jueves, 19 de mayo de 2011

El Docente

(Paola Rodríguez Angulo)


Andaba la pobre muerte

Más flaca que de costumbre

Cuando lejos, entre la herrumbre

Se encontró con el docente


John tres dedos bebía

Planeando su campaña

Mientras ella lo veía

Frotándose las manos con saña


¡Quien se iba a imaginar!

Ella tan lúcida y guapa

Le lanzó el ojo al sátrapa

Para su alma afanar


Cuando llegó a su lado

Sólo un soplido bastó

El hombre tan alcoholizado

En sus encantos cayó


Desde entonces al docente

Sus alumnos lo maldicen

¡Es corrupto, aberrante!

En los pasillos repiten.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Obrera

(Paola Rodríguez Angulo)


Como toda buena obrera

La calaca acata el paro

El casi muerto se recupera

Ya nadie lo tiene claro


¿Pero qué pasa

que la gente no se muere?

es que a la flaca

el Estado le debe


Bien lo sabe Rubén Costas

Que a un pasito quedó

La muerte no estaba cerca

Por eso no se lo llevó


En huelga de huesos caídos

Se proclama la muy fresca

Sentada en un quitamiedos

Observa como viene la gresca.

martes, 17 de mayo de 2011

Cohelo y la Calaca

(G. Munckel Alfaro)


Escribe sin cesar el escritor

que con sonrisas y alharaca

se mantiene alejada a la Calaca

y todos sus libros hacen furor.


Se aprovecha hasta de los cojos,

el liso pajpaku literario.

Interesado sólo en su salario,

aprovecha que la Calaca no tiene ojos.


Pero como la Muerte tiene oídos finos

se entera rápido de todo su despelote

y decide apretarle el cogote

para darle fin a sus libros dañinos.


Pero el escritor, siempre positivo,

sonríe negando la presencia de la Calaca

que lo arrastra decidida hasta una cloaca

para dejar en su lugar al escritorzuelo repulsivo.

lunes, 16 de mayo de 2011

Calaveritas

(Sarahi Cardona)


I

La huesuda con el goce

La desnuda con la pose

Ninguna es decente

Las dos se acuestan con el docente.


II

El viejo anda buscando bulla

La flaca no quiere que la engulla.

La vejez ha llegado

El viagra no ha funcionado.


III

La andaba buscando en Na Cunna

La muerte todavía en la cuna.

Ahora toman whiskys

Después acaban en las miskys.


IV

La muerte anda en busca de trapos

Pero ha vuelto con puros harapos,

Sólo cien pesos tenía

Ya no le alcanza ni pa’ la peluquería.


V

La Calaca se ha cansado,

Todo el año ha marchado,

Todas las calles habían bloqueado

Pero a ninguno de los pacos había fichado.

domingo, 8 de mayo de 2011

Maldición

(Yvonne Rojas Cáceres)


Bajas como de una borrascosa tempestad, por la espesura negra y lejana de un horizonte alzado, para pisotearme con tus evocaciones. Maltratando el despojo en que me he convertido.

Camino sobre grietas de cemento en tu orilla. Convulsionando nuevamente en mi pupila, el hueco oscuro de tu ventana. Cubierto con la flema de tus retentivas inacabadas.

El sol dibuja necedades en mi cabeza, sólo eso. Y solo yo por la vereda, te repaso como a un óleo maldito. Claro, vigilante, repulsivo y atrayente; deslizándote como agua turbia y como aceite caliente de la yedra seca colada a tu pared.

Caes, como en mi ánima, al espacio terroso de esta tela de nostalgia. Te dibujo como el humo deslizado con arcadas en el aire, corriendo tras mi sombra en el pasado, con el viento azotando tu camisa azul contra ese pecho maltratado.

Mis ojos alucinados y empolvados, me regresan a este lunes. El sol se esconde de a pedazos tras la nube amenazante pero cobarde que soy yo. Que se escapa; y me pregunto ¿ni la lluvia te soporta?

Siento que me hundo completo y en retazos desmembrados de cuajo, por tu cuadra como alquitrán recién pintado, embadurnado de tu sangre negra que penetra.

Circulando sonámbulo, contando los minutos que me acercan a la noche. Imagino tu materia bajo la tierra y mis pies se cuelan a tu cara en cada paso, destruyendo todo extremo obsesivo, de tus mejillas apagadas.

Y la imagen del encuentro con tu cuerpo chorreado entre tus sábanas, golpea esta mi memoria desgastada y cansada. Inerte, recostado como estatua de un Marat, tallada con el preludio de mi condena. Te he matado.

Escucho venir del tiempo atrás, el grito de mi aliento lastimado; y pienso, ¿por qué no pude tocar tu dedo que me apuntaba? Miedo y dolor combatían encarnizados en mi vientre. Mientras afuera la batalla era de la lluvia y del amanecer.

Todo tan dentro, tan guardado, anhelante. Desalmada evocación que se ha apostado años después, en mí, presente, en tu vereda, en tu ventana, en mis pupilas apagadas.

¿Por qué hoy, mal viaje entre amapolas? ¿Qué te hace carne y sentimiento está vez? Mi duelo no acabado, replica la náusea temblorosa de mi entraña.

¿Acaso quieres destruirme para ti? Sólo en partes, sólo en pedazos líquidos de un sueño, aclama ese sol que me calcina, gritan los árboles con sus ramas, suena el vidrio roto de tu perpetua ventana. Me has acabado.

sábado, 7 de mayo de 2011

Redención

(Paola Rodríguez Angulo)


Cayeron las palabras, grandes y huecas en la bóveda de mi cabeza, en ese momento tan vacía, que causaron un estruendoso eco.

No supe que sentir, por un lado estaba la traicionada: fiera e impulsiva compañera lista para clavar las uñas en los ojos del traidor.

Por el otro estaba la mártir: esa llorona y quejona que sólo piensa en su desgracia mientras se auto compadece por lo injusto de su vida.

Además, estaba esta otra, misteriosa y cautivante, que sale de una profunda sombra… no sabía a cual seguir.

Quise cortarme lo suficiente para caber en tu molde y aún, tras años de mutilaciones, nunca estuve a la altura de tus expectativas.

Ahogada en la constante desesperación cambié mi imagen, mis frases, mis ideas: vendí mi cerebro para comprarte y luego pasó lo inevitable.

Busqué como una mártir mi cruz, necesitaba cargar con la culpa de mis actos, compartirla contigo, pues sabía que serías el mejor verdugo y te revelé mis pecados.

Como lo esperaba, te encargaste de atormentarme, lanzando tu furia sobre mí, no me diste tregua, eras un profesional. Tus cambios repentinos, venían en los momentos más radiantes como un trágico recordatorio de lo efímero de la felicidad: esos momentos, cuando tus ojos acusadores, llenos de rabia y tu boca tensa escupían palabras de hierro candente, marcando en mi frente la letra escarlata.

Y viví cada día de culpa, como si tu trato fuese la única válvula para expiar mis errores. Hasta hoy.

Siempre supe que considerabas menos grave la traición de un hombre que la de una mujer. Ahora, veinte años después y aún a tu lado tengo mi conclusión: la traición sabe igual para hombres y mujeres. Aunque esta vez la tuya me sabe a redención.

viernes, 6 de mayo de 2011

Al Filo de la Inocencia

(G. Munckel Alfaro)


No me prives

de este aprendido placer

de ver cómo juegas a ser adulta.


Quédate cerca,

corre entre mis dedos

—nínfula esquiva—

hasta crecer azul

como el humo de tu estela.


Quédate cerca,

te prometo que prometeré cuidarte,

que jugaré con tu alma de muñeca,

que te guardaré el secreto de este juego.


Te prometo que prometeré abrazarte

luego de hacerle el amor a tus labios rotos,

luego de jugar contigo entre tus piernas;

pero quédate cerca.


Déjame llenarte,

inundar tu garganta

—pequeña nínfula—

hasta cargarte de mí;

pero quédate cerca.


Quiero verte terca en tu sabiduría

de niña que juega a ser adulta;

pero no me prives de tu brevedad.