domingo, 19 de diciembre de 2010

Los Amantes

(Roberto Fernández Terán)


Majestuosas y terrenas se levantan desafiantes

combadas figuras de hembra enardecida,

volcánicas y ávidas pasiones

buscan las aguas amantísimas

del mar embravecido.


Oceánico deslizarse sobre la superficie ondulada de la tierra

atenazándola, cubriéndola

con caricias sentidas de amante ejercitado,

sucumbiendo ella, desfalleciente, a sus requiebros.


Se miran insaciables

ansiosa ella, por beber más de él

ávido él, de adentrarse más en ella

mientras avanzan en nocturna bruma,

hasta encontrarse, los dos, en pleamar tensada.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Monotonía

(Yvonne Rojas Cáceres)


Lejos, el aire respirable

Aquí el oxígeno que no se absorbe

Lejos los pies, caminando por una vereda

Con el sol del atardecer penetrante

Brisa sutil, imperfecta para el calor

Monotonía de lugares secos

Sombras se dibujan lentamente en el pavimento

Ambiguas figuras atraviesan las pupilas

Nada anda entre los sujetos

jueves, 16 de diciembre de 2010

Te Repites en todas tus Variaciones

(G. Munckel Alfaro)


porque te deseo en cada uno de tus cuerpos

te busco en más reflejos de tu espejo

para devorar tu hambre en la mía

te encuentro en estas casas para irse

para mirarte en las horas sin tiempo

te guardo una vida en silencio

para disfrutar del nombre de tu nombre

te pienso sonriendo en mi nostalgia

para verte partir como siempre

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Circe

(Sarahi Cardona)


Adivina pero espera

Bruja

Dueña de la forma


Trampa de fantasmas

Sola

Enloquece pero calla


Desesperada y olvidada

Hechicera

Diosa de una fantasía

sábado, 20 de noviembre de 2010

Mito de Dolor y el Espejo de la Bella

(Yvonne Rojas Cáceres)


La historia cuenta que, al ser criatura que provoca la tristeza en los mortales, dolor es lo único que podía sentir y que un día, de aquellos en que la bruma descendía más espesa por entre los muros de su limbo y hacía que su pena se hiciera inmensamente profunda, se dispuso a volar por los límites de su mundo y el gran reino de los dioses insensibles. Entre ambos parajes mágicos se extendía un cristal enrome como hielo, que permitía a Dolor mirar el paisaje para atenuar su locura, pero exacerbar su lástima.

Por un instinto propio de la magia que le gusta confundir y descontrolar el curso de los eventos, se decidió a volar en el límite del bosque de la ilusión. Se paseaba desatento como siempre por los parajes de ese bosque, hasta que una lástima infinita con patas de ciempiés, se apoderó de su piel azul como los mares de la imaginación más cruel. La tragedia juguetona comenzó a cosquillear en su estómago de goma remojada en la fuente de los llantos, provocando que las mariposas de la nostalgia aletearan en sus sienes de madera remojada en las lagunas de la angustia, y sus manos de pasto rociado con lluvia de amaneceres de un día de muerte trágica comenzaron a temblar.

Y lloró, con los ojos de melancolía que su padre le había regalado en la noche que fue creado de la bruma espesa del sufrimiento. Su dolor se expandió por todo el límite del techo-suelo de cristal que dividía los dos mundos, encontrando una rendija entre las raíces de una rosa amarga que crecía en el bosque, muy cerca de donde una diosa bella descansaba su indiferencia, recostada en el pasto verde de la desidia.

Su cara preciosa con los labios perfectamente dibujados con la punta de un rubí, resaltaban en el rostro blanco y sus facciones más que perfectas se dejaban acariciar por la brisa de esa noche alunada con destellos de plata que chorreaban de los musgos penetrados en los árboles de jazmín florecido.

Pero había algo en ese rostro incompleto, propio de los dioses insensibles, sus ojos carecían de pupilas, pues al no tener el don de sentir, su mirada no podía percibir la emoción. Ningún sentimiento era capaz de flanquear su perfección, ninguna pasión había invadido nunca en la eternidad de su existencia mágica, ni el corazón vacío y limpio en el pecho hermoso de aquella diosa.

Hermosa criatura de porte mágico y deslumbrante, con vestidos claros y piel de terciopelo blanco como la nieve. Su belleza inalcanzable y radiante, hacía que cualquier dios cayera rendido a sus pies como cualquier mortal, y Dolor la percibió blanqueando su cabeza de tormentas de desamor.

Pero como la congoja de ese momento era tan inmensa y su llanto nublaba su visión perfecta, quedó obsesionado de pena por la diosa. Tanta fue su pena, tanto fue el dolor y la angustia que sintió en todas sus extremidades de criatura mágica y sensible, que tuvo que recostarse en las rocas del desasosiego para calmar su llanto.

Confundido por tan angustiosa humedad, no supo distinguir el amor del tomento propio de su condición, así que decidió hacer una ofrenda a la diosa de la que emanaba una pena infinita.

Loco por el torbellino de emociones destructivas y tristes, Dolor tomó el espejo contenedor de los sentimientos y, abriendo una grieta en el cristal que dividía los dos mundos, lo dejó apostado bajo el árbol de jazmines donde la diosa bella reposaba en las tardes eternas de lluvia.

–Mi diosa insensible, amarás –dijo– mi diosa perfecta, tu piel será carne de las emociones más placenteras para que tus pupilas germinen con el brillo de la dulce nostalgia y así, un día me verás para sentir lo que yo siento.

Pero Dolor no se imaginaba que acompañado de cualquier sentir sublime, caería una maldición sobre ella. Y así fue, ella sintió, se enamoró del creador de su propia transformación. La angustia, la pena, el desdén y la nostalgia se apoderaron de su imagen y, al ver cómo sus facciones cobraban sentido, su piel se arrugaba y su corazón se llenaba de cicatrices.

Destruyó el espejo y voló expulsada de su mundo. Ahora vaga por la tierra queriendo encontrar un portal hacia el mundo de Dolor. Como aire frío penetra en las pupilas de los vivos, robándose un único instante en que su amor se pueda consumar.

Se dice que las pupilas de los que sufren son bellas y lastimeras, porque el dolor y la belleza se están amando con una mirada.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Sobre la Contemplación Constante de Ventanas

(G. Munckel Alfaro)


Recuerdo el día en que, por primera vez, noté que las ventanas tenían un poderoso efecto sobre ti: eras capaz de pararte frente a una de ellas y contemplarla durante largas horas, con la mirada perdida de tal manera que no se sabía con certeza si veías a través de ella o si sólo observabas el cristal enmarcado.

Las primeras veces que te atrapé en ese estado de profunda contemplación, me creía capaz de sentarme a mirarte hasta que te apartaras de la ventana; pero, con el tiempo, sentí que no era capaz de dedicar tantas horas a observar tu inescrutable inmovilidad, por eso los intervalos en que te abandonaba se hacían cada vez más largos.

No sé cuánto tiempo pasó antes de notar realmente que sólo te dedicabas a la contemplación de ventanas en momentos precisos: días en que las nubes del cielo impregnaban de gris a las calles de la ciudad, días en que la lluvia se empecinara en durar más de lo acostumbrado y en ocasionales amaneceres descoloridos. Entonces pensaba que eran aquellos días grises los que pintaban esa impresionante melancolía en tu semblante; pero, con el tiempo, comprendí que buscabas refugiarte en la quietud de las ventanas sólo cuando la melancolía se apoderaba de tu alma. Es que se me hacía más fácil creer que eran aquellos días detrás del cristal los que cambiaban tu estado de ánimo.

En realidad, no había nada verdaderamente extraño en tu inusual hábito; pero lo que me llamaba la atención era la paz que irradiaba tu sonrisa cuando te alejabas de la ventana. Siempre fuiste una persona melancólica, comprendías perfectamente la diferencia entre depresión y melancolía, pero ésta solía pesarte. Es por eso que me sorprendía ver que, tras desprenderte de la ventana, no quedaba rastro de melancolía en tu rostro.

Sólo pude entender qué era lo que te sucedía cuando, por casualidad, encontré tu antiguo cuaderno de notas. El pequeño cuaderno forrado en cuero que siempre llevabas a todas partes y que, de un momento a otro, dejaste olvidado bajo una mesa.

“Todo está lleno de pequeñas deidades”, era la primera frase de tu antiguo cuaderno. Y todas las páginas siguientes estaban plagadas de las descripciones de estas pequeñas deidades. Algunas de ellas eran lejanas e insignificantes, otras eran ubicuas e incomprensibles; aunque también las había cercanas y poderosas. Pero sólo a una de ellas le dedicaste varias páginas. No podría decirse que fuera la deidad más importante ni la más poderosa; pero sí era la más cercana y más útil para ti.

Comenzó a obsesionarte. Le atribuías la posible solución de aquel secreto que te inquietaba. Tus notas comenzaron a hacerse cada vez más personales y a girar en torno a esta curiosa deidad, a la que decidiste rendir culto. Explicabas que el único acto visible de esta deidad entre los mortales, era hacer que quienes estuvieran cargados de melancolía, dedicaran gran parte de sus vidas a contemplar constantemente las ventanas.

Según tus notas, esta deidad sólo se dejaba ver por ciertas personas, marcadas por el brillo de la melancolía eterna en los ojos. Sólo se acercaba a ellas cuando los días se pintaban grises, usando las ventanas como portales, para pactar con ellas. Su oferta, a primera vista, parecía irresistible. Ofrecía aliviar cualquier mal que aquejara a sus adeptos a cambio de su único alimento: melancolía.

Al leer tu cuaderno, podía ver claramente que tenías la intención de realizar el misterioso pacto sobre el que escribiste. La razón de tu silenciosa contemplación estaba plasmada en aquellas confusas páginas: sólo al contemplar las ventanas podrías vaciar la melancolía de tu alma y hallar tranquilidad.

Y ahora, al acercarme a la ventana de tu habitación, recuerdo el día en que, por primera vez, leí las últimas palabras escritas en tu olvidado cuaderno, palabras que quizás nunca termine de entender, “una ventana para saciar la melancolía”.

jueves, 18 de noviembre de 2010

El Dios de las Cosas que No Fueron

(Sarahi Cardona)


Encendió doce velas. Formó un triángulo en el suelo. Se echó desnuda en el centro. Él la escuchó. Le mostró lo que hubiera sido y se llevó a cambio su alma.

Ella quería saber porqué las cosas no son de otra manera, qué pasaría si nuestras decisiones fueran otras. Se arrepentía de su pasado y quería que fuera diferente. Él admitió que siempre está presente en las decisiones de cada ser humano, son su alimento. Mas si se toma un camino, él es el encargado de eliminar las demás posibilidades.

Debieron crearlo cuando se entregó el libre albedrio, para que las decisiones no escogidas dejen de flotar e interfieran a las demás. Da el equilibrio a lo que es, desapareciendo lo que no es. Muy raras veces se equivoca. Nunca permite volver atrás.