sábado, 31 de enero de 2015

XII

(Ariel Yañes)

Llevo el nombre de un muerto que perdió su sombra
Desgarrado, impasible y sublime como un suspiro
En la cima de tu penumbra no te conmueves
Todos mis caminos conducen al olvido
Rasgando las aguas en un último grito
Vuelan recuerdos con alas feroces de horror
El recuerdo de todas las sombras que se posaron en mis manos
Danzando con las hojas precipitadamente al suelo
Te descascaras y esperas que recojan tus retazos
Y el bosque se ha perdido en tu mirada
Cual sepulcro inamovible abandonado en eterna paz
Y te comienzas a rasgar por tu piel blanda
El humo ha escrito mi último nombre en el aire
El ave surca los cielos en su ígneo vuelo

domingo, 4 de enero de 2015

XI

(Ariel Yañes)

Llegas desde la luz artificial
El fondo es también la caída
En un último respiro, sutil y fugaz
No hay rastro de tu presencia
El rastro de todo lo que alguna vez voló
Ligeramente con el viento sin un final
Universo amarillo sobre una caja
De alguien que sigue durmiendo en el bosque
El vuelo de un ave silencioso en tu mirada
Como si un hilo de aire los uniera
En el fondo de tu primera noche
El retumbar del último latido del mundo.

domingo, 13 de enero de 2013

Viento marino

(Sergio Tavel)

Un día, hace ya muchos años, las personas despertaron una mañana y fueron al río a recoger agua, pero lo encontraron vacío. Fueron al lago más cercano, pero sólo quedaba un gran pozo de tierra seca. De las aldeas más cercanas, oyeron lo mismo. Todos los ríos estaban secos, todos los lagos. Cuando se acercaron al mar, sólo vieron tierra y arena que se extendía en el horizonte. Lo mismo ocurrió en el resto del mundo. Nadie sabe qué fue lo que sucedió. Simplemente, un día en que los vientos soplaron por horas, el agua desapareció.
Desde el día en que los mares se secaron en el mundo, las personas recorren las vastas hondonadas de tierra seca en barcos que flotan en el aire, acariciados por la brisa y los vientos que emergen desde la tierra. Los veleros recorren los ríos, los barcos mercantes surcan los océanos, las personas se zambullen y los peces nadan; todos empujados por aquél soplo de viento que llegó a remplazar al agua.
Nunca supieron por qué pasó, o quizá ya lo olvidaron. Sólo están seguros de algo: Un día, hace ya muchos años, el viento y el agua decidieron cambiar de lugar. Quizá fue aburrimiento o simple curiosidad, nadie puede afirmarlo. Es por eso que, si uno mira a los cielos, verá un enorme océano en las alturas, dónde los pájaros vuelan acariciados por las olas y la bruma. 

lunes, 10 de diciembre de 2012

El Gato


(G. Munckel Alfaro)

Le dicen así porque le gusta jugar. Primero lo ficha al tipo y se queda rondando cerquita de su casa, le hace bromas y lo jode un poquito nomás. Aunque a veces se pasa, a veces de verdad le lastima al tipo cuando hace sus bromas. Es que él no es como nosotros pues. Para nosotros es bien serio que le corte los frenos a su auto del tipo; pero para él no, chiste nomás es, parte de su juego dice. Lo podría matar así; pero es pues un as. Tan bien lo hace, que el tipo no se muere, sólo se pega el susto más jodido de su vida, se caga de miedo; pero sale sanito, o más o menos sano. Cosas como esa sabe hacer y hasta más jodidas. Y así lo puede tener al tipo durante días y hasta meses. Es pues así, le gusta jugar con los tipos como si fueran ratones. Después nomás los mata y se va caminando y relamiéndose sus bigotes, pensando pensando con quién puede jugar más tardecito.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Pucho


(Yvonne Rojas Cáceres)

Antes de salir disparado, sujetando por el cuello a la chaqueta que se resistía encaramada en esa silla, había discutido con el manojo de llaves que jugaba a las escondidas debajo de cualquier libro, indiferente frente a su apuro, a su desesperación. También había triturado furiosamente  el aluminio vacio, solitario, delator, mientras escribía la primera línea del poema derramando café sobre la letra del horror. Se habían terminado.

El montón de basura le hizo la última treta, sujetándole el zapato y provocándole una caída estrepitosa contra el pavimento de la calle desierta. Se sacudió más que colérico de toda la consternación del vicio y sus desechos. La chaqueta reclamó enganchándose a la verja, el manojo de llaves gritó  al fondo del bolsillo de su pantalón. Pero nada de eso lo detuvo. Corrió calle arriba, rogando que la lucecita del letrero estuviera fulgurando aún.

Con el aliento cortado por la prisa que prorrumpió en un suspiro de alivio, se asomó a la contraventana de la cantina, vigilada por la proveedora y su cajita milagrosa. De allí escapaban alaridos de goce y una mala sintonía con olor a ron. Se detuvo y calló, pues la vendedora ya había estirado la mano a su esperanza, con la cajetilla de sus rojos favoritos. De vuelta a casa, bajando la pendiente, se le podía ver envuelto en la humareda. Agradecido, dibujaba circulitos incandescentes que alimentaba con su absorta aspiración.

lunes, 12 de noviembre de 2012

La siesta del fuego


(G. Munckel Alfaro)

La pequeña casa absorbía el fuego como queriendo guardarlo al interior de su corazón de madera. El fuego parecía indomable, pero la pequeña casa lo fue apaciguando y reduciendo de a poco, encerrándolo cada vez más. Pronto las llamas se vieron cómodamente instaladas en el interior de la casa, que brillaba y humeaba de contenta.

Una vez adentro y más tranquilo, el fuego avanzó hacia el escritorio y, tímidamente, saltó sobre la mesa de trabajo. Se dedicó a revolver algunas cenizas, organizándolas y acomodándolas en forma de libros y papeles sueltos. Cuando terminó de ordenar el escritorio, el fuego —notablemente cansado— se dirigió hacia las cenizas restantes, las dispuso en forma de manuscritos, que acarició adormecido. Poco a poco, el fuego se dejó absorber por el sueño y se acomodó al interior del cigarrillo que alguien olvidó apagar.

jueves, 18 de octubre de 2012

Zephyrus

(Sergio Tavel)


Aquel día, como muchos otros, el muchacho decidió meterse por cada puerta, cada resquicio, cada jardín de cada casa en busca de su alma. Caminaba durante largas horas, gritando por ayuda a la gente que pasaba por su lado. Pero nadie le prestaba atención. Las personas caminaban en silencio sin mirarse unas a otras, cubriéndose el rostro ante los gritos de auxilio. Sujetando sus bolsos, sus periódicos y sombreros, como si temieran que aquel niño fuera un ladrón. Luego de correr por cada calle, doblar cada esquina, subirse a cada árbol, rodear a cada animal y persona, se alejaba llorando y gritando.

Sin rendirse, subió a cada montaña, vadeó cada prado, cada maizal. Incluso se acercó a todo aquel que podía encontrar y le zarandeaba la ropa, le revolvía el cabello; pero ellos sólo lo alejaban de un manotazo y seguían su camino sin siquiera mirarlo. Buscó su alma de noche y de día, en desiertos y pantanos, en ciudades y pueblos lejanos. Pero nadie escuchaba su grito. Todos se alborotaban con su presencia. Hubo alguno que se quedó quieto con expresión de paz mientras el revolvía sus bolsillos y le acariciaba el rostro. Cuando se enfadaba, golpeaba el sombrero de algún anciano, arrancaba un papel de las manos de un joven, o un chal del cuello de una mujer, y los pateaba por la calle, tan sólo para llamar su atención. Pero no funcionaba.


Luego de horas e incluso días, se rendía y se iba a dormir, preparado para hacerlo de nuevo en otro momento. Pero, en el fondo, sabe que no es culpa de las personas. Hace muchos siglos que al mundo se le olvidó que existe un alma perdida por ahí, en algún lugar, que en cierta ocasión le perteneció al viento.

martes, 16 de octubre de 2012

Saudade


(G. Munckel Alfaro)

Todavía me acuerdo. Es verdad que era niño y que la vi pocas veces, pero todavía me acuerdo. Pasaron muchos años desde entonces, pero me esfuerzo por recordarla lo mejor que puedo. Lo más triste es que los años son largos y, lentamente, van jugando con mi memoria, barriendo y haciendo borroso mi último recuerdo. Siento que la imagen se pierde de a poco y tengo miedo; pero, de verdad, trato con todas mis fuerzas de no perder lo poco que me queda de su recuerdo. Me sigo diciendo a mí mismo, una y otra vez, que todavía me acuerdo, para aferrarme tan fuerte como pueda a lo poco que me queda de su imagen borrosa. Y me duele saber que está ahí afuera. Y me duele saber que no puedo verla. Y me duele en el alma este encierro porque no puedo verla. Por eso dibujo en esta pared sin ventanas. Dibujo un círculo enorme y, si lo pinto de blanco, es porque es el único color que tengo. Creo que era redonda y blanca, todavía me acuerdo.

jueves, 11 de octubre de 2012

Recogedor de los Anónimos


(Yvonne Rojas Cáceres)


Te debes preguntar, qué cosa hago aquí,  ha de ser que le da miedo, debes decir, ¿por qué no trabaja aunque sea de “cuidautos” o vendiéndose caminando? Debes decir.

Pero a mí me gusta estar aquí. No se gana mucho como cuando haces otra cosa, pero es tranquilo y además quién sino va a recoger. Porque aquí en las mañanitas hay que barrer los pasadizos, para borrar las huellas de las almitas que se han salido pues a divertirse, ¿no ve que a nadie le gusta estar encerrado como libro? Y a veces me encuentro con ch’itis que solitos nomás andan. De repente parece que están vivos, pero luego nomás me doy cuenta que habían sido abandonados y están muertos. Les digo los anónimos, porque cuando se pierden,  no sé donde llevarles a que duerman de nuevo, sus tumbitas no tienen nombre ni apellido y se confunden, porque otros son tan wawitas que les preguntas ¿qué te llamas? Y, no sé no me recuerdo, te responden. Ahí nomás les llevo a donde encuentro lugar vacío pues. Por eso cuando vienen algunas señoras y les rezan, en Todos Santos y eso, me piden que les cante las oraciones como al ch’itisito nomás porque por ahí ya no es su hijito y otra almita perdida está ocupando su lugar.
 

miércoles, 10 de octubre de 2012

Autumn dancer


(Sergio Tavel)



Cuentan que, hace muchos años, cuando el otoño se acercaba, el mundo comenzaba a deteriorase y las hojas de los árboles se teñían de aquél color ámbar. El sol brillaba rojo en el cielo, como una gran antorcha, cuyo calor disminuía con el pasar de los días. Los atardeceres y las nubes brillaban con aquel tono naranja, impregnando los corazones de los hombres con tristeza y nostalgia. Aquella brisa cálida y el soplido del viento lloraban al pasar entre árboles, ríos y montañas. Algunos dicen que, cuando se ocultaba el sol en las tardes de otoño, si se ponía la atención adecuada, se podían oír los lamentos de aquellos que abandonaron este mundo; se los podía escuchar en el llanto de las aves, en su vuelo y en el viento que acariciaba sus alas. Era el único momento en el nos uníamos con lo hay más allá. Por eso la tristeza prevalecía a la hora del crepúsculo. Y el llanto de las aves, precedía al invierno.

Es por eso que, cierto día, una muchacha se dedicó a rastrear a todas las aves del mundo. Con una simple brújula y un mapa de cuero envejecido, recorrió montañas, ríos y praderas; danzando y cantando. Agitando su cabellera rubia y sus ojos verdes brillando en la oscuridad. Las aves, al oírla, se unieron a ese ritmo, rieron y, a su vez, cantaron. Dejaron de llorar y lamentarse. Desde ese momento, ignoraron al otoño y a la inminente llamada del invierno. El atardecer llegó y, por vez primera, el mundo no se sumió en tristeza. Nadie escuchó llantos, ni fue atormentado por el recuerdo de aquellos que abandonaron la vida. Las personas rieron y bailaron. El otoño era verde y el invierno no llegó.

De eso ya pasó mucho tiempo, tanto que no hay nadie vivo que lo pueda atestiguar. Pero, si le preguntas a alguien, te dirá lo mismo: El atardecer en otoño no trae tristeza, la nostalgia ya fue olvidada y el invierno se aleja, porque en algún lugar del mundo, en alguna montaña, o en algún lago, hay una muchacha que continúa bailando, impidiendo que las aves derramen sus lágrimas sobre el viento.

martes, 9 de octubre de 2012

Bajo el puente


(G. Munckel Alfaro)

Movete a ver. Más aquicitos. Sí, justo en ahí. Metelo nomás, no va a hacer ruido. Calmate cuate, ¿tu primera vez es? Claro pues, changuito eres ¿no? Pero igual hay más changos que vos que hartas veces ya han hecho. Calmate a ver, nadies ha visto nada. Normal es, igual nadies te va a decir nada. Todito el tiempo es así, ya ni la cana jode; disimulan nomás. Es que nos dejan pues hacer este, su trabajo sucio es. Bien maricones son, sólo te pegan cuando te agarran solito y con clefa. Y si no tienes, igual te pegan por si tienes oculto. Abusivos son, no hay que creerles nada de lo que te hablan. Ya, listo. Ahora tapá pues. Pero con tus manos aunque sea, pucha que eres burro. A ver, te voy a ayudar. Con ganas metele, luego te lavas en sus aguas del río. Listo. Facilito ¿no ve? Ahora nadies se va a fijar, ni se nota. Habrás aprendido ¿no? Ya, ahora sacá tu punta. Callate. No te mariconees. Tu primera vez ¿no ve? Ya, sin llorar. Tajeate nomás en tu brazo, para que te acuerdes. 

miércoles, 3 de octubre de 2012

Firecatcher


(Sergio Tavel)


Atrapafuego le llamaban. Se decía que vagaba por los bosques más profundos con una pequeña jaula de latón que colgaba del extremo de una vara. A pesar de ser un hombre joven, tenía la larga barba y el cabello grises. Algunos afirman que robar fuego le quita el color a las cosas. No muchos se habían topado con él, sólo algunos viajeros al preparar fogatas para protegerse de las frías noches de invierno. Decían que se acercaba con sigilo, vestido únicamente con un gran abrigo verde. Hablaba con voz rasposa y pausada. Pedía un trago, una tajada de carne y luego abría la pequeña puerta de su jaula. El fuego entraba en ella formando volutas en el aire, girando y silbando. Cuando la oscuridad reinaba, el atrapafuego desaparecía.

Muchos hombres habían pretendido darle caza; pero nadie era capaz de  encontrarlo. Grandes grupos se adentraban en los bosques y en las montañas; pero todos regresaban con las manos vacías. Luego de varios meses, el fuego comenzó a escasear. Las chimeneas estaban vacías. Los leños no encendían. Las antorchas no alumbraban. Ni siquiera al golpear dos piedras una con otra se producía chispa. Se lo estaba robando todo. Los vientos fríos se estaban levantando y las personas comenzaron a desesperarse.

Cierto día, cuando el invierno había cubierto al mundo en su abrazo gélido y su manto blanco, la gente se percató de que el sol había perdido un poco de su brillo y calor. Con el pasar de los días, se fue achicando. Las noches se tornaron más frías y los días se acortaron. Una mañana, cuando las personas aún dormían, el sol se apagó. Se lo había robado todo. Cuando el fuego se terminó en el mundo, dirigió su codiciosa mirada hacia los cielos. Muchos no supieron qué hacer. Otros entraron en pánico. Algunos, se decidieron en encontrarlo.

Ya han pasado varios años desde que el sol dejó de alumbrar. Las personas aún lo siguen buscando. En total oscuridad, frío y tiniebla, se adentran en los bosques. Caminan cientos de kilómetros, cruzan lagos y montañas, atraviesan praderas y planicies, tratando de alcanzar ese resplandor que se puede ver a lo lejos: Esa llama que arde en la oscuridad, atrapada en una pequeña jaula de latón que cuelga de una vara, sobre la espalda de un hombre que no logra encontrar el camino de regreso a casa.

lunes, 1 de octubre de 2012

Ojos que no ven, corazón que se sienta


(G. Munckel Alfaro)

Debía ser domingo. Hace mucho que los calendarios habían enmudecido, pero podía sentirlo: debía ser domingo. Hacía frío, así que debía ser temprano y seguramente estaba oscuro, pero no encendió la lámpara. Se levantó y, tanteando la pared más por rutina que por necesidad, encontró el bastón y el sombrero. Arrastró sus pasos hasta la cocina y, maquinalmente, preparó el café. Se sentó a la mesa, se puso un cigarrillo en los labios e hizo chispa con el encendedor. Nada. Frío. Se levantó a buscar la cajita de fósforos y volvió a la mesa. Cada tantos segundos, golpeaba la ceniza del cigarrillo, sorbía café y contaba de nuevo. Ceniza, golpe, café, sorbo, segundos. Cuando terminó, se levantó para lavar la taza. Volvió a sentarse y sólo deseó que fuera más tarde, que ya no hiciera frío, que pudiera sentarse afuera para esperar, que ya no fuera domingo.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Ofrenda


(Yvonne Rojas Cáceres)

Como todos los años, ese día se había lavado el pelo con agua de manzanilla, hervida con algunas hojitas de cedrón y romero que atraen la magia blanca de las nubes y de la buena suerte. Esta vez la virgen le daría primero, un hombre.

Sus largas trenzas no eran especialmente oscuras, más bien llevaba en la cabellera, reflejos de fuego que brillaban con el sol. Perfectamente sujetas con las “tullmas”  doradas que le había tejido su tía, se balanceaban acariciando su cadera, al mismo ritmo que su pollera de terciopelo verde que le había costado todo el trabajo de mayo en la casa de los Valdez.

Antes de salir, sujetó la bolsa y se aseguró de que no tuviera ningún orificio que permitiera que el líquido viscoso y sanguinolento del contenido chorreara, revelándolo. Envolvió la bolsa en el aguayo, mientras en su preciosa cara de indígena se dibujaba una mueca de disgusto por el dolor de vientre que no le dejó dormir; echó  bastante Leche de Rosas a su cuello y manos, frotó también algo entre las piernas para disipar cualquier aroma comprometedor. Hacía calor y tendría que cruzar la ciudad entera para llegar al templo en las afueras. Después de todo, no siempre se ofrenda una “wawa” a la Santa Vela Cruz. 

jueves, 27 de septiembre de 2012

La tierra que es todas las canciones


(G. Munckel Alfaro)

Es verdad que todos los árboles cantan, pero ya nadie recuerda cómo y son muy pocos los que todavía escuchan sus canciones. Es verdad que el viento es fuerte y que rasga las cuerdas de las ramas, haciendo música. Pero esta no es la canción de los árboles. Su melodía nace en lo más profundo de la tierra, viaja a través de las raíces y, finalmente, es soplada a través de todas las ramas. Los árboles son las ocarinas de la tierra y, quienes escuchan su canción, escuchan también el llamado de la tierra, que es la voz de todos nuestros muertos.

lunes, 17 de septiembre de 2012

El agua en que se pierden todos los recuerdos

(G. Munckel Alfaro)

Alguien que ha sido olvidado contó alguna vez la historia del océano. Contó que, cada cien años, sus aguas cantan con una voz que muy pocos pueden oír, pero que aquellos que escuchan la canción del agua, sienten la necesidad de caminar hasta el océano. Contó que los peregrinos no dejan de caminar al llegar a la playa, sino que marchan mar adentro, hacía la garganta del océano. Contó que el océano no tiene memoria y que, cada cien años, necesita alimentarse del recuerdo de la gente para no olvidarlo.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Tormenta en Re menor


(Sergio Tavel)


El violinista se instaló en la pequeña calle que ya conocía, de baldosas rojas y desgastadas. Un sinfín de cafés se esparcía a lo largo de ella, de todos los tamaños, estilos y colores. La gente murmuraba y caminaba despreocupada. Por el canal, el agua fluía con placidez e hipnótica calma. Abrió el estuche y sacó su viejo violín. Con la delicadeza de un amante, lo colocó sobre el hombro y se preparó a tocar. Rasgó las cuerdas con el arco y, lentamente, la melodía fluyó hacia el aire, acariciándolo, abrazándolo. Cerró los ojos, recuerdos invadieron su mente: le hablaban de una mujer, de una casita en el prado, de una tormenta, de un llanto, de muerte y silencio.

El viento comenzó a soplar, silbando entre los tejados, acoplando su voz a la música que lo recibía. Las personas que lo observaban tocar se sujetaron los sombreros, los abrigos y los chales. Su largo cabello rojizo se agitaba, trazando en el aire las notas, acompañando el rasgueo de las cuerdas. Las nubes habían cubierto el cielo ocultando al sol y las primeras gotas de lluvia cayeron, golpeando acompasádamente las baldosas de la calle. Las personas comenzaron a retirarse, protegiéndose el rostro con las manos. El violinista siguió tocando, moviéndose al ritmo de la melodía, con los ojos cerrados y el cabello húmedo luchando por liberarse al viento. Las gotas caían en la voluta del violín, acariciando el puente; las cuerdas, terminando su viaje en el cordal, desprendiendo su propia música, su propio canto: el canto de las tormentas. Su gran abrigo pardo y desgarrado se agitaba con el viento, su bufanda danzaba, y su sombrero de ala ancha amenazaba con unirse a las hojas secas en su viaje por el viento. 

Aceleró el ritmo, las lágrimas caían por sus ojos y acariciaban sus mejillas. La lluvia crecía. El agua del canal ascendía y fluía con la rapidez de un río precipitándose desde lo alto de una montaña. Pero él no se detenía, seguía tocando, danzando, llorando. El viento soplaba con más fuerza, arrastrando hojas secas, papeles olvidados y un sombrero descuidado. Las gotas dibujaban formas en el aire a medida que caían. Formas de mujer, de niños, de árboles, de alegría y nostalgia, siguiendo con su golpeteo a la melodía del violín. Las gotas caían sobre el viejo instrumento, vibrando con el sonido. Agitó con más fuerza el arco, la música surgió más fuerte, más rápida. Un relámpago iluminó la calle, seguido de un trueno que acompañaba a la música. El canal se desbordaba. Otro relámpago. El viento rugía. Un trueno. Más llanto. Su cuerpo se movía en una danza, asemejándose a las notas que tocaba. Su sombrero fue arrancado por la ventisca. Su cabello le decoraba el rostro y, furioso, se debatía contra el viento. La melodía aumentó, también lo hizo la tormenta. Sus dedos se movían con rapidez por las cuerdas, tratando de seguir a los latidos acelerados de su corazón. Rasgó con el arco y una nota vibrante, potente, inundó la calle y silenció al viento.

Con un rápido movimiento, se detuvo. La melodía terminó. El viento paró. La lluvia regresó a su acuoso reino. El canal bajó. Los relámpagos se apagaron y los truenos enmudecieron. Las lágrimas se detuvieron. Los recuerdos se alejaron. Respiraba con agitación. Lentamente, guardó su amado violín. Cerró el estuche, lo cargó al hombro y se alejó. El sol, una vez más, se atrevió a asomarse a esa calle, en la cual, la música ya no se escuchaba.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

El final de cualquier puerto


(Yvonne Rojas Cáceres)


Como quien menciona la parte de una historia innecesaria,

Describirte como te observo y darte un nombre siniestro

Es como hacerte deseable con la letra y el tintero.


Mirar cómo te absorbes en la tierra húmeda con olor a estiércol

Y luego la languidez del sol te cubre sin sombra,

sin ningún tormento.


Dejar crecer sobre cualquier costilla, el pasto verde de cualquier sendero.

Saber que la putrefacta carne se ha consumido hasta el hueso.

Miles de gusanos se han quedado sedientos, ávidos de vida y de carroña.

Mientras haces tu labor condescendiente con el ocaso con el alba y con el desierto.

El ocaso que te espera al final del puerto, de todos los puertos.


Has carcomido piel, retazo y recuerdo. Nada queda ya.

Aquello que fue lo absorbiste entero.

Ahora repartes oscuridad mientras la noche te despide

Y el velo de la tristeza invade los ojos de lo que quedaron quietos.


Verte partir es el dolor eterno, el eterno suspiro del que sufre inviernos.

El viento te sopla las últimas blasfemias de los viajeros.

Mientras Caronte alista sus remos al fondo del velero negro

Y las monedas caen de la mano fría del que esta noche, se atrevió a ser tu compañero. 

lunes, 10 de septiembre de 2012

La palabra que es todos los fuegos


(G. Munckel Alfaro)

En toda la historia de la humanidad, sólo se supo de un hombre que emprendió el peligroso viaje hacia el hasta entonces desconocido origen del fuego. Se había pensado que el fuego podía producirse; pero no se sabía que en realidad se lo invocaba, que era siempre el mismo fuego, ubicuo y atemporal. Fue gracias a este visionario —un Prometeo entre los nuestros— que se supo que todos los fuegos son un mismo fuego y que arde en la caverna donde nacieron todas las palabras.

martes, 21 de agosto de 2012

Barrendera

(Yvonne Rojas Cáceres)

Como la vieja melodía de un blues oscuro, sus pasos regresaban la acera por quinta vez. El polvo de su faena se disipaba de a poco con el rocío del alba; mientras ella dejaba surcos pronunciados en el concreto congelado del invierno. Aún había oscuridad protectora.
Había visto nacer y reproducirse, miles de horas azules; a cada una le había puesto un nombre simple como el de sus hijos. Para qué complicarse con la nostalgia de recordarlos. Los albas le habían curtido la piel; y la vida le había suspendido el espíritu lejos de la claridad.
Su aventura se redujo a la noche y a un manojo de pajas secas como extensiones de sus brazos envejecidos; sus venas circulaban hasta tocar la tierra y le hacían silbar como el viento de los otoños grises, cuando las hojas secas son insoportables pero hermosas bajo el reflejo de la luna solitaria.
Descansaba en la vereda o en el banco de los parques, agobiada por el resto de la cuadra sin barrer. Un día decidió quedarse a contemplar el amanecer, nadie le dijo que con el sol vendría la muerte; total, fue la primera y única vez que lo miró de frente y pudo escupir en su semblante amarillo, mientras mascullaba su decepción, te creí mejor que la hora azul, le dijo. Luego murió como la oscuridad.