndome de golpe y mirando el paisaje ambarino en el que el brillo del sol se instalaba en las cabelleras de los otros niños, que no habían dejado de correr y parecían casi dejarse llevar por el viento.

Ciertamente, la mujer de la ventana no estaba vinculada a mi infancia ni, mucho menos, a mis hermanos. Era, simplemente, una desconocida que, sin pretenderlo, se convirtió en una hermosa imagen que jamás olvidaría. Pero algo en mí vinculaba esas dos imágenes, separadas por tantos años; algo en los colores y en el viento las entrelazaba y las unía. En mi rostro se dibujó una melancólica sonrisa.


Ya no me importaba que la ventana hubiese quedado desprovista de aquella ambarina mujer, tampoco me importaba que, sin haberlo percibido, hubiese resbalado a través de las horas hasta quedar instalado en la noche, sin siquiera haber abandonado mi lugar. Un mesero se acercó a encender la vela que se erguía en medio de mi mesa y aproveché la ocasión para ordenar un whiskey.

No podía olvidar el perfil de la mujer, los colores del cielo que, durante esa efímera tarde, fueron suyos también. La luz de la solitaria vela inundaba el contenido de mi vaso, casi intacto, llenándolo de los colores de mi nostalgia, recordándome, una vez más, aquel prado de mi niñez, aquella mujer de la ventana.

Mi mente se dejaba llevar por el hilo de humo que brotaba del cenicero. Mi vista se perdía tratando de descifrar los imposibles filigranas que flotaban sobre mi cabeza. Mi vaso estaba vacío y, probablemente, la medianoche se había quedado atrás hacia ya varias horas. Eventualmente, tendría que dormir.


Me desperté antes del amanecer y, aún en la cama, encendí un cigarrillo con la intención de reencontrar el sueño; pero no tenía caso, estaba demasiado despierto. Decidí levantarme y caminar hasta el bar, esperando tontamente observar un amanecer al oeste a través de su ventana.

Era muy temprano. Las sillas aún dormían sobre las mesas y no había nadie en la barra, así que me acerqué a la última mesa frente a la ventana, levanté una silla y me dediqué a esperar.

Cuando desperté, descubrí mi cigarrillo convertido en un largo gusano de ceniza que se extendía a lo largo del cenicero que había improvisado antes de dormirme en la mesa. Todavía era temprano, pero noté a un par de meseros que conversaban apoyados en la barra. Caminé hacia ellos y ordené un café. Al volver a mi mesa, sentí el aire fresco que entraba por la ventaba acariciando mi rostro, me senté y cerré los ojos por un momento. La mujer de la ventana se dibujó en mi mente y, una vez más, una sonrisa melancólica se dibujó en mi rostro.

Sin abrir los ojos, escuché al mesero acercarse y lo sentí vacilar antes de dejar la taza de café sobre la mesa. Le di las gracias y abrí los ojos. Sobresaltado, pude ver a la mujer de la ventana entrando al bar. Llevaba un vestido de lino blanco que se mecía suavemente al ritmo de sus pasos. Era la primera vez que la veía de frente.

Vi cómo apoyaba su mano derecha sobre el cristal de la ventana mientras dirigía su vista hacia el paisaje. Casi podía sentir el mar al observarla de perfil, clavando su mirada de una manera tan profunda que parecía hundirse en su interior, alejándose completamente de las olas que se agitaban tímidamente en el exterior.

Quise levantarme y acercarme a ella, halagar la vista o su vestido, con la esperanza de que ella guiase mis palabras hacía una conversación más profunda; pero tardé menos en volver a sentarme que en pensar en hablarle. Sentía que, si dejaba de contemplarla en silencio, si hacía que apartara su mirada del mar, ella se desvanecería.

Mientras miraba a la mujer de la ventana y, a pesar de hallar cierto placer en llamarla de ese modo, decidí otorgarle un nombre. La veía y la recordaba al mismo tiempo, mezclando los colores que la envolvían en ambas visiones. Pronto, mi mente se convirtió en un campo de batalla entre los colores que la definían, tratando de determinar el nombre con el que siempre la recordaría. Finalmente, la primera imagen que tuve de ella, al igual que mi primera nostalgia, prevaleció. Los colores de aquella tarde, que ahora sentía tan lejana, se convertirían en la razón de su nombre más secreto. Desde ese momento, la llamé Ámbar.


Todos los días, me instalaba en la mesa del fondo, cerca de la ventana, esperando su llegada, muchas veces en vano. Con el tiempo, comprendí que su aparición estaba ligada a mi sonrisa. Su llegada era casi una caricia fresca, como si naciera del mar que se agitaba del otro lado de la ventana.

Las tardes en que no aparecía, dejaba que las olas se llevaran mi mirada hacia el horizonte, esa inalcanzable franja en que se diluye el sol antes de ser absorbido por el mar, siempre sediento de cielo. Perdía la esperanza junto a ese sol que se hundía con mi mirada.

Mi estadía en el hotel giraba en torno a ella. Pasaba las horas observándola o recordándola, siempre en silencio. Temía perderme una de sus apariciones. Tuvieron que pasar varios días cargados de su ausencia antes de animarme a salir del hotel y pasear por la playa. Las noches eran cálidas y me alentaban a caminar por la orilla del mar, buscando sosiego en el sonido de las olas. Con el tiempo, comencé a llenar las ausencias de Ámbar con largas caminatas por la playa.


Una noche —quizás la menos cálida, pero sin ser fría— creí verla desde la ventana. Una mujer vestida de blanco contemplaba el mar, permitiendo que le acariciara los pies. Podía ver su cabello danzando libre en el aire de esa noche, la única noche en que la vi.

La imaginaba un ser de luz. Sólo la había visto aparecer bajo la luz blanca y pura de la mañana, o minutos antes de que la nostálgica luz del atardecer inundara el bar del hotel. Pero ahora la veía de noche, la veía con tal claridad que sólo pude atribuir esta nueva visión a la luna llena, de la que brotaba el cielo.

Procurando disimular mi apuro, abandoné el bar y me dirigí hacia la playa, hundiendo mis pies en la arena que la inmensa luna teñía de azul. Corrí hacia el mar, hacia ella. La imaginaba inmóvil y con la mirada perdida en el horizonte invisible.

Disminuí la velocidad de mi carrera a medida que me acercaba a ella, comprendiendo lentamente que, en todos los días que pasé contemplándola o recordándola, nunca supe qué decirle. Y tampoco lo sabía ahora.

Me detuve a unos pasos de ella y, una vez más, la contemplé en silencio. Pensé en dar media vuelta y ya casi podía verme caminar cabizbajo de vuelta al hotel, subir hasta el bar, acercarme a la ventana, apoyar mi mano derecha en el cristal y perder mi mirada en la perfecta fusión entre noche, mar y Ámbar. Pero sacudí la cabeza, deshaciéndome de esa idea, respiré hondo y avancé hacia ella. Al caminar, sentía que los pocos pasos que nos separaban se convertían en horas de camino hacia una distancia incierta.

Llegué hasta la orilla del mar y sentí la espuma azulada acariciándome tímidamente los pies. Dejé que mis ojos navegaran hacia el horizonte invisible, donde supuse que encontraría la mirada perdida de Ámbar, que permanecía de pie a mi lado.

Lentamente, comencé a girar la cabeza hacia la izquierda. Por fin me encontraba realmente junto a ella. La emoción de verla a mi lado se acumulaba en mi pecho, creciendo a cada instante como un suspiro contenido por décadas. Casi podía sentir su respiración marcando el ritmo del vaivén de las olas.

Se había ido. Desconcertado, miré en todas las direcciones posibles, buscando encontrar el color de su vestido adentrándose en la noche, buscando las huellas de sus pies en la arena; tratando de escuchar el sonido de las olas chocando contra su cuerpo; tratando de recordar el sonido de sus posibles pasos alejándose. Nada. Se había ido.


Con absoluto desgano, mi mano extrajo la cigarrera y el encendedor del bolsillo de mi pantalón. Me llevé un cigarrillo a la boca, lo encendí con torpeza y fumé perdiendo la mirada en el mar.

Tras unos minutos, el humo del cigarrillo se apoderó de mis ojos, obligándome a cerrarlos y restregarlos con mi mano libre. Al abrirlos, noté una pálida figura brillando en medio de las olas, no muy lejos de donde me encontraba. Incrédulo, me adentré unos pasos en el mar, para comprender que veía la espalda desnuda de Ámbar y su cabellera flotando a la luz de la luna. La vi girar la cabeza y mirarme. Una imperceptible sonrisa se dibujó en su rostro antes de sumergirse en el mar.


Di media vuelta y comencé a caminar cabizbajo de vuelta al hotel, subí hasta el bar, me acerqué a la ventana, apoyé mi mano derecha en el cristal y miré hacia el mar. Me llevé un cigarrillo a la boca, olvidando completamente encenderlo. Por última vez, le permití a mis ojos perderse en lo que alguna vez fue la perfecta fusión entre noche, mar y Ámbar.

En completo silencio, el cigarrillo apagado resbaló de mis labios y tocó el suelo. De golpe, lo comprendí.

—¿Se encuentra bien? —preguntó un mesero que había estado observándome.

—¿Qué? Sí, sí. No es nada.

—¿Está seguro? ¿Le sucede algo?

—No es nada­ —repetí—. Es la brisa.